Simón Vargas

“Me afecta cualquier tipo de amenaza contra el hombre, contra la familia y la nación. Amenazas que tienen siempre su origen en nuestra debilidad humana, en la forma superficial de considerar la vida”

Juan Pablo II

En México la extorsión telefónica comenzó una carrera casi sin obstáculos a partir del año 2000 cuando el acceso a los celulares se amplió a un mayor número de la población, fue así como los delincuentes encontraron en esta forma de comunicación una manera de contacto con las víctimas, convirtiéndolo en un estilo de vida donde se criminaliza a distancia.

La extorsión etimológicamente viene del latín (extorsio/extorquere), y hace referencia a la acción de usurpar, separar y arrebatar por fuerza una posesión a una persona; por otro lado, la Fiscalía General de la República la define como la presión que un individuo ejerce sobre otro para forzarlo a actuar de un cierto modo y, de esta forma, obtener un beneficio económico o de otro tipo.

De acuerdo a la página de la Policía Federal en México se conocen dos categorías: la directa, que implica que el delincuente se presente físicamente y pretenda realizar un cobro con la finalidad de brindar seguridad o no hacer daño, y la indirecta, donde se hace uso de una línea telefónica y la cual tiene seis tipos; 1) se ofrece un premio, 2) secuestro virtual de un familiar, 3) familiar proveniente del extranjero detenido, 4) amenaza de muerte y secuestro, 5) amenaza de supuestos funcionarios federales y 6) pago de deudas contraídas.

¿En qué radica su popularidad? la respuesta se encuentra arraigada en algunos de nuestros miedos más profundos, ya que la principal forma de atrapar a las víctimas es con amenazas directas a través de la violencia psicológica. La extorsión telefónica hace constante uso de la simulación sobre la coacción de familiares y cuando el pánico se apodera de aquel que recibe la llamada incluso suele ser él quien proporcione datos importantes como nombre, edad o apariencia física a los extorsionadores.

De acuerdo a datos de la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública 2019 (ENVIPE) este delito se ha convertido en el segundo más practicado; tan sólo durante 2018 se cometieron 5.7 millones de extorsiones donde el 91.6% fue de forma telefónica y de éstas se pagó en un 7.1% de los casos; cifra que cabe destacar aumentó un 3% con respecto a 2017.

La ENVIPE también encontró que la extorsión continúa siendo el delito con más cifra negra, con un 97.9% de casos donde no hubo denuncia o no se inició averiguación previa o carpeta de investigación.

Desafortunadamente, a pesar de que se han realizado campañas publicitarias donde las instancias de seguridad exhortan a la población a mantener la calma, colgar de forma rápida, comunicarse con el familiar en cuestión y denunciar; el miedo se arraiga casi de forma inmediata y en algunos casos el extorsionado suele depositar o transferir dinero a los criminales.

Pero no todo ha sido en vano, ya que gracias a la exposición mediática de este delito con el paso de los años los extorsionadores han tenido mayores complicaciones, ya que llamar fingiendo un secuestro comenzó a ser tomado como burla e incluso en plataformas digitales podemos encontrar miles de vídeos y audios donde el presunto delincuente termina siendo el protagonista de un escarnio público.

Este tipo de delito no sólo es usual en nuestro país, sino que de acuerdo a un informe publicado este año y elaborado conjuntamente por The Global Initiative Against Transnational Organized Crime y InSight Crime titulado: “Una cultura criminal: Extorsión en América Central” pandillas criminales que operan en los países del Triángulo del Norte (El Salvador, Guatemala y Honduras) también usan este tipo de crimen para robar a individuos y empresas, ayudados por un entorno de inseguridad en el que el estado no puede o no protege a sus ciudadanos.

Este fenómeno criminal deja a personas de todos los niveles socioeconómicos vulnerables y amenazadas, en una llamada telefónica se suelen pedir cantidades que se tengan al alcance de la mano, pero por otro lado ha sido herramienta de bandas criminales y organizaciones del narcotráfico quienes exigen remuneraciones en efectivo, transferencias electrónicas, o de pagos en especie, como bienes, alimentos o servicios (almacenamiento de armas y/o drogas, lavado de dinero y extorsión sexual); lo cual afecta la operación de negocios formales e informales.

Este tipo de extorsión en el cual se exige un pago regular o impuesto a cambio de permitir operar y “cuidar” a las empresas, que en su mayoría asciende a varios miles de pesos; en nuestro país fue introducido por los Caballeros Templarios y se extendió rápidamente a medida que fue replicado por otras organizaciones criminales, convirtiéndose con el paso de los años en una fuente económica que les ha permitido abastecerse y continuar con la violencia.

La extorsión se alimenta del temor, de la sospecha de peligro, del horror de imaginar no volver a ver a nuestros seres queridos y lamentablemente gracias a la tecnología nuestros datos personales se encuentran más expuestos; por eso hoy más que nunca es necesario que trabajemos en una cultura de la prevención y la denuncia, identificando las amenazas reales y eliminando aquellas que sólo buscan jugar con nuestro miedo.

*Analista en temas de Seguridad, Justicia, Política y Educación.

*Si deseas recibir mis columnas en tu correo electrónico, te puedes suscribir a mi lista en el siguiente vínculo: http://eepurl.com/Ufj3n

Compartir