Antonio Cuéllar

De la arenga presidencial, de sus veinte ¡vivas!, después de los tres ¡viva México!, los más trascendentes que en nuestra opinión emitió, en el momento político que vive el país, son los que componen el título de este artículo.

La guerra de independencia que emprendió el cura Hidalgo y de la que depende, nada más y nada menos que la existencia del país mismo, constituyó un movimiento impostergable y necesario que tarde o temprano iría a darse, por tratarse de una emancipación que ya había empezado en Norteamérica y se contagiaba rápidamente hacia el resto del continente. La noción de independencia que pregonaron nuestros héroes nacionales ha cambiado a lo largo del tiempo.

Independencia en nuestros días entraña un significado que no se apega a la subordinación del Estado frente a fuerzas extranjeras, porque la comunidad de Naciones ya no lo permite. Los procesos de colonización que vivió el mundo a lo largo de la historia terminaron desde hace más de un siglo y hoy, salvo contadas disputas alrededor de los márgenes territoriales del Estado, el mundo entero no se debate por la ocupación de extensos territorios abandonados, porque ya no existen.

La soberanía de los pueblos está hoy vinculada a su autonomía alimentaria, a su competitividad en el entorno mundial alrededor de la generación de bienestar para sus súbditos, en su desarrollo económico y su capacidad tecnológica, en la sustentabilidad de sus instituciones y la funcionalidad de su sistema democrático.

Es en ese concierto de conceptos que, la verdad sea dicha, el gobierno ha dado pasos alentadores a lo largo de las últimas dos semanas, le guste o no a sus seguidores o detractores. Y no es que podamos hacer repicar las campanas, pero podría tratarse de un viraje en el devenir de esta administración que podría dar aliento a quienes vemos en nuestro país la necesidad de defender un sistema democrático conservador, en el que la funcionalidad del gobierno depende de la cierta división del poder público y la intervención inmediata del pueblo en la elección de quienes deben encargarse de ejercer las atribuciones que la ley le otorga.

Los aciertos están relacionados, en primer lugar, con la presentación de un paquete económico y un presupuesto de egresos para el ejercicio venidero objetivamente conservador, en el que los postulados ideológicos que fundamentan la retórica de cada mañana quedaron a un lado para dar paso al valor científico de las ideas que aportan quienes, en el gabinete, deben entender que, la solidez de nuestra economía, se encuentra irremediablemente ligada al manejo prudente y concienzudo de las finanzas públicas. Los ideales populistas que sustentaron la campaña parecen haber cedido el paso a la recuperación de algunas empresas nacionales y el sostenimiento de instituciones esenciales para que el país siga adelante.

En segundo lugar, no puede dejar de apreciarse que algo debió acontecer correctamente en la cancillería, si después de la reunión sostenida entre el Secretario Marcelo Ebrard y el vicepresidente de los EEUU, Mike Pence, y el Secretario Mike Pompeo, se ratificó que México no será tercer país seguro. Sorprendentemente, ya allá se habla de la nueva iniciativa para regular la venta de armamento, hecho que significaría un gran avance en lo que debe de ser una lucha conjunta para abatir a la criminalidad y la delincuencia, que tiene sumido al país en sangre y zozobra.

El mayor número de aplausos se lo llevó el domingo pasado el propio Presidente de la República, quien finalmente se comportó respetuoso de los símbolos patrios y de las instituciones que han forjado nuestros antepasados y por las cuales tenemos el país que todos hemos conformado.

No solamente el Titular del Ejecutivo portó la banda presidencial, ondeó la bandera desde el palco presidencial en Palacio Nacional como era debido, cantó el himno y le rindió honores como desde hace mucho se esperaba, sino que su propia arenga fue respetuosa, seria y solemne, con la formalidad y el respeto que todo mexicano de bien esperaría para el mayor símbolo de unión del país, nuestro escudo y los colores de nuestro lábaro patrio.

Quizá la curva de aprendizaje está por convertirse en recta y al Presidente le empieza a caer el veinte de que no se puede mandar al diablo a las instituciones, que es precisamente en el marco de esa legalidad y de respeto por la libertad, la justicia y la democracia a las que él mismo se refirió el 15 de septiembre por la noche, que puede lograr la transformación que anhela y tanto propala en sus giras nacionales.

Ojalá que pronto veamos a un Presidente bien acompañado y asesorado por quienes puedan explicarle que, así como la preeminencia y superposición de los planes corporativos y económicos emprendidos por el gobierno de la mano con algunos representantes del sector empresarial era un mal camino para remediar los problemas de desigualdad y crecimiento del país, también la imposición del factor político por encima de la marcha económica puede desembocar en la situación caótica que ya en varias ocasiones ha impedido la movilidad de generaciones enteras de mexicanos que se mantienen en la pobreza.

Veremos qué tan cierta es la noticia de que proyectos emblemáticos para el país, sin importar la administración que lo hubiera propuesto o la que lo inaugure, como lo es el NAIM, pueden rescatarse. Veremos qué tanta apertura existe para lograr una buena comunión del sector público y el privado para echar a andar programas de desarrollo que impulsen nuevas tecnologías y atención del público, más allá del resurgimiento de la industria petrolera a través de refinerías abandonadas, un símbolo de una dependencia económica del Estado que está a punto de desaparecer.

El tiempo corre y el gobierno tiene ante sí distintos reclamos urgentes que se deben de atender: la pronta importación de insumos médicos para apaciguar un reclamo legítimo de miles de pacientes hospitalarios que no encuentran en esta administración la dirección mínima debida de las políticas que el Estado debe continuar en materia de salud pública; la pronta implementación de medidas en materia de seguridad que permitan la disminución de los asesinatos que tienen secuestrada a la ciudadanía por falta de entendimiento y coordinación de un fenómeno que supera a las fuerzas del Estado; la pronta recuperación de la confianza y arranque de actividades económicas altamente demandantes de mano de obra, como la constructiva, que se han visto afectadas por políticas anticorrupción que fueron plantadas sobre suelo fangoso preparado con suposiciones y sospechosismos no descubiertos alrededor de mitos atribuidos a administraciones anteriores.

Muchos pendientes y poca experiencia, finalmente aterrizados en una pista que a todos podría convenir de justicia, libertad y democracia.

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