Oscar Moha

Dentro de las más de 9 mil 285 Asociaciones Religiosas registradas ante la Secretaría de Gobernación actualmente, menos del 10% están encabezadas por mujeres. De entrada, en la Iglesia Católica ellas ocupan un papel muy secundario, si de liderazgo y decisiones se trata. En las congregaciones protestantes hay de todo, pero los hombres casi siempre dirigen el rumbo de la feligresía. Los pastores tienden más a la corrupción que las pastoras, lo que explicaría la vida interna de muchas que no resisten una auditoría fiscal, pero se niegan a que ellas ocupen un lugar desde donde pueda expresar libremente su opinión y sobre todo aplicar sus conocimientos.

No es una regla, pero las hay: esposas de pastores que no sólo sufren violencia de género… también las hay abandonadas, engañadas, agredidas física y psicológicamente, y en varias comunidades indígenas no se pueden sentar a la mesa con los varones, lo deben hacer en el suelo, no sin antes dar gracias a Dios por los alimentos que ellas mismas prepararon y en algunos casos compraron o cosecharon.

Como por tradición, en no pocas Iglesias Evangélicas la esposa del pastor es llamada “pastora”, aunque nunca haya pasado por un seminario ni su llamamiento o vocación sea servir espiritualmente donde lo hace su cónyuge. Desarrollan una especie de “mimetismo espiritual” que las lleva a usurpar una labor religiosa, a veces contra su voluntad, pero también a enfrentar una sutil discriminación ante una congregación machista que ve en el sexo femenino el estigma de la debilidad.

Algo similar vivió en carne propia Aída Arregui Guerrero, quien fuera asambleísta constituyente del Partido Encuentro Social (hoy se desempeña como Directora de Comedores Populares del DIF en la Ciudad de México). La acusaron -quienes se decían sus amigos de MORENA- de violar la ley por ser “pastora” y legisladora al mismo tiempo. La quisieron destituir, pero la verdad es que el Ministro de Culto registrado ante SEGOB es su esposo Efrén Ruiz y ella una servidora pública.

Un conflicto que parecería de inequidad de género vivió la Iglesia Nacional Presbiteriana hace un par de años: una minoría de líderes se aliaron a la exigencia de mujeres para que ellas pudieran ejercer el pastorado, cosa que es antirreglamentario, según los mismos estatutos internos de esa denominación. Su rebeldía culminó con la expulsión de ese grupo quienes finalmente optaron por formar su propia Iglesia, donde las mujeres sí pueden ser llamadas “pastoras”. No se salieron con las manos vacías, se llevaron algunos inmuebles, lo cual deslegitimó su intención de igualdad a los ojos de muchos pastores presbiterianos, que si bien no los siguieron sí los consideraron “oportunistas”.

En el marco de la conmemoración del 7 de marzo, la Senadora de MORENA, María de Jesús (Jesusa) Rodríguez Ramírez, mencionó que la mayoría de las católicas no son inteligentes. Esa supuesta incompatibilidad entre la fe mayoritaria en este país y la inteligencia es la misma que practican vivamente pastores cristianos evangélicos, cuya discriminación hacia las mujeres, incluso las de su propia familia, se basa en textos bíblicos que refuerzan esa misoginia.

Claro, hay otras congregaciones en donde se practica el “matriarcado santo”, pero son escasas. En Iglesias de corte pentecostal la exclusión que viven las mujeres es más intensa: les impiden maquillarse, pintarse el cabello, lucir alhajas, ponerse pantalones, hablar en el púlpito, contradecir un ordenamiento pastoral, opinar sobre temas doctrinales, hablar en público o en privado con varones sin la presencia de su marido, entablar amistad en redes sociales con quienes no sean familiares cercanos…

Cuando el marido, incluyendo al pastor, llega a cometer un adulterio, se le aconseja no “abandonarla”, perdonarlo y restaurar su matrimonio; en contraparte, si ella es quien engaña al varón, será puesta en evidencia en la comunidad de fe, y si no consigue el perdón marital, será aislada y obligada al divorcio inmediato, sin derecho a reclamar pensión alimenticia, aunque en lo legal le asista algún derecho.

A los varones nunca se les sataniza por su vida sexual prematrimonial, pero ellas deben casi llevar un certificado de virginidad para ser aprobada comunitariamente. Está el caso de “Sandra”, quien debió renunciar a su trabajo por indicaciones del pastor “Esteban”, ya que su salario era más alto que el de su esposo “Rubén”, empleado federal. Ella había concluido un posgrado en Ciencias Biológicas, con una plaza de nivel superior en la Secretaría de Educación Pública, que les permitía vivir con lo necesario. Pero el sentimiento de inferioridad de “Rubén” le llevó a pedir consejo pastoral y fue cuando “Esteban” decidió que ninguna esposa podía ser más que su marido, porque ello podría concluir en una separación.

Así las cosas en algunas confesiones religiosas donde la mujer todavía está conminada a vivir en tiempos bíblicos, mientras sus esposos interpretan del libro sagrado a su conveniencia para seguir imponiendo el “machismo sacro”.

PALABRA DE HONOR: Y siguiendo con el tema de mujeres, la dirigente nacional de MORENA, Yeidckol Polevnsky afirmó que en ese partido hay muchas “sabandijas infiltradas” que intentan sacar provecho, sobre todo en época de elecciones. Obvio, no dio nombres, lo cual le permitirá adjudicar el calificativo a discreción en lo sucesivo y decir “se los dije” con toda impunidad. Pitonisas hay muchas…

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