Alejandro Alemán

Lo siento mucho por los odiadores de Woody Allen, esos que año tras año le reprochan ser tan prolífico, aquellos que a cada nueva película le piden que se retire o esos que le exigen —como no lo hacen con ningún otro cineasta— que sólo entregue obras maestras.

Quédense con una victoria pírrica: en efecto, su más reciente cinta A Rainy Day in New York no es una obra maestra, pero sí es una de las películas más divertidas de Woody Allen, con una contagiosa melancolía por la ciudad que lo vio nacer.

En la cinta, Ashleigh (Elle Fanning) es una ingenua estudiante de Periodismo que recibe la tarea de entrevistar al famoso director de cine Roland Pollard (Liev Schreiber) en Manhattan. Su novio, un bon vivant llamado Gatsby (Timothée Chalamet), la acompaña con la ilusión de mostrarle sus lugares favoritos de Nueva York. 

El plan se diluye cuando Ashleigh se involucra más y más con Pollard, quien la hace partícipe de sus frustraciones. Mientras, Gatsby se topa con Chan (Selena Gómez), la incisiva hermana menor de su exnovia.

Es aquí cuando la película se parte en dos. Un reflexivo Gatsby deambula por Nueva York cuestionando su vida, encontrándose a viejos amigos y viejos amores, mientras que Ashleigh participa en una serie de cómicos enredos con el director de cine, su guionista (a quien la esposa le es infiel) y un seductor actor latino (Diego Luna) que conoce en una fiesta.

Allen se burla de él, de Hollywood y de Nueva York mismo. Se burla de las famosas acusaciones en su contra —que Pollard sea un director maduro e inseguro que le hace ojitos a una estudiante claramente menor no es sino una provocación— de su obsesión con la ciudad, de su nostalgia por París, del cine independiente y, claro, se burla del amor. 

Fanning y Chalamet son los dos Woody Allen de esta cinta. Él, neurótico, esnob, lleno de dudas e inseguridades, mientras que ella es torpe, tímida e ingenua. Ambos son caricaturas en una película ligera que nunca se toma en serio, pero que tampoco es banal. 

Que se moleste quien tenga que molestarse. Allen derrama su estilo por todos los recovecos de la cinta. Bromea y juega con sus personajes mientras que le pide a su fotógrafo, Vittorio Storaro, que retrate con nostalgia a la ciudad.

Todas las actuaciones son de primer nivel, todos (hasta el cretino de Chalamet) parecen cómplices de esta dulce, amable y ligera cinta que los haters, valga la redundancia, odiarán. ¿Qué importa? Allen siempre tendrá Nueva York.  

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