Alejandro Alemán

Al inicio de Judy (Reino Unido, 2019) —segundo largometraje del británico Rupert Goold— un intimidante Louis B. Mayer (Richard Cordery) le lee la cartilla a una pequeña Judy Garland (Darci Shaw), quien no entiende lo que el poderoso productor y presidente de la Metro-Goldwyn-Mayer le está ofreciendo al otorgarle el protagónico de El Mago de Oz (1939): “Tú no eres como la gente de allá afuera… tu trabajo es crear sueños… con tu voz podrías ganar tu primer millón a los 20. Elige ¿o acaso quieres ser una ama de casa?”.

Como todos saben, la pequeña Judy Garland elige Hollywood, una vida en la que el estudio la tenía a dieta estricta (decían que estaba gorda), con extenuantes jornadas de trabajo y una adicción a las píldoras (suministradas por el estudio) que terminó por costarle la vida a los 47 años de edad. 

Mediante varios flashbacks, el guion de Tom Edge (basado en la obra de teatro End of the Rainbow, escrita por Peter Quilter) insiste en la voracidad de Mayer y el estudio, aunque jamás repara en la madre de Garland, quien simplemente no aparece en esta cinta.

Siempre bajo el tamiz de ser una víctima, el director entrega en Judy una biopic que se mueve con los engranajes más convencionales que puede haber, aún y cuando la cinta cubre los peores años de la cantante: aquel último periodo en el que, en bancarrota y en pleno litigio por la custodia de sus hijos, la actriz decide dar una serie de conciertos en Londres, donde aún sigue siendo una estrella.

Siempre bajo el halo protector de la victimización, Goold nunca tiene un mal encuadre para una Judy que se está autodestruyendo: apenas aparece como una borrachita simpática que se niega a salir al escenario donde el rudo público inglés le avienta cosas por llegar tarde. 

Garland es dibujada como una víctima de todos: del grosero público, del arribista nuevo esposo, de los empresarios mala onda, del gerente del hotel que ya no le puede seguir fiando o del mismísimo y cuasi demoníaco Louis B. Meyer.

Y claro, como en todas las biopics que le gustan a la Academia, Renée Zellweger cumple con el rito del actor disfrazado de otro actor. Aunque hay cierto parecido con la Garland de aquellos días, Zellweger jamás logra mimetizarse del todo: es claro el esfuerzo por imitar el tono de voz, los ademanes, y hasta la mirada de Judy, pero al final estamos en los mismos terrenos de un Rami Malek en Bohemian Rhapsody (Singer, 2018), un elaborado ejercicio de cosplay que será suficiente para ganar un Oscar, pero que le falta demasiado como para abordar una vida tan compleja como la de Judy Garland.  

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