Héctor J. Villarreal Ordóñez

En las redes sociales hay poco respeto. La interacción en ellas es rápida y volátil, no hay tiempo para consideraciones. Byung-Chul Han ha escrito en En el enjambre, que la comunicación digital deshace las distancias espaciales y mentales, y hace posible un transporte inmediato de las emociones. La inmediatez de las interacciones en las redes se carga de sentimientos que no alcanzan a filtrarse ni a ponerse en perspectiva, como puede ser en la comunicación analógica.

“La comunicación anónima, que es fomentada por el medio digital, destruye masivamente el respeto”, agrega el filósofo coreano. “También la shitstorm (tormenta de indignación en un medio de internet) es anónima”, porque el respeto está ligado al hecho de que ponga uno su nombre.

Sobran ejemplos. Al expresidente Vicente Fox le pareció adecuado denunciar el sábado pasado en un tuit que, por la mañana, un comando armado pretendió entrar a su casa. Con su peculiar sintaxis, hizo responsable al presidente Andrés Manuel López Obrador de la seguridad de su persona, su familia y sus bienes. El actual mandatario respondió, con otro tuit, que instruyó al secretario de la Defensa a crear una guardia de seguridad que proteja a los Fox “con eficacia, pero sin los excesos que mantenían antes del cambio de régimen”.

El intercambio tiene algo de surreal. Lo que ocurrió en el rancho de Guanajuato no es claro, la información es confusa. Pero las respuestas e interacciones tuiteras son apasionadas. Un bando insulta y tilda a Fox de orate, dicen que sólo busca recuperar la escolta de guardias que ha perdido. Otro grupo acusa a AMLO de irresponsable y entre sus feligreses se enciende la discusión entre unos que dicen que si el Presidente decidió protegerlo entonces es bueno y otros a quienes irrita que su líder proteja a un ícono del viejo régimen y el mundo fifí. Pero los hechos son lo de menos. La creatividad, rapidez e ironía de los insultos es lo que cuenta y provoca engagement. Unas horas después, todo el episodio es historia vieja de la que nadie se ocupa.

Byung-Chul Han escribe también que “las olas de indignación son muy eficientes para movilizar y aglutinar la atención. Pero en virtud de su carácter fluido y de su volatilidad no son apropiadas para configurar el discurso público, el espacio público. Para esto son demasiado incontrolables, incalculables, inestables, efímeras y amorfas. Crecen súbitamente y se dispersan con la misma rapidez”.

Como casi todo hoy, en las redes las cosas duran poco tiempo. Un tema se viraliza, se expande, se dispersa información y se habla de él hasta la saturación y eventualmente, se posiciona como tendencia, según su “aceleración”, dicen los expertos, que lo son porque tienen un software que augura si el asunto será de relevancia como para ser efímero trending topic.

Es unas horas miles se desahogan y teclean, y sienten que han actuado. Perciben que han sido parte de algo, que tomaron postura ante un asunto y entraron en acción, aunque en realidad saben que no fue así. Condenar, apoyar, exigir y ridiculizar es un acto virtual para unos cuantos elegidos por un algoritmo. Si lleva gif, imagen o video, vale más. La comunicación digital es sensorial. Si hace ruido y se mueve es más potente y persuasiva.

La política se hace también en las redes. Cuánto pautar, cómo hacer la campaña negra, en qué momento contestar, qué imagen explotar. Son a veces los nuevos dilemas políticos. Ya no hay diálogo colectivo, hay un conjunto de monólogos. A diferencia de la masa, el enjambre digital está compuesto por individuos aislados, diría Han. 

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