Antonio Cuéllar

En el Japón, el kendo es el arte marcial que evoca a la era de las guerras acontecidas durante los siglos X al XII, que recuerda a los guerreros samurai, expertos en la lucha a caballo y con espada, encargados de la defensa de príncipes y emperadores.  Junto con muchas otras artes marciales, constituye un deporte que dignifica al país, enaltece la raza y revitalice su historia y sus tradiciones, por eso, el gobierno de ese país lo incluyó desde el 2012, junto con el karate y el judo, dentro de las actividades físicas que deben enseñarse a los jóvenes durante la secundaria.

Entre los países que hospedan a las tribus maoris del pacífico sur, específicamente Nueva Zelanda, se han adoptado los Hakas como parte de sus tradiciones deportivas.  Éstos, son rituales de guerra que practicaban las tribus aborígenes, que a través de ademanes, gritos y danzas rítmicas demostraban a las tribus oponentes su fortaleza y, sobre todo, la unidad de la tribu.  En todos los certámenes y competencias de rugby a nivel internacional, se ha vuelto ya una tradición la presentación de hakas por parte de los equipos neozelandeses, que a través de ellos no sólo demuestran una identidad cultural, sino un símbolo de integración nacional que dignifica su participación en el deporte, en foros internacionales.

Desde la antigua Grecia, en el siglo VII antes de Cristo, y más específicamente desde finales del siglo XIX en que se retomó la tradición de los Juegos Olímpicos, toda competencia deportiva internacional constituye un foro excepcional a través del cual todos los países del orbe dan muestra de la fortaleza y dignidad de su Nación, su organización y destreza en la realización de actividades físicas, y su entrega y determinación para la formación física y enaltecimiento de la belleza de su juventud.  Es la forma no bélica para demostrar su superioridad ante el mundo.

De manera tradicional, el medallero olímpico siempre se ve colmado de preseas doradas que se arrebatan los competidores de los países normalmente más desarrollados.  Los Estados Unidos de América y la URSS, antes del final de la guerra fría, desplegaban enormes recursos para demostrar al mundo entero la entereza física y capacidad de sus entrenadores y competidores.

Esta semana México está de plácemes, porque los jóvenes que gozaron de la representación nacional en los juegos panamericanos de Lima, demostraron temple, entrega y determinación al momento de enfrentar a deportistas muy capacitados de países que han gozado una tradición deportiva superior, como lo podrían ser Cuba o Canadá, y haber obtenido, por ellos mismos, pero para orgullo de todo nuestro país, un número sin precedentes de premios y medallas que prueban su participación destacada en ese evento internacional.

En una época en la que nuestro país atraviesa el desasosiego de la violencia y la incertidumbre de su destino, el éxito de los deportistas mexicanos se engrandece y el simbolismo de la hazaña merece ser destacado desde una doble perspectiva: como ejemplo necesario para nuestra juventud; y como recordatorio de la importancia que revisten los símbolos en el proceso de dignificación de nuestra identidad.

A pesar de que se habla incansablemente de la prevención del delito como vía idónea para enfrentar el flagelo de la criminalidad, los presupuestos destinados a la realización de actividades deportivas, y la inclusión de éstas como materia ordinaria en la educación obligatoria, son políticas abandonadas por el gobierno que se deben recuperar. La organización de eventos deportivos -incluso de abolengo nacional, como la charrería o los deportes de pelota-, canaliza sanamente el ocio de nuestros jóvenes y ofrece un camino inigualable para mostrarnos frente al exterior.

Es precisamente en este último contexto que el gobierno tiene ante sí la oportunidad y concomitante responsabilidad de apoyar al deporte y a las actividades culturales paralelas, porque la participación de deportistas destacados constituye una muestra fehaciente de lo que somos como país o Nación. La oportunidad que el mundo se obsequia periódicamente para demostrar el grado de su desarrollo y su progreso cultural, a través del orden y su capacidad para desplegar armónicamente una actividad colegiada, es precisamente durante las contiendas deportivas internacionales. No somos los mexicanos quienes ejercemos las facultades de liderazgo y administración de los fondos destinados a la organización del deporte, es el gobierno representativo que nos hemos dado.

Es precisamente en el contexto que venimos narrando, que deviene inverosímil y muy desafortunado el anuncio hecho por el Presidente de la República en materia de apoyo económico al deporte. Parece increíble que un movimiento como el que encabeza, el mismo que eligió la efigie de los grandes héroes de la historia para adornar su papelería y representar a su administración, que un símbolo tan importante como el deporte haya sido manchado con el dinero y las economías de la delincuencia organizada que nos carcome.

Me refiero al anuncio hecho por el Ejecutivo este fin de semana, de destinar 102 millones de pesos obtenidos por la venta de la casa de Zhenli Ye Gon, a quien se acusó de estar vinculado en el negocio de venta de metanfetaminas, para el sostenimiento del deporte.

Si bien es cierto que el financiamiento del deporte resulta evidentemente necesario y deviene una acción urgente y atinada, ¿cuál puede ser la justificación adecuada para asociar al resultado de la criminalidad que nos azota con el símbolo más alto de lo que debe ser la juventud mexicana?, ¿Acaso la venta y el trasiego de drogas constituirá formalmente la fuente de financiamiento de la preparación atlética del equipo olímpico mexicano?

Los recursos que se arrebatan a los delincuentes se deben meter a la gran caja del gasto público, y emplearse para las actividades que a todo el gobierno ocupan. No es deseable encontrar en ellos un revanchismo que ponga en peligro a nuestros atletas, ni manchar por todo lo alto la aspiración que todos ellos representan. Que se ocupe el dinero para suministrar de armamentos y recursos a quienes combaten a la delincuencia y el fruto de las actividades ilícitas se vuelva en contra suya, pero no ensuciemos con dinero sucio una actividad que debe constituir un ejemplo para la niñez y juventud mexicana.

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