Héctor J. Villarreal Ordóñez
El trágico desenlace de la historia de Romand y la insólita falsificación prolongada de su identidad inexistente inspiraron la crónica de Emmanuel Carrère

A finales de junio pasado fue liberado en Francia Jean-Claude Romand, el criminal que fingió por 18 años una vida como estudiante, luego como médico y padre de familia y quien, ante el derrumbe inminente de la pila de mentiras sobre la cual construyó su existencia, asesinó a su esposa, a sus dos hijos, a sus padres, al perro de éstos y trató de matar a su amante.

El trágico desenlace de la historia de Romand y la insólita falsificación prolongada de su identidad inexistente inspiraron la crónica de Emmanuel Carrère titulada El Adversario, publicada en 2000 y construida a partir de la correspondencia entre ambos, sus conversaciones, el expediente del juicio y el recorrido del escritor a través de los sitios, las descripciones y las personas embaucadas a lo largo de la impostura del asesino.

Tras 26 años en prisión, un tribunal francés concedió al asesino confeso la libertad condicional, con el impedimento expreso de contactar a quienes hubieran estado relacionados con el caso y de hablar con los medios de comunicación sobre los crímenes por los que fue condenado, inicialmente, a cadena perpetua.

Un día después de asesinarlos a golpes y disparos, y junto a los cadáveres de su esposa y sus hijos, Romand trató o fingió tratar de suicidarse incendiando su casa, dejando lo que pretendía ser una nota póstuma en la cual apuntó que “un accidente banal, una injusticia, pueden provocar la locura“, y pidió perdón a su amante, a sus amigos y “a la buena gente” de su comunidad.

Carrère escribió que en algún momento de su investigación comenzó a ver al criminal “ya no como alguien que ha hecho algo horrible, sino como alguien a quien le ha sucedido algo espantoso”, es decir, como una víctima y no sólo como un victimario, “un juguete infortunado de fuerzas demoniacas”, por quien llegó a sentir “piedad (y) una simpatía dolorosa al recorrer las huellas de aquel hombre que erraba sin rumbo, año tras año, replegado sobre su absurdo secreto, que no podría revelar a nadie y que nadie debía conocer so pena de muerte”.

El Adversario es la historia terrible de un sujeto que comenzó mintiendo sobre un examen el primer año de su carrera en la universidad y acabó reconociéndose “cogido en ese engranaje de no querer defraudar”, donde “la primera mentira llama a la siguiente y es así toda la vida…”. La mentira que sirvió a Jean-Claude Romand para evitar sufrir la vergüenza de ser expulsado de la facultad de medicina lo empujó, como lo reconoció él mismo durante su juicio, a aniquilar, 18 años después, a la familia que entonces aún no tenía.

El Adversario es una crónica intensa de la forma en que, en el mundo, conviven el bien y el mal, la verdad y la mentira, bajo el mismo techo, en una misma persona y en la mesa del desayuno de una familia al interior de una casa que acaba consumida por el fuego.

Los criminales son lo que son por razones múltiples. La historia de la mayoría de quienes dañan a otros, cometen delitos, lastiman, engañan, torturan y asesinan también suele tener fragmentos buenos. Desde una perspectiva ética, el mal se entiende frecuentemente como la ausencia de bien. Muchos de los malos tienen familia, tienen “mamacitas” y en algún momento eso les importa, pero en otro ya no.

No es serio sostener, desde la jefatura del Estado, que una función de éste sea llamar a los criminales a portarse bien o a sentir “fuchi, guácala” por sus crímenes. Eso es una maniobra retórica o una fuga de las responsabilidades públicas comprometidas. El consenso social define leyes y normas para posibilitar y mejorar la convivencia y el ejercicio de los derechos esenciales, como el de la seguridad. Toca al gobierno vigilar que se cumplan y evitar el mal que es violar esas leyes. Lo demás es simulación o puro espectáculo. 

Compartir