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Bet Birai Nieto

Eran los últimos meses del gobierno de Artur Costa da Silva en Brasil, previo a la entrada de su sucesor, el tercer presidente del régimen militar, Emílio Garrastazu Médici, cuya administración sería recordada como “Los años de plomo”.

Habían pasado al menos tres meses desde el homicidio de Edson Luís de Lima Souto, estudiante de secundaria que el 28 de marzo de 1968 fue abatido a quemarropa por policías en el restaurante Calabouço, de Río de Janeiro, y la indignación por su muerte persistía. Las manifestaciones eran cada vez más recurrentes, de los alumnos universitarios.

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La participación de las mujeres en la organización de las manifestaciones en Río de Janeiro tomó más relevancia a inicios de 1968.

La muerte del joven de 17 años representó uno de varios detonantes en las movilizaciones estudiantiles que en junio de 1968 se tornaron aún más trágicas. Sin saberlo, cada acción llevaría a uno de los sucesos más penosos de Brasil, conocido como “el viernes sangriento” y a la acción pacifista de respuesta social conocida como La marcha de los 100 mil.

Era miércoles 19 de junio y tras una manifestación en el Ministerio de Educación que convocó a un millar de asistentes que reclamaban mayor presupuesto universitario y menos dinero para partidas militares, el dirigente estudiantil Jean Marc van der Weid, fue detenido y posteriormente condenado a dos años de prisión, tras ser acusado de incendiar un auto del Ejército brasileño. Esto no arredró a los estudiantes. Al día siguiente, el 20 de junio, otro nutrido grupo de jóvenes ocupó el edificio de la rectoría de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) para pedir que se hiciera valer la inviolabilidad del campus y exigir la liberación de Van der Weid y otros compañeros.

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*¿Qué pasaba en México? En el país persistía el descontento de maestros de las preparatorias adscritas a la UNAM, que no atinaba a resolver el conflicto . el día. 22/junio/1968

La respuesta fue brutal: cerca de 400 estudiantes fueron golpeados ferozmente por la policía militar en la Facultad de Economía y llevados hasta el edificio del Club futbolístico Botafogo, donde además muchos fueron humillados.

En una crónica del diario Jornal do Brasil, el periodista José Carlos Oliveira relató que en los alumnos fueron acostados con la cara contra el césped. La policía lo mismo obligaba a las mujeres a caminar en cuatro extremidades que a los hombres estar contra un muro con las manos en la nuca. Tumbados de bruces “orinaban sobre los estudiantes y vejaban a las universitarias”, añadía el texto de Oliveira.

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Mano de hierro. el control de la situación por parte de la dictadura trató de extenderse hacia los medios de comunicación: “la radio está amordazada y los noticiarios dan una vívida descripción de los choques estudiantiles en todo el mundo, menos en río de janeiro, pero la prensa escrita está libre y hoy empleó dos tercios de su espacio con fotografías y relatos de los violentos episodios”, decía jane braga, reportera de la agencia reuter.

A la mañana siguiente fueron liberados, excepto 10 de ellos a quienes se entregó al Ejército para ser juzgados por la justicia militar.

Aquel 21 de junio, en Río de Janeiro, el saldo de la protesta universitaria con mil 500 manifestantes y las acciones de gobierno daba un viso de crisis nacional: cinco muertos, tres de ellos en listas oficiales y más de 150 heridos, 65 detenidos por el poder militar y 40 estudiantes sitiados en la Universidad era el parte oficial.

Por la tarde, los estudiantes improvisaron barricadas en ocho puntos de una ciudad cuyo cielo se tornó gris por el humo de los incendios; mas no como en París, donde estas trincheras se ocupaban para la discusión de las siguientes acciones del movimiento, sino como una manera de defensa ante las fuerzas policiacas que sobrevolaban por helicóptero varias áreas de la ciudad o vigilaban la zona con cargadas de caballería.

Los agentes de la policía lanzaban gases lacrimógenos, golpeaban a quienes tenían a su alcance, embistieron de frente con bayonetas y dispararon indistintamente, daba igual si eran manifestantes, curiosos o periodistas.

Los infantes de la marina que resguardaban la Embajada estadounidense empuñaron sus armas, pero no las usaron, para eso estaban los policías locales que rociaron de balas a un grupo de periodistas, le abrieron el cráneo a uno de ellos con la culata de un fusil y dieron muerte a una estudiante de 22 años.

La ciudad olía a pólvora y cerca de la rectoría de la Universidad era perceptible el hedor a sangre, algo que no pudo ser ignorado por la sociedad civil que para el 26 de junio ya preparaba una contestación a los golpes de la dictadura.

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*SECTORES. En la marcha participaron desde madres y padres de familia hasta sacerdotes. *Vanguardia femenil. La participación de las mujeres en la organización de las manifestaciones en Río de Janeiro tomó más relevancia a inicios de 1968. *Las principales peticiones de los manifestantes se referían al restablecimiento de las libertades, la suspensión de la censura a la prensa y la concesión de más fondos para la educación, informó el diario O Globo

El miércoles 26 de junio pocas personas asistieron a sus trabajos y a las escuelas. Los habitantes de Río de Janeiro se alistaban para acudir a una reunión sin exclusiones a la que fueron profesores, sacerdotes, artistas, deportistas e intelectuales y en la que se contaron más de 100 mil asistentes que recorrieron las principales calles de Río de Janeiro con los lemas Abajo la dictadura, Abajo la represión y El pueblo unido derribará a la dictadura.

Circularon por la emblemática calle Río Branco para estacionarse en la Plaza Tiradentes, y por tres horas celebraron un mitin dirigido por Vladimir Palmeiras, líder buscado por los servicios de seguridad del Estado.

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Ambiente enrarecido. El tono violento de las manifestaciones era proporcional a la reacción de la policía militar.

Los asistentes a la marcha eligieron una comisión conformada por un médico, un sacerdote, una madre de familia y dos estudiantes que llevarían hasta Costa da Silva las exigencias del pueblo brasileño: libertad para presos políticos, la reapertura del restaurante Calabouço, más fondos para las universidades, el fin de censura a las artes, la defensa de los intereses nacionales y mejores condiciones de vida para los trabajadores.

Eran los últimos meses del gobierno de Artur Costa da Silva en Brasil, el presidente militar que a inicios de 1968 mostró lo que vendría más adelante para Brasil: la radicalización de las acciones militares contra los estudiantes.

bnieto@ejecentral.com.mx

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