Simón Vargas

En 1960 hubo un parteaguas en la forma en que la publicidad política era vista, John Fitzgerald Kennedy fue el primer candidato en aceptar pasar por entrenamiento de medios para aprender a hablar en las cámaras de TV, y los debates entre él y Nixon llevaron a la derrota a este último; gracias a la simbología partidaria unida a la del candidato, el uso de los colores, un inteligente eslogan de campaña y la televisión como eje central de la comunicación, Kennedy logró posicionarse y arrancarle el triunfo a su contrincante. Sin embargo, el mundo ha evolucionado y lejos ha quedado el sólo pensar en la exposición gracias a vallas publicitarias o espacios en televisión, ahora los términos cliquear, craker, tuit, bloguero, dron y wifi son palabras recientemente aceptadas por el Diccionario de la Real Academia Española y son el ejemplo de un movimiento de renovación tecnológica.

La implementación de la tecnología ha llevado a que las campañas políticas actuales se centren en su mayoría en las redes sociales, esto con tal de conocer y acercarse a la población más adepta a ellas: los millenials; hoy en día Twitter y Facebook entrañan un espacio explotado por los contendientes y tan sólo en México, según datos del INEGI una cuarta parte de la población actual corresponde a jóvenes con características muy particulares a las que tuvieron años atrás las generaciones de sus papás, quienes oscilan entre los 19 y 35 años y equivalen a unos 30 o 35 millones de personas.

La forma de hacer política ha cambiado, y se cree que entre mayor cantidad de seguidores la posibilidad del triunfo en casillas se agranda, las campañas han desarrollado métodos cada vez más sofisticados para maximizar el impacto en Internet, equiparando la popularidad con el número de retweets y favs; sin embargo, los números podrían engañar, ya que uno de los sistemas más usados es la manipulación artificial a través de botnets; haciendo un análisis de los contendientes a la Presidencia de la República Mexicana, nos encontramos que según la página Twitter Audit la candidata independiente, Margarita Zavala Gómez Del Campo posee un 65% de seguidores reales dejándola con un 35% de perfiles falsos; aunque sus 498, 892 botnets equivalen a una tercera parte de los que tiene Andrés Manuel López Obrador, ya que el candidato de MORENA cuenta con un 72% de seguidores reales mientras que 1,078,458 son perfiles falsos; por otro lado el candidato del PRI, José Antonio Meade Kuribreña, cuenta con un 77% de seguidores activos que ascienden a 1,000,918 y un 23% de cuentas autorreguladas equivalentes a 298,975 seguidores falsos; de igual forma Ricardo Anaya tiene un porcentaje de 81% de seguidores reales, mientras que 125,198 son no tripulados, ubicándolo en la cuarta posición en el uso de esta tecnología, y finalmente el también candidato independiente Jaime Rodríguez cuenta con un 79% de seguidores existentes y un 21% de perfiles inexistentes que se aproximan a 132,553 bots, siendo el aspirante con menor uso de ellos.

El término Bot proviene de la palabra Robot y es la forma como se le denomina en el argot tecnológico a las cuentas que simulan ser personas en una red social y son creadas con un fin determinado, completamente distinto al habitual de un usuario que busca interactuar o convivir con otros; sin duda, son cada vez más utilizados por los partidos políticos y las campañas electorales ya que su eficiencia, eficacia y flexible fortaleza los hace ser idóneos para crear la sensación de popularidad y aceptación.

La utilización de bots ha hecho titubear a gobiernos enteros, como fue el caso del brexit cuando se hizo una petición al Gobierno británico para que repitiera el referéndum y ésta de forma online obtuvo más de 3,7 millones de nuevas firmas en tan sólo un fin de semana; firmas que fueron interpretadas como un signo de remordimiento de los votantes; sin embargo, cuando se observó la petición, surgieron inconsistencias ya que tenía 42 mil firmas de la Ciudad del Vaticano la cual en realidad cuenta con una población de alrededor de 850 ciudadanos y casi 25 mil de Corea del Norte en donde es sabido que el acceso a Internet es muy limitado; en resumen, eran bots los que sumaban peticiones y votos.

Es importante entender que actualmente estamos inmersos en una sociedad defraudada y crítica pero cada vez más informada, por lo que la política debería ser más vigilada por los ciudadanos y el uso de la tecnología estar regida por la moral, no por el ego; el flujo de información debería ser veraz y brindar a la población la posibilidad de elegir, por lo que los botnets son un desafío complejo que afecta la confianza de los usuarios y la seguridad de internet, no sólo debemos tranquilizarnos porque este candidato tiene menos bots que el otro, su simple compra y utilización mengua la democracia, ya que es casi equiparable a la compra de votos.

El número de seguidores debe dejar de ser una métrica de vanidad para convertirse en un canal de interacción y a pesar de que twitter prohíbe la compra o venta de seguidores, retweets o me gusta, aseverando que las cuentas que incurran en tal acción serán suspendidas; evitarlos es un trabajo individual, de responsabilidad y ética que requiere enfoques técnicos innovadores y el despliegue de medidas de mitigación.

La trazabilidad digital de los electores se ha convertido en una poderosísima herramienta de competición política, este rastro es una minería de datos sobre las relaciones, los patrones y comportamientos de las personas; pero no se debe olvidar que al final las redes son palabras, que son hilos, que son personas, que son comunidades y que aquel que quiera votos, debe entender antes las voces y sus ecos; porque el bienestar de un pueblo no tiene atajos.

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