Raúl García Araujo

Hoy le contaré las historias de Samantha, de 2 años; Mónica, de 4, y de Luis, de un año siete meses, que tienen algo en común: los mataron quienes debían protegerlos del peligro y de la muerte.

A la pequeña Samantha le quitó la vida su padrastro el pasado 17 de junio, en la colonia Vista Hermosa, en Ecatepec, Estado de México.

La mató a golpes en presencia de su madre para después tirar su cuerpo envuelto en una cobija en calles de este municipio mexiquense.

La noche de ese domingo, en la calle Claveles número 87, vecinos escucharon el llanto constante de la pequeña, lo que les preocupó por lo que dieron aviso a la policía. Pero ya era tarde, la pequeña había muerto por los golpes de su agresor, que huyó con total impunidad después de tirar su cuerpo en la vía pública.

Hoy su padrastro está prófugo y Samantha en el cementerio.

La historia de la niña Mónica tiene los mismos patrones que la de Samantha. También vivía en Ecatepec y era golpeada por su padrastro y por su madre.

El día 10 de junio, una patrulla de Seguridad Pública del municipio transitaba por las calles de la colonia Estrella de Oriente cuando los oficiales que iban a bordo de la unidad escucharon el llanto de la niña.

Los policías llegaron al domicilio donde ocurría la violencia intrafamiliar y fueron testigos de cómo Ricardo -su padrastro de 19 años- y Verónica -madre de la niña de 24- la golpeaban sin piedad hasta dejarla inconsciente.

Los oficiales, después de detener a los agresores, pidieron por la frecuencia de radio una ambulancia para trasladar a Mónica a un hospital de este municipio; sin embargo, por la gravedad de sus lesiones, fue llevada de emergencia al hospital de La Raza en la Ciudad de México, donde días después murió a consecuencia de los golpes. Sus agresores están detenidos, y Mónica, en el cementerio.

El caso de Luis tiene una característica especial. La custodia del menor fue otorgada por autoridades del DIF a Norma, su madre, quien vivía con un hombre de 40 años, que, por cierto, también lleva el nombre de su víctima.

A esta pareja no le gustaba que el pequeño llorara, y, cansados de su llanto, lo golpeaban para que se callara.

La mañana del pasado 27 de mayo, las cosas fueron muy distintas a otros días. En su domicilio, localizado en Santiago Zacualuca de San Juan Teotihuacán, también en el Estado de México, el pequeño Luis volvió a llorar.

Su padrastro golpeó de nuevo, pero ahora con mayor fuerza hasta dejarlo inconsciente. Norma se dio cuenta que las cosas estaban fuera de control y lo llevó a un hospital, donde los médicos certificaron que el niño había muerto. Sus agresores están detenidos, y Luis, en el cementerio.

La pregunta es ¿y dónde están los programas del gobernador del Estado de México para proteger y atender a los niños?

Apenas el pasado 14 de marzo, Alfredo del Mazo se ufanaba en declarar que lo más importante es: “Que nuestros hijos, queremos que estén en las mejores manos, y aquí están en las mejores manos, y que tengan todo lo necesario para poder crecer sanos y fuertes, y para ser mujeres y hombres de bien, y aquí en el Gobierno del Estado les ayudamos para que así sea”. Samantha, Mónica y Luis, no estaban en las mejores manos y ahora están en el cementerio.

La pregunta es ¿y dónde está el trabajo de supervisión del DIF del Estado de México de visitar las calles y ubicar posibles riesgos para los niños?

Esta labor, señor gobernador, no se trata nada más de sacarse la foto junto a su esposa, Fernanda Castillo -quien funge, por cierto, como presidenta honoraria del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia en la entidad-, sino de ser sensibles a la niñez mexiquense.

En memoria a Samantha, Mónica y Luis.

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