Héctor J. Villarreal Ordóñez

Pensaba que las mejores historias se encontraban afuera, en sitios a los que se llega con perseverancia. Prefería trabajar aparte. Le disgustaban las asignaciones que implicaban ponerse un saco y una corbata para ver un show montado por funcionarios de gobierno para las cámaras. Era un solista. Como periodista, trabajaba mejor solo.

Compensaba la falta de habilidades políticas con su pasión por perseguir buenas historias. Desconfiaba de la gente de poder. Su historia personal y sus raíces en la clase trabajadora estadounidense lo hacían un reportero más sensible hacia las personas.

Así describe Robert Rivard, entonces editor del San Antonio Express-News, en su libro Trail of Feathers (Rastro de Plumas – 2005), a quien fuera su corresponsal en México, Philip True, quien salió de su casa el 27 de noviembre de 1998 y cuyos restos mortales fueron encontrados en una barranca de Jalisco 16 días después.

Esos hechos y su secuela de mentiras y manipulaciones legaloides hechas para obstaculizar la justicia anteceden al registro de 130 periodistas asesinados en México, en posible relación con su trabajo, de 2000 a la fecha. Pero no son ajenos a la endémica impunidad que el laberinto de la justicia mexicana ofrece hasta hoy a quienes matan a periodistas, de tal modo que ni confesos tienen segura la cárcel o la pena que la ley dice.

Luego de tres años trabajando en México, tras las convulsiones políticas y sociales de 1994, casado con Martha, una mexicana de Matamoros, True convenció a sus editores de hacer una historia infrecuente sobre la vida y la cultura de los huicholes. Para escribirla y fotografiarla combinaría dos cosas que le apasionaban: probarse a sí mismo en viajes solitarios con largas caminatas en rutas difíciles y descubrir historias impactantes. Su propuesta perfilaba un mundo desconocido para los lectores del diario texano. Le entusiasmaba, relata Rivard, la idea de “salir de la conmoción de la Ciudad de México de fines del siglo XX y, él solo, entrar en un lugar perdido en el tiempo”, en la Sierra Madre Occidental.

True tenía 50 años y una historia de vida compleja, una familia rota en la infancia, una intensa adolescencia, una juventud de trabajo y excesos, y una entrada tardía al periodismo. En la víspera de su viaje solitario a las montañas celebró con Martha, embarazada del primer hijo de ambos, con una cena de acción de gracias que él mismo preparó. Esa noche metió a su backpack dos libros: Lo que hay que tener de Tom Wolfe y A Sangre Fría de Truman Capote. Al amanecer salió en un taxi al aeropuerto. Su plan era volver 10 días después, enviar su historia e iniciar la nueva etapa que le implicaba ser padre. No transitaba por primera vez hacia una reinvención de sí mismo y sé que eso lo emocionaba.

El último sábado de agosto de ese año, Philip y Martha cenaron en nuestra casa. Nos conocimos en 1995 cuando yo trabajaba en la oficina de comunicación de la PGR y él iniciaba su tiempo de corresponsal para México. Admiré su templanza, su capacidad de adaptación y su calidez para buscar comprender a un país caótico, desigual y tan afecto a la simulación como el nuestro. No confiaba en nuestra justicia y tuvo razón. Con ella, todos quedamos a deber algo en nuestra incapacidad para que su muerte se aclarara pronto y bien, por su familia y su memoria.

Philip también llevaba en su mochila un diario. Ahí anotó antes de morir una discusión con quien pudo ser uno de sus asesinos, que exigía un absurdo permiso para transitar por el lugar. “No puedes venir a tierra huichola sin permiso”, le advirtió. True no era de pedir permisos. Vale su recuerdo, casi 21 años después, cuando hacer periodismo en un México cada vez más violento y hostil, sigue siendo una tarea cuestionada y de alto riesgo. 

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