Hannia Novell

Desde 2014, Barack Obama anticipó una crisis de la migración en tránsito que a la postre se convertiría en una crisis humanitaria. La Patrulla Fronteriza de Estados Unidos ya no perseguía ni aprehendía a trabajadores indocumentados. Ahora el objetivo eran familias completas: hombres, mujeres, niños e incluso menores no acompañados, quienes huían de la pobreza, la violencia y la muerte que los persigue en sus países de origen.

Sin embargo, el fenómeno dio un vuelco de 180 grados. Los migrantes ya no huían de las cámaras de vigilancia, los helicópteros y las camionetas de la Border Patrol. Ahora son ellos quienes se entregan para pedir refugio.

La situación cambió a tal punto que el modelo de refugio estadounidense está en crisis y los juzgados migratorios saturados. Miles de familias han sido separadas, menores de edad han sido liberados y abandonados a su suerte en el exterior, mientras sus padres, hermanos y tíos permanecen en los centros de detención.

Hasta ahora, el gobierno estadounidense ha conseguido mantenerse a flote de esta crisis migratoria, gracias a la colaboración de México, una colaboración obligada. Las presiones por parte de Estados Unidos aumentaron, pero Enrique Peña Nieto ya estaba de salida y surgió la interlocución de Marcelo Ebrard, quien a la postre sería designado secretario de Relaciones Exteriores. Ahí ocurre la primera concesión. Desde entonces, Estados Unidos regresa a México a los migrantes para que esperen una segunda audiencia de su trámite migratorio.

Ya no son siete mil migrantes, ahora suman 14 mil. Además de los migrantes centroamericanos, cada vez son más los grupos de haitianos, africanos y cubanos que llegan a México para conseguir permisos de salida y continuar su tránsito hacia la frontera. Día a día aumentan los migrantes que llegan de todas partes: Centroamérica, el Caribe, Sudamérica, Asia y África. 

Nada detiene la marea migratoria. La tormenta perfecta ha llegado. México abrió la puerta al flujo migratorio por razones humanitarias, y Estados Unidos cerró la puerta a la migración laboral, la tradicional.

El problema es que la acumulación de migrantes en territorio mexicano se ha convertido en un desastre. No hay suficientes refugios, comida, medicinas ni atención para la demanda creciente de migrantes. Ni siquiera hay personal ni la papelería necesaria para realizar los trámites migratorios.

Las redes de traficantes de personas se han adaptado a las nuevas condiciones; el mercado boyante ya no está en el cruce del desierto o del Río Bravo, ahora está en las costas mexicanas. Varios medios de comunicación han reportado que los migrantes usan las costas chiapanecas para escapar del yugo del INM y las consecuencias son desastrosas. 

El viernes 12 de octubre, un migrante originario de Camerún murió al volcar la lancha en la que viajaba en compañía de una decena de personas en playas de Tonalá, Chiapas. Dos migrantes más se reportaron desaparecidos.

Esto es el fin del sueño americano. El problema es que los migrantes no se han dado cuenta. En su esperanza de tener una vida mejor son víctimas de la irresponsabilidad y diatriba política de gobernantes desinteresados en administrar un fenómeno que ha cambiado de colores y formas. Pero los flujos continúan y la crisis humanitaria se agudiza. 

Lo peor es que nada parece indicar que las cosas cambien en el futuro próximo. La carrera presidencial estadounidense está por iniciar, así que demócratas y republicanos mantendrán congelada cualquier iniciativa en la materia, aunque usarán el tema en su propio beneficio. 

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