Hannia Novell

El mensaje sobre la desaparición de Karen Espíndola se viralizó en las redes sociales, tan rápido como el fuego al arrojar un cerillo a un barril con pólvora.

Las manifestaciones de miles de mujeres en todo el mundo para protestar contra la violencia de género habían logrado la visibilización de los riesgos y amenazas que todos los días dañan su integridad física y emocional.

El llamado de auxilio que el hermano de Karen publicó en la plataforma de Twitter, provocó una empatía inusitada. Más de 26 millones de cuentas compartieron datos de identificación de la joven, enviaron mensajes de solidaridad y apoyo para la familia, hicieron votos para que la chica regresara sana y salva a su hogar y exigieron la intervención inmediata de las autoridades del gobierno de la Ciudad de México.

Los medios de comunicación también se movilizaron. Decenas de reporteros hicieron guardia en la casa de la chica para informar a la audiencia las novedades de la búsqueda. #TeBuscamosKaren fue tendencia global en Twitter, es decir, trascendió los límites de la CDMX y del país entero.

Cuando Karen volvió a su hogar era la viva imagen del milagro. Algunas horas después la joven volvió a ser trending topic, pero esta vez atrapada en la hoguera digital. 

La publicación de un video donde se observa que Karen estuvo en un bar mientras el mundo se preocupaba por su desaparición, provocó su linchamiento en las redes sociales.

Las oraciones y buenos deseos se convirtieron en insultos, los mensajes solidarios y de apoyo se transformaron en injurias y ataques. Del cielo, Karen vivió un calvario y cayó al
infierno.

Hombres y mujeres se desbordaron en crueldad. Como una turba incontenible, sustituyeron los palos y piedras por injurias y ofensas. Karen Espíndola fue ultrajada en el tribunal de Twitter.

No es la primera vez que las redes sociales son el escenario de agresiones y discusiones violentas. La plataforma de Twitter-México registra múltiples casos en los que las menciones negativas y comentarios ofensivos, sobre alguna persona, rebasan los límites del respeto y de la civilidad.

Los sentimientos explotan en las redes, encienden hogueras y dejan a su paso una larga estela de ofensas. Son tuits de odio, intolerancia y rencor, con rastros de envidia, celos, dolor y venganza.

Un linchamiento público sin miramientos, compasión ni empatía que —en el mejor de los casos— termina en la clausura de las cuentas. Por desgracia, la mayoría de las veces es el inicio de ataques de ansiedad y depresión que difícilmente las víctimas pueden superar si no cuentan con la ayuda de especialistas y el apoyo de familiares y amigos. 

Cada vez es más común conocer el caso de conocidos y amigos cercanos que dicen adiós a las redes sociales y deciden continuar su vida alejados del mundo virtual. 

Si la descomposición social es más grave de lo que pensamos en México, el peor escenario es que esa violencia digital abrace la vida real. Aún es tiempo de recuperar la cordura, la dignidad y el respeto. Que así sea. 

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