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Manuel Lino / Los Intangibles.com

A veces se nos olvida que no somos tanto lo que somos en este momento, como lo que recordamos.

En su libro Alucinaciones, el neurólogo Oliver Sacks comenta que las alucinaciones, “pueden llegar a ser tomadas como realidad en parte porque involucran a las mismas vías sensoriales en el cerebro que las percepciones ‘reales’”.

Una vez que una historia o memoria se ha construido, acompañada de imaginería vívida y sensorial y fuertes emociones, no parece haber forma psicológica de distinguir lo verdadero de lo falso, tampoco una forma neurológica”, explica.

Así, nuestra identidad es nuestra historia, pero no como la sucesión de hechos que realmente nos ocurrieron, algo de lo que casi nunca podemos estar seguros, sino nuestra historia como la recordamos y la reinterpretamos de manera consciente o de manera emocional a cada momento.

Sin embargo, pareciera que al ir envejeciendo estamos condenados a ir perdiendo la memoria y por tanto a que nuestra esencia vaya desapareciendo. Mucha gente piensa que perder la memoria es parte del proceso natural de envejecimiento; lo que haría que el mal de Alzheimer y otros males neurodegenerativos son solo casos extremos de la “senilidad” o de la “demencia senil”.

›Esto es falso. Los expertos coinciden en que estas condiciones de salud en muchos casos pueden ser prevenidas, y de no hacerlo, para el año 2050, existirán en el mundo unos 115 millones de personas con alguna forma de demencia. Esto implicará un costo de alrededor del 1% del Producto Interno Bruto mundial… Y esta cifra es pequeña si la comparamos con el costo emocional y financiero que enfrenta una familia cuando uno de sus miembros padece alguno de los males neurodegenerativos.

Los 12 factores y el 40% de prevención

En julio de este año, la Comisión Lancet sobre Prevención, Intervención y Atención de la Demencia, formada por 28 expertos, agregó tres factores de riesgo “con evidencia nueva y convincente” a los nueve que ya se conocían. La modificación de los 12 factores de riesgo durante el curso de la vida podría retrasar o prevenir hasta el 40% de los casos.

Los nueve factores que aumentan nuestras posibilidades de padecer un mal neurodegenerativo que ya se habían aceptado son: hipertensión, discapacidad auditiva, tabaquismo, obesidad, depresión, inactividad física, diabetes, tener poca educación y escaso contacto social. Los tres nuevos son: el consumo excesivo de alcohol, la lesión cerebral traumática y la contaminación del aire.

Pero además, hay diversos estudios que, sea porque aún no juntan evidencia suficiente o son muy recientes, no entran en la lista y quizá son aún más relevantes que los factores analizados.

Apenas el 15 de septiembre, por poner el ejemplo más notable, se publicó un estudio que muestra que quienes padecen Síndrome de Estrés Postraumático tienen el doble de riesgo de padecer demencia. Es difícil dudar de este resultado, pues los investigadores recopilaron y analizaron los hallazgos de 13 estudios realizados en cuatro continentes, e incluye datos de un total de un millón 693 mil 678 personas. Los datos de ocho de los estudios señalaban que las personas con PTSD enfrentaban un riesgo 61% más alto de demencia, otros dos estudios (que utilizaron métodos diferentes), indicaban el doble de probabilidades de desarrollar demencia.

Por otra parte, hay varios tipos de demencia y los factores de riesgo no aplican de la misma manera para todos. Un estudio observacional, que comparó a más de 370 mil personas con diabetes tipo 2 con casi dos millones de controles emparejados durante un promedio de siete años, encontró que esta forma de diabetes aumenta en 36% las probabilidades de desarrollar demencia vascular, en 9% las de padecer demencia no vascular y, curiosamente, no aumenta el riesgo de padecer el mal de Alzheimer.

Para prevenir o retrasar la demencia, la Comisión Lancet recomendó que los países brinden educación primaria y secundaria a todos los niños, tomen medidas para prevenir la obesidad y la diabetes, y reduzcan la contaminación del aire y prevenir la iniciación a fumar, entre otras.

La comisión está integrada sobre todo por expertos de Estados Unidos y del Reino Unido, pero Adesola Ogunniyi, de la Universidad de Ibadan, Nigeria, comentó que “en los países de ingresos bajos y medios, la mayor prevalencia de factores de riesgo de demencia significa que una proporción aun mayor de demencia es potencialmente prevenible que en los países de ingresos más altos… En este contexto, la educación primaria y secundaria para todos y las políticas para dejar de fumar pueden lograr grandes reducciones en la demencia y deben ser priorizadas”.

›Y agregó: “Necesitamos más investigaciones sobre la demencia provenientes de países de ingresos medios, para que podamos comprender mejor los riesgos particulares de estos entornos”.

Las mujeres, ¿mayor riesgo?

Aparentemente, las mujeres tienen más posibilidades de padecer el mal de Alzheimer, ya que dos de cada tres personas con esta condición son mujeres; sin embargo, esta pudiera ser una apreciación errónea debida al hecho de que las mujeres con Alzheimer viven más que los hombres con la enfermedad y, además, lo padecen con síntomas menos graves, incluso cuando tienen niveles comparables de proteínas tóxicas del Alzheimer en sus cerebros.

A finales de agosto, un grupo de científicos de la Universidad de California en San Francisco publicó evidencia de que las mujeres tienen protección genética contra los estragos de la enfermedad: un gen que se encuentra en los cromosomas X, del que los hombres tienen una copia y las mujeres dos. La investigación, realizada en un modelo de ratón comparable a los seres humanos, incluso encontró una variante especialmente potente de este gen, a la que llamaron Kdm6a.

Por otra parte, un nuevo estudio indica que los niveles hormonales pueden ser un factor de riesgo para el desarrollo del mal de Alzheimer, e incluso propone un papel para el reemplazo de estrógeno en la menopausia temprana para proteger contra el desarrollo de esta enfermedad.

›Estos resultados parecen complementarse con los de otro estudio, realizado de manera independiente, que encontró que mientras más tiempo dura la fertilidad de una mujer, mayor es su riesgo de padecer Alzheimer, y esto se relaciona con los niveles de estrógeno, pero no de una forma lineal.

Ingmar Skoog, de la Universidad de Gotemburgo, y quien dirigió el estudio que siguió a mil 364 mujeres entre 1968 y 2012, comenta que “los resultados variables del estrógeno pueden deberse a que tiene un efecto protector temprano en la vida, pero es potencialmente dañino una vez que ha comenzado la enfermedad”.

México, sin recursos pero con pacientes

En México hay alrededor de un millón de personas afectadas por alguna condición de deterioro cognitivo. Luis Miguel F. Gutiérrez Robledo, director del Instituto Nacional de Geriatría explica que las demencias son un problema nacional de salud que, sin embargo, no se está atendiendo de manera adecuada.

En una charla con la prensa, el experto señaló que “hay muchos rezagos… no hay centros de atención especializados ni redes de apoyo para las familias”. 

Gutiérrez Robledo añadió que, con la información que se tiene actualmente “podemos hacer perfiles individuales de factores de riesgo y diseñar programas a la medida” de los pacientes, y que el país podría seguir el plan de acción de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que desde 2012 reconoce estos padecimientos como una prioridad de salud pública. Sin embargo, sostuvo, no hay financiamiento para hacerlo.

No sólo en materia de salud pública el problema está desatendido. El experto detalló que, por ejemplo, “el Código Civil de la Ciudad de México es del siglo antepasado” y que el tema de la tutela de las personas incapacitadas legalmente está muy rezagado.

En la misma reunión, Rosa Farrés González-Saravia, de la Federación Mexicana de Alzheimer, mostró los resultados del Reporte Mundial 2019 de la organización Alzheimer Disease International (70 mil encuestados de 155 países), según el cual una de cada cuatro personas cree que no hay forma de prevenir esta forma de deterioro cognitivo, dos de cada tres creen que es parte del proceso natural del envejecimiento y que 35% de los cuidadores han omitido el diagnóstico de una persona con esta condición.

Es por esto que consideran que algo que sí podemos empezar a hacer es, primero, quitarnos la idea de que el deterioro cognitivo es parte intrínseca del proceso de envejecimiento y, segundo, combatir el estigma que se cierne sobre las personas con esta condición.

“El estigma es nuestra barrera más importante y más difícil. Es familiar, social y de gobierno”, dice González Saravia.

Epílogo de ensueño y ciencia ficción

Ante este panorama, a los mexicanos las posibilidades de cura que se están encontrado para los males neurodegenerativos nos pueden parecer de ciencia ficción. Por ejemplo: se desarrolló una molécula que puede formar y reestablecer conexiones entre las neuronas y que llega a ser eficaz incluso en el caso de lesiones de médula espinal; pero, como no se trata de hacer conexiones así nomás, esta molécula podría ser administrada por microbots que pueden ser dirigidos hacia su destino magnéticamente.

Por lo pronto, los neurocientíficos Matthew Walker y Joseph Winer han descubierto que el sueño profundo puede prevenir el desarrollo del Alzheimer. “El lado positivo aquí es que hay algo que podemos hacer al respecto”, dijo Walker en un comunicado de la Universidad de California en Berkeley. “El cerebro se lava durante el sueño profundo, por lo que puede haber la posibilidad de hacer retroceder el reloj durmiendo más temprano en la vida”.

Así que mucho sueño profundo y reparador puede ayudar. Además, si vemos los factores de riesgo, una vida sana, es lo mejor que podemos tratar de hacer para prevenir que sobrevenga el olvido. 

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