Alejandro Alemán

Las camaristas casi por definición son empleadas que deben permanecer invisibles a los ojos de quienes atienden. Su presencia en los espacios donde limpian y ordenan debe pasar siempre desapercibida. Dar la apariencia de ser fantasmas, como si los cuartos de hotel se arreglaran solos, pero obviamente detrás de esa cama perfectamente tendida, del papel de baño que termina en punta, las toallas dobladas y la regadera impecable, hay seres humanos.

En La Camarista, la debutante Lila Avilés nos presenta a Eve (extraordinaria Gabriela Cartol), quien trabaja como camarista en un lujoso hotel de la Ciudad de México. La lente de Carlos Rossini nos hace visible la rutina diaria de Eve: hacer las camas, arreglar los cuartos, limpiar los baños, guardar los objetos perdidos y lidiar con las demandas de los huéspedes, por más absurdas que estas sean.

Silenciosa, tímida, siempre buscando que nadie la vea, pero atenta a las órdenes que le llegan vía un walkie talkie del que jamás se despega; Eve apenas asoma los ojos a la vista majestuosa de los pisos más altos, lo suyo son los pasillos, los sótanos, aquellos espacios diseñados para no ser visitados por nadie. Los túneles del hormiguero. 

A cambio recibe poco: la mirada displicente de los huéspedes que no dan las gracias ni la voltean a ver, o cuando lo hacen es como a una empleada más que se puede contratar, “deberías venirte con nosotros a Argentina”.

Avilés no se conforma con la mera descripción de un oficio ni con el sutil, pero siempre presente comentario de clase. La Camarista es, entre otras cosas, un poderoso estudio de la soledad femenina. Eve poco a poco irá encontrando la salida a su propia soledad, a la timidez, al hormiguero que parece enguirla. Ya sea tomando clases, respondiendo a los lances románticos del limpiaventanas o haciéndose amiga de la diametralmente opuesta Minitoy (estupenda Teresa Sánchez), la película nos muestra a una mujer que lucha por abrirse, salir del capullo y renacer. 

Un filme íntimo y minimalista (no hay música de fondo ni grandes despliegues visuales), Avilés encuentra la forma de hablar sobre las grandes diferencias de clase a partir de los sentimientos de una mujer que se niega a seguir siendo un fantasma. La empatía que provoca este filme es probablemente su mayor logro: Eve finalmente sale al mundo, que no será mejor al hormiguero, pero al menos será libre. Sólo queda sonreír con ella y aplaudir. 

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