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Alicia Alarcón

Escribió Guy Debord en “La sociedad del espectáculo” que “el show no es una colección de imágenes, en cambio, es una relación social entre la gente que es mediada por imágenes”. Agregaba en el mismo texto que hemos favorecido “la declinación de ser en tener, y de tener en simplemente parecer”.

Así, la arena del espectáculo político ha convertido en una especie de fetiches a todos los que aparecen en ella. El deseo de ser una figura mediática exitosa -sin importar si se tiene la capacidad real de serlo- parece ser la prioridad de los actores del sistema. Sin intención de discriminar, el círculo incluye desde activistas y líderes estudiantiles hasta el que pueda ocupar el puesto máximo de autoridad.

Estas dos semanas de capítulos de la telenovela política, han tenido algún momentazo excepcional que nadie esperaba, que ha dejado fríos a algunos y a otros con las palmas hinchadas de tanto aplaudir. El secretario de gobernación hablando con los manifestantes enardecidos, en mangas de camisa (si acaso se podría pedir mejor atuendo para el performance)  y consiguiendo algún tipo de diálogo coherente y conciliador. Los miembros del IPN, actores de una manifestación ejemplar, completamente “by the book”, accedieron al diálogo. Unos días después, con la renuncia a fuerzas de la directora del plantel y con un pliego petitorio completamente aceptado, dicen que siempre no y se descubre que tienen ligas con el partido del ahora nuevo innombrable macuspano, que ya sabemos que nada le acomoda. Entonces salen las fotos del líder del movimiento y el dueño del partido. Y declaraciones. Y aparecen las bolsas de papel para la hiperventilación.

Y así se construye el argumento. El guión sigue.

La desaparición de 43 estudiantes en Ayotzinapa. Se construye la anécdota. Normalistas, alumnos avanzados, miembros de un plantel ejemplar y reaccionario que “no se atenía solo a las lecturas oficiales, que exigían y entonces no tenían contento al gobierno local” (sic). Aparece la palabra “crimen organizado” en las versiones oficiales. Aquel manual ya pasado de moda de otro sexenio que impide decir la palabra “narco” sigue vigente. Sin embargo, la costumbre de anteponerla -o desponerla- también existe. Así nos enteramos que habían sido “levantados” (otra de las palabrejas recurrentes) por policías locales durante una manifestación, mitin, fiesta, reunión, partido o donde el que lo diga haya entendido. Que el líder del cártel local, “El Chucky” -parece ser que los alias nunca son originales- pidió que los asesinaran. Mientras corren los días, un gobernador apurado por dar versiones hace que toda la línea de declaracionitis colapse. Dicen unos que ya está advertido. Dicen otros que le vale la advertencia. Nadie se atreve a confrontar el dolor de los deudos. Uno pierde a quien quiere y no se discute. No importa si la versión oficial dice si era narco, anarco, narcopolicia, narcoestudiante, narcogobernador o narcoalcalde. Lo que si es importante, es llegar al fondo. Pero como que a nadie le importa realmente meterle la mano. Solo salir diciendo las eternas condenas, con las frases de cajón de siempre.

Para el reflector es mas aprovechable la idea de “nos subimos al carro”.

La CNTE aprovecha para hacer su paro de la semana en solidaridad. El PRD protege a su gobernador. Aprovechamos para decir que el “edil” (palabrita ya también recurrente) ya se peló junto con su señora dicen que era la que mandaba en el municipio. De paso, averiguamos que eran de los consentidos del nuevo innombrable y su señor de las ligas, que como siempre dice que no es cierto. Y que el góber también comía su atolito y tamalito con el nuevo dueño de partido. Y entonces salen hartas fotos de todos ellos felices. Y entonces aprovechamos para ponerlos tristes con nuestros hallazgos. Si, cómo no.

Y sale el presidente a dar alguna declaración. Para entonces, el público cruza los dedos ante algún aviso mediático de esos que les envidiamos a los gringos cuando uno de sus legisladores se pasa un alto o lo descubren echando patrulla con su secretaria. Esperábamos que se avisara que el Gobernador Aguirre “había presentado su renuncia”. Pero no. Dios nos libre que algún político en México tenga los tamaños para renunciar ante su incapacidad. Solo otra “condena enérgica”, instrucciones para la “creación de una comisión especial” y el “yo como todos ustedes estoy indignado”. O sea, lo de siempre.

Aprovechamos para tomar Rectoría en la UNAM en solidaridad. Secuestramos unidades del metrobús porque somos empáticos con la causa. Aventamos bombas molotov porque así le hacen los demás compañeros en otras partes del país. “Que vea el gobierno represor y asesino que no nos dejaremos”.

Asi se construye el espectáculo político. Causas que están olvidadas y que nadie atendió jamás en mangas de camisa. Imponentes diálogos en un castillo con promesas que jamás se cumplieron. No son redituables en lo mediático. Tampoco en lo práctico. Lo que brilla es la aparición con reflector y micrófono. No importa si es con corbata o con pasamontañas. Da igual.

Hace años, cuando lo de Atenco, el momentazo del entonces Gobernador Peña en el noticiero estelar fue muy aplaudido por varios. Era el héroe del momento. Pero también dejó fríos a los que supieron la forma artera y criminal en la que se aplacó a la gente. Osorio hizo algo parecido, con mayor cobertura y sin una gota de sangre derramada. Fue un batazo de hit fuera del estadio. Algunos envidiosos alegaban que les “daba miedo” un resurgimiento de algo como el #132. Nada más lejos de la verdad. Como aquella Rosario Robles que detuvo manifestantes violentos en la lateral de Periférico y que en su momentazo, también le aplaudían de pie hasta que acabó enamorada y segregada, porque en la política, los errores por amor no sirven para el rating. Olvidamos que la audiencia construye una historia según las imágenes que se les presentan aunque duren poco en la memoria.

Como las marchas por la paz, como el “si no pueden renuncien”, como las exigencias de justicia que jamás prosperan. Solo se quedan como construcción de una historia. Como los miles de muertos. Como los libros explicando “porqué la regué en mi sexenio”. Como en el silenciado caso de Tlataya, porque con el ejército nadie se mete. Nos alienamos a quien tenga más reflector, más lana para nuestra causa y más “charme” para destacar en el elenco, aunque sea de patiño del galán. No importa si somos, solo si parecemos. No importa si no conseguimos nada. En este país, parece ser que hay oportunidades de destacar para todos. Si por broncas no paramos para poder usar el reflector. El chiste es vender y figurar. Todo sea por el momentazo. Y el rating. Aunque el público esté ya harto del mismo argumento.

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