Luis M Cruz

1.

 Nadie quiere un buen pleito, pero tampoco un mal arreglo puede ser lo deseable. Es evidente que la dimensión de la relación bilateral con Estados Unidos es eminentemente política como también lo es asimétrica. Se trata de la mayor relación entre dos economías entrelazadas e interdependientes que hoy sufren un drástico reacomodo tras 25 años de integración profunda. Es el tremendo encuentro entre el oso y el puercoespín del que tanto hablara el exembajador Jeffrey Davidow.

2.

 Empero, así como en sus orígenes la gran zona de libre comercio de América del Norte surgió de la visión geoestratégica para construirla, ahora sufre los embates del proteccionismo y nacionalismo rampante de quien pareciera desear disminuirla. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos impulsó el desarrollo económico por igual de sus aliados y de los vencidos, en beneficio del arraigo de la democracia y el aprecio por las libertades en el mundo contemporáneo, habiendo enfrentado primero al totalitarismo fascista y después a otros totalitarismos dictatoriales. De alguna manera, la exportación de democracia, desarrollo y libertades tuvo éxito y generó el mundo global, abierto, interdependiente en el que hoy vivimos, si bien el propio éxito trajo aparejados los nuevos desafíos; ante el crecimiento de la población mundial, ante las nuevas y más amplias expectativas de vida y ante los anhelos de desarrollo humano que las libertades generan, la pobreza y la desigualdad de muchos confrontan la acumulación y el disfrute de la riqueza de minorías privilegiadas. 

3.

 En este sentido, Donald Trump ha dicho que sólo representa a su país y en éste, a un pequeño segmento de sus electores, quienes no comparten precisamente esa visión de las “fronteras abiertas”  y el liderazgo del mundo prevaleciente en los 70 años anteriores. Se trata de un segmento nacionalista, que piensa en suma cero, que cree que el desarrollo de los demás ha significado la reducción de ingresos, empleos y empresas propias. Es, en todo caso, una visión de corto alcance nutrida en la perspectiva de un país fuerte, la primera economía del mundo, para pasar por encima de las normas y regulaciones del sistema internacional simplemente porque es el más fuerte y nadie osaría enfrentarle. 

4.

 La amenaza de imponer aranceles a nuestro país y obligarle a detener el flujo migratorio carece de razones de derecho, éticas o morales. Se sabe que en el mundo la migración obedece sobre todo a la atracción que ejercen los polos con mejor nivel de vida. Además, es sabido también que, si se quiere detener el flujo de migrantes, lo que procede es ir a las causas y promover el desarrollo y las fuentes de empleo en donde se carece de ellos. Ningún muro o fortaleza ha servido históricamente para detener los flujos migratorios, desde la Gran Muralla China hasta nuestros días, y sí, en cambio, como ya lo probó el Plan Marshall, es el desarrollo lo que genera la prevalecencia a las naciones. 

5.

 Al poner en tensión la relación bilateral cuando está por ratificarse un acuerdo comercial trilateral que ya le es ventajoso, son evidentes las razones políticas del presidente Trump por hacer de la seguridad en la frontera sur un tema de su reelección, en el marco del concepto expoliador del “comercio justo”, base de la guerra comercial con China y ariete contra el G-20 en la próxima reunión de Osaka, Japón, a fines del mes. De poco sirve explicar que el enorme déficit comercial de su país se debe al gran consumo interno, la baja propensión al ahorro y la menor productividad manufacturera. Siendo el eslabón más débil, México está obligado a la prudencia, buscar aliados internos e insistir en la propuesta del presidente López Obrador para un Plan Mar
shall en Centroamérica antes que aceptar convertirse en un país amortiguador.

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