Héctor J. Villarreal Ordóñez

En junio de 2019 hay elección de gobernador en dos estados del país. En Puebla, los comicios extraordinarios tras el fallecimiento de la gobernadora electa en 2018, y en Baja California. Son las primeras gubernaturas en disputa tras el arrollador triunfo de Andrés Manuel López Obrador. En ambos casos, los candidatos de Morena tienen pocos atributos. Su ventaja en las encuestas se debe a los factores que incidieron en la elección presidencial, no al aprecio ciudadano por sus perfiles.

Miguel Barbosa, el morenista que repite como candidato a gobernador de Puebla, ya perdió antes y los sondeos reportan una opinión negativa de él. Jaime Bonilla, aspirante de Morena al gobierno de Baja California, no tiene trayectoria política, ni reputación con indicadores positivos. Se hizo visible porque, como ciudadano estadounidense, militó en el Partido Republicano y luego, porque no hizo pública su declaración patrimonial como su jefe le indicó. Eso sí, su nominación confirma que los “superdelegados” fueron inventados para hacerlos gobernadores.

Para la oposición, la expectativa de triunfo en dichas entidades, aun frente a perfiles morenistas tan exiguos, es acotada, porque el fenómeno AMLO tiene un poderoso efecto en prácticamente todo el país.

López Obrador es, por ahora, un contendiente electoral portentoso. Su elevada aprobación obedece al sentimiento social de enojo frente al pasado reciente, activo como en julio y animado y exacerbado minuto a minuto por la comunicación oficial. Por eso, en primera instancia, el Presidente planea volver a las boletas en 2021. No suspenderá su campaña, más bien asegurará, a sus 500 candidatos a diputados federales y sus 13 candidatos a gobernadores en ese año, los beneficios del fenómeno AMLO. ¿O acaso no para ello se sacude también la molestia de eventuales campañas adversas, a través de exhibiciones mediáticas e indagatorias ministeriales ejemplares contra quien ose intentarlas?

López Obrador quiere su consulta de revocación de mandato, porque sabe que el pueblo no dirá que acabe antes. Lo de que el pueblo pone y quita es propaganda pura y eficaz, que se repetirá ad nauseam para hacer exponencial su efecto. El Presidente entiende bien que la coyuntura y su capacidad comunicativa le permiten buscar una nueva aclamación en las urnas, máxime que contará con legiones de leales beneficiarios de subsidios y programas sociales; con una burocracia obediente y militante, y con amplísimos segmentos de la audiencia que siguen hallando en él empatía plena con su coraje por la corrupción y el tropiezo de la democracia, y la más emotiva representación del anhelo de cambio.

López Obrador, claro, lo niega y responde, sin perder el estilo: lo dicen “mis adversarios políticos, los conservadores que creen que soy como ellos”, porque son hipócritas. Como garantía de su palabra ofrece más palabras y las firma: que él es maderista, que lo inspiran ideales, que le basta con seis años, que no intentaría perpetuarse. Aunque advierte categórico y “de todo corazón y alma” que no volverán “los inmundos y tristes tiempos en que dominaba la mafia del poder”.

El Presidente perdonó ya a “un buen historiador”, quien, aunque no le sea afín, merece todo su respeto. Hasta le concedió libertad para expresarse y manifestarse, pues él no va a perseguir a nadie por sus ideas. En los hechos, sin embargo, despeja el camino para seguir peleando elección tras elección. Va por todas las posiciones. De su cuenta corre: su noción de la realidad y su idea del poder llegaron para quedarse, aunque él se vaya a Palenque. 

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