Alejandro Alemán

Perteneciente a una trilogía de películas cuyo tema y fecha de aparición (que no de estreno) las emparenta involuntariamente, El ombligo de Guie’dani —ópera prima de Xavi Sala— se inserta en la zeitgeist del cine mexicano reciente que voltea la mirada con una visión diferente hacia la servidumbre de este país, que no es otra cosa sino hablar de cierto racismo enquistado históricamente en México.

Mientras que Roma de Cuarón habla desde el amor de un niño por su madre sustituta que, no obstante, nunca deja de ser la sirvienta de la casa, hasta la descripción casi clínica y fascinante del laberinto laboral y emocional en las entrañas de un hotel de lujo en La Camarista (Lila Avilés), El ombligo de Guie’dani completa el cuadro con una visión crítica y rebelde sobre la labor de la servidumbre en nuestro país.

Un par de mujeres originarias de algún pueblo de Oaxaca, madre e hija adolescente, llegan a su nueva casa y espacio laboral en la Ciudad de México: una amplia residencia donde trabajarán como mucamas, además de tener un cuarto ahí mismo para dormir. Todo normal, excepto que la adolescente, Guie’dani (Sótera Cruz), no está a gusto con la situación. La adolescente, de mirada penetrante y  de gesto adusto, observa la situación a su alrededor y sólo está segura de una cosa: ella no quiere acabar como su madre, siendo casi una esclava que trabaja para otra familia. 

El relato, que parecería trillado, carece de victimismo y más bien se decanta por una rebeldía punzante proveniente de una Guie’dani que atentamente escucha cómo es que la nueva familia para la cual trabajan se refiere a ellas como objetos, casi animales, y no como personas.

Siempre bajo el halo de “la buena onda”, la familia le ofrece comida a las nuevas sirvientas, pero no les permite comer en la misma mesa: su lugar es en la cocina. Y desde ahí, escuchan lo que los patrones comentan: que si las “muchachas” de Oaxaca son más trabajadoras que las de Veracruz, que si le van a pagar las clases de español a la muchacha para que ya deje de hablar “dialecto” o incluso lanzan frases en inglés como para que las sirvientas no se enteren de lo que dicen.

Guie’dani encontrará la forma de poner en jaque a la familia de los patrones con algo más que un acto de rebeldía puro, logrando que esta familia de clase media ponga en duda sus preconcepciones sobre las personas que trabajan en el aseo doméstico. Un acto que emparenta a la cinta más con un Funny Games (Haneke) que con aquellas películas donde la servidumbre vive agradecida con los amos.

Todo al final funciona gracias a la mirada incisiva, penetrante e inteligente de Sótera Cruz, quien contagia de personalidad este relato de mujeres hermosamente insumisas.  

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