Simón Vargas

“Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no la escucha”

Víctor Hugo

Desde hace dos semanas, cuando el 23 de septiembre, la joven activista Greta Thunberg acudió a la Cumbre de Acción Climática de la ONU 2019, donde con un contundente y poderoso mensaje acusó a diversos líderes mundiales de falta de compromiso, lo que se ha hecho cada vez más evidente es que un verdadero cambio no sólo se basa en las pequeñas acciones realizadas desde casa o en el día a día, las cuales sin duda son un importante detonante y factor a considerar; sino que también se requiere inversión y responsabilidad a la hora de emitir políticas públicas para que estas construyan una oportunidad que nos permita subsanar el casi irreversible daño que le hacemos al planeta.

De acuerdo a un informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU, Groenlandia perdió casi 4 billones de toneladas de hielo desde el 2002, mientras, la Antártida triplicó su pérdida de masa entre 2007 y 2016 comparado con la década previa, y a pesar de que el deshielo es uno de los grandes efectos del cambio climático, el problema va desde osos adictos al queroseno, arrecifes de coral eliminados, especies en peligro de extensión, deforestación y sequías, hasta mantos acuíferos como el lago karachai el cual de acuerdo al Worldwatch Institute es el lugar más contaminado de la tierra, ya que fue usado como depósito de residuos radioactivos; es decir, casi ningún sector del planeta ha quedado intacto del daño.

Sin duda, la preocupación ha ido en incremento desde los años 80, cuando la conciencia ecológica dio lugar a que se hablará con más fuerza sobre el uso de energías alternativas, como la energía eólica y solar, las cuales han comenzado a rendir frutos ya que en 2016 aumentaron su participación en el consumo de energía primaria en un 6,4%. La constante inquietud de la sociedad llevó a que, en diciembre de 2015, 197 países firmaran el primer acuerdo vinculante mundial sobre el clima; el Acuerdo de París, donde se estableció un plan de acción que busca evitar que la temperatura del planeta supere los 2°C.

Tristemente, este acuerdo jamás obligó a los países participantes a reducir sus emisiones de CO2, ya que se trata de un documento que depende de la buena voluntad y el compromiso, acciones que hasta el momento no han bastado para hacerle mella al cambio climático; tan sólo hasta 2018 y de acuerdo a un estudio de Grantham Research Institute sólo 16 naciones estaban cumpliendo con las obligaciones necesarias, de las cuales Canadá y Japón eran las únicas economías industriales fuertes, los demás incluso eran países que en algunos casos no superaban los 100,000 habitantes.

Actualmente, el cambio climático es uno de los temas más abordados, con aristas complejas que incluyen a la economía global y su impacto en la misma, la salud, la agricultura y los costos elevados por el paso de desastres naturales; por otro lado, desafortunadamente, las crisis ambientales han comenzado a ser aprovechadas como herramientas para provocar terror y violencia política, cabe mencionar, que no hago referencia al eco-terrorismo el cual es un asunto que merece trato aparte; sino a la creciente oportunidad de que los ecosistemas vulnerables sean explotados o destruidos como medio de intimidación o para provocar un estado de terror en el público, en general alentando así agendas políticas, ideológicas o filosóficas de grupos específicos.

De acuerdo a datos del Centro Internacional para Académicos Woodrow Wilson, las tácticas terroristas ambientales, como la contaminación de los suministros de agua o el inicio de incendios, pueden planificarse rápidamente, requieren poca experiencia técnica para ejecutarse y son más difíciles de detectar, por lo que han comenzado a ser métodos empleados con más frecuencia por los extremistas; tal es el caso que durante 2006 en la Guerra del Líbano, el grupo militante Hezbolá utilizó la sequía y provocó incendios forestales como parte de su estrategia militar, y de un ataque económico y psicológico.

En un mundo donde el cambio climático parece ser inevitable se deben poner en marcha, con urgencia, políticas públicas que sancionen y coarten empresas no comprometidas en la disminución de la crisis ambiental; se debe continuar apelando al compromiso ciudadano en casa y de forma cotidiana; la seguridad nacional debe tomar un nuevo enfoque y considerar los ataques a los recursos naturales finitos como una herramienta que será utilizada para generar incertidumbre y miedo; pero sobre todo se debe hacer un llamado a la responsabilidad política, ya que los líderes mundiales deben ser los principales actores en marcar un camino transformador hacia la subsistencia de la tierra y la humanidad.

*Analista en temas de Seguridad, Justicia, Política y Educación.

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