Luis M Cruz

1.

Dados los números que trae el presidente Donald Trump, se ha lanzado de lleno a la búsqueda de la reelección. Tiene a su favor que a casi tres años de constante roce político, investigaciones por colusión, por obstrucción de la justicia o por conducta sexual inapropiada, el respaldo de su base electoral no se ha minado y la economía registra uno de los momentos de mejor desempeño en una década. 

Según la encuesta The Harris Poll de la Universidad de Harvard, Trump cuenta con un 48% de aprobación en su gestión, 51% de los electores percibe un buen camino para la economía y un asombroso 71% la considera hoy más fuerte que nunca. 

Ciertamente, Trump no es monedita de oro y no le cae bien a todos, pero en los registros históricos recientes, sólo Carter y George W. Bush Jr. perdieron su reelección precisamente por el mal desempeño de la economía. Quién no recuerda aquel célebre It’s the economy, stupid con el que Bill Clinton selló la suerte de George Bush padre, subrayando que lo que más importa a un elector estadounidense es la situación de su bolsillo, no como esté el resto del mundo. 

2.

 Trump habrá de enfrentar a un Partido Demócrata que aún no alcanza a nuclear el malestar generado por el temperamento impredecible de quien maneja hechos y realidades alternativas con singular habilidad. Precisamente, la corrección política con la que suelen moverse los aspirantes demócratas es un factor que les resta flexibilidad para capitalizar lo que en otros tiempos fueron errores monumentales de presidentes en funciones; en el tiempo de Nixon, el espionaje a adversarios en Watergate le obligó a dimitir; en tanto que a Trump ni la colusión rusa, que tiene en la cárcel a cercanos colaboradores y a una espía de esa nacionalidad, ni las maniobras que podrían tipificarse de obstrucción de la justicia al despedir al director del FBI, alejar a su abogado personal, Michael Cohen, y presionar  a muchos otros hasta la dimisión en el gabinete, le han significado siquiera la merma de sus posibilidades en la reelección. 

3.

 La que viene no será una contienda sobre bases ideológicas en las que estuvieran en juego los valores o la idiosincrasia de los estadounidenses. La cuestión será más pragmática en un entorno en el que la economía crece al límite de su potencial, donde Estados Unidos le impone al mundo reglas ajenas al libre comercio, actuando de manera proteccionista y poco responsable en los temas globales del cambio climático, la migración, el narcotráfico o el combate al terrorismo. En todo ellos se ha impuesto la visión corta del interés nacional primero, en el que socios, aliados y adversarios han sido afectados por el letal unilateralismo. 

4.

 A Trump habrá de enfrentarlo quien entre del equipo demócrata y logre cohesionar el centro progresista, ya sea Joe Biden, claramente identificado con el legado de Obama; Bernie Sanders, proclive al pensamiento social; combinando fuerzas quizás con las senadoras Elizabeth Warren de Massachusetts o Kamala Harris de California, lo que aseguraría la perspectiva de género indispensable en una campaña política moderna. Lo que no se ve claro es cómo la expectativa de una mejor sociedad y la responsabilidad en el mundo podrán ganarle la batalla a los golpes de tuit de quien crea los problemas, envuelve a sus adversarios, califica y descalifica y después se beneficia de golpear primero. 

5.

 Pronto se le verá actuar en la reunión del G20 en Osaka, Japón, para centrar la atención en las guerras por venir, la comercial con China y la militar con Irán, pues ambas le vienen bien en la perspectiva electoral. Ganó puntos en el acuerdo comercial con México y Canadá; amenaza con aranceles a nuestro país si no alineamos la política migratoria y habrá de proclamar en Osaka la visión de que lo que es bueno para Estados Unidos tendrá que serlo para los demás… o pagar por ello. 

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