Juan Antonio Le Clercq

@ja_leclercq

El mayor reto de la administración de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) radica en traducir el discurso de cambio y esperanza articulado en su campaña electoral, en objetivos y acciones de gobierno medibles y verificables. En otras palabras, el discurso de la Cuarta Transformación (4T) requiere implementarse como programa de gobierno, no sólo quedarse en la narrativa de un grupo ahora en el poder. 

Esto presenta dos paradojas. En primer lugar, no hay duda de que la llamada 4T depende en muchos sentidos de la visión política de AMLO y su liderazgo para amalgamar en un proyecto coherente a la diversidad de agendas e intereses que conforman Morena. Sin embargo, mientras más dependa la 4T del voluntarismo presidencial para su materialización, en tanto se convierta en la visión de un solo hombre, más problemas de coordinación deberá resolver y, por tanto, mayores dificultades enfrentará para implementarse de manera efectiva y eficiente. 

En segundo lugar, si bien la concentración de poder facilita definir e implementar decisiones en comparación a un contexto se requiere construir mayorías, lo cierto es que mientras hay más concentración de poder, también hay más riesgo de arbitrariedad en la toma de decisiones y mayor tendencia a pensamiento grupal dependiente del voluntarismo del líder. 

En estos momentos, AMLO cuenta con un bono democrático enorme, muy altos niveles de popularidad y la fuerza política derivada de contar con grupos que son mayoría en ambas Cámaras. A pesar de que el contexto es diferente, en su momento, el entonces presidente Vicente Fox también inició su mandato con el beneficio del bono democrático y mucha popularidad, pero sin una mayoría en el Congreso. También tienen semejanzas importantes las expectativas de cambio político y social derivadas de su respectivo triunfo electoral. 

Lo más relevante de todo no son las expectativas, tal vez excesivas, generadas tras las elecciones, sino la forma en que el bono democrático y la popularidad de Fox, así como la credibilidad de su proyecto de gobierno comenzaron a erosionarse desde su primer año en la Presidencia. La moraleja consiste en que no importa haber recibido millones de votos o tener muchísima popularidad de acuerdo a las encuestas, las decisiones mal tomadas y peor implementadas, la tentación de correr simultáneamente en todas direcciones y la apuesta por el voluntarismo como motor del cambio, pueden descarrilar un proyecto de gobierno en pocos meses.

Hay señales que advierten el riesgo de desgaste presidencial y que tendrían que ser analizados cuidadosamente por los asesores de gobierno: la sobreexposición mediática del presidente; las consecuencias en la credibilidad presidencial del fracaso de megaproyectos simultáneos carentes de estudios de factibilidad, análisis del costo-beneficio o evaluaciones de impacto ambiental; la capacidad desigual, en algunos casos en franca incompetencia, entre los miembros del gabinete y el equipo de gobierno;  los regaños públicos a funcionarios que expresan opiniones o proponen decisiones diferentes al Presidente; la intolerancia y descalificación a las crítica incómodas de especialistas y organizaciones sociales, etcétera. 

Los proyectos más ambiciosos y cuestionados de esta administración llevan el sello personalísimo de la voluntad presidencial, su mala gestión o su falta de resultados se traducirán necesariamente en fracasos y costos políticos directos a la figura del Presidente. El nombramiento de servidores públicos incompetentes o incapaces de cumplir sus funciones, trasladará la responsabilidad de sus errores y omisiones directamente al Presidente. El voluntarismo llevó a AMLO a ganar las elecciones, pero convertir el voluntarismo en el motor de la toma de decisiones puede significar el fracaso de su proyecto de gobierno. 

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