Diana Loyola

Somos seres gregarios, necesitamos por razones físicas, fisiológicas y emocionales, vivir en comunidad. Parte de la sofisticación de nuestros días, radica en que las comunidades han migrado a las plataformas digitales, gente con intereses en común habitan diferentes redes sociales en la Web 2.0, y digo habitan porque la mayor parte del día sus mentes están ahí (conozco gente que de cualquier conversación saca un buen tuit y en el momento lo publica). Lo interesante es ver quiénes somos antes y después de entrar a una red social, porque botones sobran para ejemplificar este cambio.

En diciembre Facebook me hizo (como a todos los usuarios), un video de lo que compartí en el año que acaba de terminar, y que, después de mirarlo, me hizo apreciar y agradecer -desde lo más profundo- el recuento de lo que me aconteció. En principio porque desde una mirada superficial, para mí el 2016 no había sido un buen año en lo personal. La verdad es que sí, sí lo fue. Días más tarde la misma red social me recordó que este 31 de diciembre cumplí 8 años de haber abierto mi cuenta. En mi cabeza repasé el camino recorrido a lo largo de esos 8 años y la manera en que mi vida cambió gracias, en gran parte, a haber tomado la decisión de entrar a FB.

Comencé por buscar nombres de amigas y compañeros (una mezcla de toda mi escolaridad), de personas con las que había trabajado y a quienes, a pesar del cariño, dejé de ver. Poco a poco fui armando mi colectividad, yo encontré, me encontraron. Todo al principio era risas y diversión, emoción de volver a contactar a gente que le había aportado algo a mi vida, ponernos al tanto de en quiénes nos habíamos convertido, cómo habíamos cambiado y hacia dónde iban nuestros intereses. Luego entré a grupos y comencé a notar el trolleo, las envidias y los malos ratos que se generan en las redes sociales, la mayoría derivados de la tendencia general a publicar (y hasta mentir) sobre la vida maravillosa que se pretende tener.

Con las redes cibernéticas, las distancias se acortan, los reencuentros se multiplican, más gente se conecta, la apertura a públicos amplios es totalmente posible, sin embargo, el anonimato que pueden conferir estas redes, se ha vuelto un arma de doble filo que gente cobarde utiliza en perjuicio de otros usuarios.

Por otra parte, el poder mediático de las redes es incontestable, la inmediatez y capacidad de difusión de la información son factores que permean en la realidad con increíbles consecuencias. Tal es el reciente caso de Trump, que exigió (vía su cuenta de twitter) a la empresa General Motors a mudar la fabricación de uno de sus autos de México a Estados Unidos, con la advertencia de que si no lo hace aumentarán sus impuestos. A las pocas horas, la reacción de la empresa Ford, fue cancelar su inversión para la planta automotriz que tenía proyectada en SLP, México.

Hoy en día hay una red social para cada interés: Twitter, FaceBook, Instagram, LinkedIn, Snapchat, Spotify, Tumblr y un sinfín más. Todas con datos, publicaciones e información constantes. Son una eficiente herramienta para enterarnos al momento de lo que pasa en el mundo, toda vez que tengamos ubicadas a las fuentes confiables, ya que de no ser así,  la transmisión de las noticias es tan rápida, que con facilidad se puede crear confusión y falsedades.

A final de cuentas las redes sociales son lo que queramos que sean, podemos usarlas a nuestro favor o por el contrario, ser esclavos de ellas. Todo está en decidir a quiénes seguimos, qué tanto interactuamos, qué podemos o qué no debemos compartir, proteger nuestros datos y estar conscientes de la distribución que éstos tienen (leer avisos de privacidad), usarlas como instrumentos de información veraz, o de contacto humano no físico. Las posibilidades son infinitas. Algo que considero importante es no perder la capacidad de elegir el tiempo que les dedicamos. La opción es simple, o usamos las redes o éstas nos usan.

@didiloyola

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