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Diana Loyola

Después de lo que me pareció un invierno eterno (comenzó el frío en octubre), hoy por fin me llené de esperanza y de sol y de una emoción apenas contenible: los rosales, las hortensias (rojas porque aquí la tierra es alcalina) y el ginkgo biloba que rodean la entrada al condominio donde vivo, ¡están llenando sus ramas de botones!

Cuando llegamos el verano estaba en su apogeo: el sol; la calma de la ciudad en vacaciones; minifaldas, shorts, playeras vaporosas y sandalias; los árboles con frondas magníficas, bien verdes; cada cruce peatonal, puente de avenida, camellón, glorieta y espacio disponible estaba lleno de flores de todas formas y colores, todas dispuestas en grandes macetones, frente a la alcaldía había “arreglos florales” de metro y medio de alto por un metro de diámetro que parecían árboles color rosa mexicano. Desde el balcón veíamos pasar avionetas, globos aerostáticos, planeadores y alguna vez nos tocó ver una lluvia de paracaidistas que después nos enteramos batían un récord nacional. Tuvimos la dicha de tener visitas de amigos de México que le dieron un aire festivo a aquellos días. Poco a poco la exuberancia veraniega dio paso al otoño. La ciudad recuperó su ritmo, su movimiento; los suéteres se desempolvaron, las minifaldas y shorts nunca desaparecieron pero se vieron complementados con mallas o medias y las sandalias fueron sustituidas por zapatos o botas; los árboles se fueron pintando lentamente de amarillos, rojos y ocres tan bonitos que parecían postales, las  flores languidecieron hasta apagarse y los vientos fueron tomando fuerza con el paso de los días, barriendo todo a su paso y ayudando a los árboles en su deshoje. No más planeadores ni globos. La visita de mi hermana y cuñado cerraron con broche de oro esa estación. 

Los atardeceres de ensueño compartidos desde el balcón y el rugir del viento que por la noche se sentía como marea alta estrellándose en un acantilado, cedieron pausadamente. Las flores multicolores le dieron sus espacios a pequeños ramos de  pensamientos que soportan el frío y la inclemencia. Sin darme bien cuenta llegó el invierno, y con él la falta de sol, la tristeza, las pérdidas y el frío. Las nieves ocasionales cambiaban el aire dando la impresión de una lluvia de estrellas fugaces, pequeños regalos entre tanto gris. Los días comenzaban pasadas las 8:30 de la mañana y oscurecía por completo antes de las 5 de la tarde, los días cortos llenos de melancolía. ¿Quién dijo que dejar familia, amigos, cariños y trabajo iba a ser fácil?. Depresión invernal me dijeron varias personas. Tal vez, combinada con la adaptación a tantos cambios a un ritmo que no era el mío. 

Pasó la Navidad y luego el fin de año en Londres, una extraordinaria experiencia que algún día compartiré. 

Afortunadamente nada es eterno y tuve la dicha de la compañía y el amor incondicional de mi esposo, hijos, familiares y amigos. Además el cariño de las nuevas amistades, de los niños de la casa de la juventud y la voluntad de crecimiento, me permitieron alcanzar un estado de paz y finalmente de alegría. Se puede, siempre se puede. En medio de la depresión fue un reto aprender a acompañarme, a no descuidar mi alimentación, mis horas de sueño, mi arreglo personal; no dejar de cocinar, escribir y hacer cosas que me hicieran sentir creativa; agradecer mucho y a cada rato las bendiciones recibidas; pedir ayuda y compañía a mi red amorosa cuando más flaqueaba; rezar; leer; aprender a aceptar el presente y a confiar en un plan mayor; soltar gente y emociones de baja vibración; dejar ir miedos; tomar conciencia de mis actos, de mis intenciones; conectarme con mi intuición y mi honestidad; escuchar a mi corazón y ser paciente … Primero entré en un estado de paz, de contemplación, donde me di el tiempo de simplemente ser, después fui transformándome, fluyendo, abrazando el ahora, creando mis días… y la alegría llegó. 

Desde que comenzó enero, la luz del día le ha ido ganando tiempo a la noche, ahora amanece poco antes de las 8 de la mañana y oscurece pasadas las 6:30 de la tarde. Estos días de febrero ha habido días espléndidos con un sol que comienza a calentar y los amaneceres en la ventana de mi cuarto son espectaculares, pocas cosas como sentarme en mi cama y llenarme los ojos y el alma del primer abrazo del día. Esta semana los atardeceres de película, con esos colores dramáticos que me tienen enamorada, comenzaron nuevamente a dar señales de existencia. Me siento renacer, siento que un alma más fuerte me habita, siento amor y recibo amor con mayor facilidad. 

El invierno prepara su partida, los botones cubren las ramas que parecían secas, los gises del cielo dan cabida a azules brillantes, los días duran más y el frío cede un poco ante la luminosa presencia del sol. Por lo pronto, yo me siento profundamente agradecida de que el invierno personal, ya terminó. 

À la prochaine!! 

@didiloyola

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