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Marco Antonio Aguilar

Eran más de cien y casi todas encapuchadas. Llegaron con la rabia ser escuchadas: cese a feminicidios y violencia de género.

Treinta minutos antes de las siete de la mañana se apostaron afuera de Palacio Nacional. Justo para irrumpir en la pasividad de las mañaneras del Presidente.

La madrugada de hoy se cimbró afuera de Palacio Nacional. Las jóvenes no dejaron de gritar hasta desgarrar su garganta:
“Me cuidan mis amigas, no la policía”… “Señor, señora, no sea indiferente: se mata a las mujeres en la cara de la gente”…

Empujones, quemas, golpes, reclamos, confusión y destrucción. Afuera la revolución, adentro, con el Presidente la aparente calma.

El presidente Andrés Manuel López Obrador llegó tarde al Salón Tesorería. Eran las 7:20. Se le veía sonriente. Le seguía de cerca el secretario de la Defensa Nacional, Luis Cresencio Sandoval, que llevaba sus ojos en su tableta.

“¡Buenos días!”, soltó como cada mañana, mientras acomodaba sus documentos en el atril.

Mientras comenzaba la mañanera, entre los reporteros se compartían preguntas. “Si te da la palabra, preguntas sobre la protesta”, se decían unos a otros. Aunque no todos, otros ya traían sus temas.

“Felicidades a todas, a todos, amigos. Hoy es día de la amistad y hay que cultivar la amistad, nada de pleitos y enemistades y confrontaciones. Abrazos, no balazos”, inició su discurso refiriéndose al 14 de febrero, celebración de origen católico.

Habían pasado 45 minutos, cuando el tema brotó. López Obrador repitió sus frases cuando habla de inseguridad: respeto al movimiento feminista y que a diario trabaja para garantizar la paz y la seguridad.

“Celebramos que las mujeres defiendan su derecho a la seguridad”, soltó, aunque esta vez su actitud no era de tanta calma, como suele ser. Sus manos constantemente las entrelazaba y sobaba.

“Me pronuncio a favor de las mujeres, en contra del feminicidio…” y luego se desvió del tema, comenzó a hablar de Twitter, de los bots y de las ganancias que genera. Pero la voz de una mujer lo interrumpió.

“Presidente, ¿por qué se desvía del tema?”, cuestionó una joven desde la esquina de la primera fila.

Era Frida Guerrera, una activista y periodista, que desde 2016 ha denunciado feminicidios en el país.
“Uno de los puntos que, desgraciadamente durante todos estos años se han vivido en este país, para que se tergiversen los mensajes, es la falta de claridad justo en esos mensajes”, atajó la mujer, de pie y y con el micrófono cuestionó la falta de una Fiscalía especializada en feminicidios.

Pero fue más allá. Exigió una postura clara por parte del Presidente hacia las mujeres.

“Sí, pero ya manifesté”, contestó el tabasqueño mientras revisaba las hojas en su atril. Sus manos se volvieron a entrelazar, no se soltaron. Estaba tenso.

“No estoy metiendo la cabeza en la arena, no estoy evadiendo mi responsabilidad, no es la política del avestruz”, como tratando de bromear, con una media sonrisa en el rostro.

Esta vez no se escuchó los silencios que el presidente incluye en sus discursos para manejar los temas y el ritmo de l mañanera. Las consignas se colaban entre las paredes de piedra y se escuchaban al interior de Palacio Nacional. Pero no sólo eso, Frida Guerrera utilizó las pausas para interpelar respetuosamente al López Obrador. Era necesario que el Presidente se pronunciara, le insistía.

“Te repito, todos los días atendemos el problema”, insistió el mandatario. Pero para entonces gran parte de los reporteros se sumaban a la exigencia de respuestas. Lo mismo ocurrió en las redes sociales, comenzó la discusión por respuestas.

Como arma de defensa, López Obrador retomaba su discurso sobre la corrupción, a culpar a gobiernos anteriores de los actos del presente, a mezclar a los feminicidios con los demás delitos. “Soy un transformador”, soltó.

“Entendemos el tema de la igualdad y no es guerra de hombres contra mujeres”, volvió a interrumpir Frida Guerrera, ya sentada. “La gente allá afuera está esperando que haya ese interés especial (…) que usted un día dé una respuesta directa”, alzó la voz y se puso de pie.

“¿Y no basta con lo que estoy diciendo?”, le preguntó el mandatario a la reportera, notoriamente molesto y con un tema de voz superior al que normalmente utiliza.

Frida Guerrero también sacó sus propias cartas credenciales. Le dijo al Presidente que sabía de su trayectoria, porque ella había luchado con él en Oaxaca, pero le insistió, el Presidente debe pronunciarse.

Acto seguido, con la mano derecha recostada en el atril, como lo hace cuando trata temas complicados. Declamó un decálogo, como “mensaje para el feminicidio”. En cada enunciado realizó una señal de autoaprobación con la cabeza. Ninguno de los puntos habló de justicia para las víctimas. “¿Ya?”, dijo al cerrar.

Pero no bastó. Otra reportera interrumpió.
“Que ya les acabo de mandar un mensaje. Que no la paren, que se sigan manifestando y que todo lo que resiste, apoya”, dijo alzando los brazos. Esta vez se percibía acorralado entre las preguntas.

Entonces un respiro para el Presidente. Carlos Domínguez, un reportero que ha denunciado el asesinato de su padre en manos de la delincuencia organizada en Tamaulipas, tomó el micrófono. De pie, vestido en jeans y camisa a cuadros, simplemente cambió el tema, pero antes de hacerlo se abrogó el derecho de decir que de feminicidios “ya se había hablado suficiente”.

Ante la notoria molestia de muchos de los reporteros presentes, el comunicador continuó con su pregunta, que dio paso a otras dos sobre corrupción en Petróleos Mexicanos y en Sonora.

Así se diluía el tema en la mañanera. Aunque afuera de Palacio Nacional no.

En grupos de WhatsApp, los reporteros presentes en la conferencia, planeaban retomar el tema. La oportunidad no llegó, el mandatario dio por terminado su llamado “diálogo circular” y se fue.

“Todas nos llamamos Ingrid”

Ante la llegada del grupo antimotines de la Ciudad de México, un representante de Atención Ciudadana dialogó con las protestantes afuera de Palacio Nacional, con la promesa de recibir a una comitiva.

Diez mujeres encapuchadas entraron al recinto, con la certeza de que el nombre de todas es Ingrid, en protesta por el más reciente caso de feminicidio en la capital. Una joven privada de la vida por su novio, en un caso que conmocionó a la sociedad.

Las fotografías del feminicidio se publicaron en algunos medios de comunicación, lo que acrecentó el descontento y la indignación, especialmente en grupos feministas.

Aceptaron dialogar, con pasamontañas puesto. Entraron con la consigna de no dar datos, no conectarse a señales abiertas de internet, ni enviarían mensajes de texto. Evitarían una posible intervención en sus equipos móviles.

Las decenas de mujeres esperaron en la puerta de Atención Ciudadana, sin dejar de apoyar con consignas a sus compañeras que hablaban por todas, las presentes y «las que no pudieron llegar».

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