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Domingo 30 de abril, 2017 | 4:05 am

La primavera interna y colectiva

Diana Loyola | Domingo 23 de abril, 2017

C’EST BEAU LA VIE! | La columna de Diana Loyola

A veces me sorprende la consciencia de que somos parte de un todo, que estamos conectados y que al final somos una misma cosa, aún con lo que no nos gusta. En mi corazón como en mi cabeza existe la certeza de que cada uno contribuimos a crear una información colectiva que nos beneficia o nos afecta en lo individual y como sociedad y siento la responsabilidad de generar más de lo que sí nos sirve, me maravilla la conexión con la energía sutil del universo y la manera en la que fluimos con ella… todas estas reflexiones atrapan mis pensamientos.

 

Hace una tarde hermosa, me detengo un momento y siento el viento despeinarme el cabello, lo veo jugar con las faldas y bailar con las hojas de los árboles, pienso en la cantidad de pulmones que ese mismo aire debe haber habitado, en la cuantía de información que puede llevar, el secreto de la respiración compartida por dos personas que se aman, el ímpetu del aire al salir de una carcajada, la velocidad que alcanza en un mistral o la suavidad con la que arrulla en un medio día caluroso, el aire cargado de olores, como el aliento dulce de un recién nacido o el olor a sopa de la abuela. Ese mismo aire que transmuta en su paso por nuestro cuerpo, dotándonos de oxígeno y de vida, es el que mueve las nubes, el que lleva las semillas lejos, el que acarician con sus alas los pájaros en vuelo… creador y vibrante, nos conecta a todos y a todo, forma parte de nuestro paso por la vida.

 

La escena que tengo delante es bucólica, mis hijos corriendo mientras yo, sentada sobre el pasto sonrío al verlos. Corren hacia mí y mi emoción pasa a ser risa cuando constato que sólo vienen por agua, los abrazos que yo quería tendrán que esperar, beben de prisa porque los minutos de juego son valiosos. De golpe me viene el recuerdo de cuando tenía su edad y corría con mis primas y hermanas en un rancho en Jalpa, Guanajuato, sedientas, bebimos agua de un enorme cántaro de barro, un agua que provenía del pozo principal y que, filtrada por una enorme piedra negra, sabía a gloria y a luz (juro que así puede saber la luz), tan rica, nos refrescó el alma, nos hidrató las ideas y nos invitó a seguir corriendo y a empolvarnos. Me doy cuenta que el agua también nos une, ningún ser vivo puede prescindir de ella, ni el cielo que es el animal más voluble y voluptuoso de todos. El doctor Masaru Emoto nos invitaba a hablarle al agua de nuestro cuerpo y a la de los demás cuerpos, a presentarle nuestro amor, nuestro respeto y a honrarla, para mí es otra manera de mirarnos a nosotros mismos y entre todos con benevolencia.

 

Me gusta pensar que el agua que me habita hoy, pudo haber formado parte en algún momento de personajes a quienes admiro, es casi como llevar la poesía de Benedetti, la prosa de Borges o la genialidad gastronómica de Vatel en diminutas moléculas de agua sorprendiendo a mi cuerpo. Esta idea me acompaña desde mi niñez y cada vez que regresa le encuentro más sentido. De alguna manera somos de materia “reciclada”.

 

Cada persona tiene una propia historia, una manera de enfrentarla o abrazarla, un estar en la vida con mayor o menor entusiasmo, con mayor o menor alienación y con pulsiones de vida y de muerte intentando ocupar el mayor espacio posible, sin embargo, todos nos originamos de la misma mágica manera, dos células uniéndose en frenética actividad para generar a un ser en potencia. Somos también nuestra potencialidad, nuestra decisión, nuestra elección en libre albedrío. Esto también nos conecta y nos iguala. No hay víctimas ni victimarios desde la responsabilidad de responder (que no reaccionar) al entorno.

 

Somos parte de un todo y si observamos un poco, todo forma parte de nosotros. Si mejoro en consciencia, mejoro el mundo.

 

@didiloyola