Mauricio Gonzalez Lara

El delirio comienza desde la apertura. Una mujer camina por los pasillos del aeropuerto de Friburgo, Alemania. Los colores del inmueble distan de ser los tonos apagados y neutros que normalmente asociamos con una instalación portuaria. La pantalla muestra rojos, amarillos, verdes. Una vez cruzada la puerta de salida, la protagonista es recibida por la noche, la lluvia y el viento; el espectador, por su parte, es golpeado por un factor adicional: la diabólicamente divertida banda sonora de Goblin, una mixtura de sintetizadores, cuerdas y elementos barrocos. El efecto acumulado es superior a la suma de los elementos. Apenas llevamos 45 segundos y el conejo blanco ya ha caído en la madriguera. Hablamos, desde luego, del inicio de Suspiria, cinta dirigida en 1977 por Dario Argento que cuenta la historia de Suzy Bannion (Jessica Harper), una estudiante estadounidense de ballet cuyo arribo a una prestigiosa academia de danza en Alemania coincide con una serie de brutales asesinatos. La escuela, en realidad, funciona como fachada para esconder a un grupo de brujas que se alimentan de la energía de las estudiantes, a quienes sacrifican para conservar su inmortalidad.

En los setenta, Argento era considerado como uno de los exponentes más visibles del giallo (amarillo), un subgénero que referencia la tonalidad de las portadas de algunas novelas policíacas italianas y cuya característica primordial era el uso de colores chillantes en secuencias meticulosamente coreografiadas que derivaban en asesinatos y sangre. En el giallo, la historia -una amalgama de tropos propios del thriller psicológico-  funcionaba como un pretexto para desplegar estilo sexo y morbo en pantalla. Sin ser propiamente giallo, Suspiria, conocida en México como Alarido, consolidó a Argento como un director capaz de sublimar esas obsesiones iniciales para confeccionar un cuento de horror gótico pop cuya estética condensaba la paleta cromática de cintas animadas como Blanca Nieves y los Siete Enanos con ambientes propios del expresionismo alemán y las cintas de Jacques Tourneur.

A poco más de 40 años de distancia se estrena en salas mexicanas Suspiria: El Maligno, remake realizado por Luca Guadagnino, cineasta responsable de la multicelebrada Call Me By Your Name. Si bien la anécdota es relativamente similar, la nueva Suspiria, protagonizada con solvencia por Dakota Johnson y una fantástica Tilda Swinton, es un monstruo radicalmente distinto a la obra de Argento. Lejos de la paleta cromática primaria de la original, el filme de Guadagnino inicia con colores oscuros y grises que le inyectan una sobriedad más a tono con una serie de subtextos que desdobla a lo largo de seis episodios y un epílogo: el nazismo, la discusión feminista actual, los peligros del pensamiento radical, el encono intergeneracional y un largo etcétera. La Suspiria original dura hora y media, la de Guadagnino casi tres; la música de la versión de 1977 era de Goblin, un grupo cuya grandeza consistía en su voluntad de rayar el ridículo; la música de este remake es de Thom Yorke, el solemne rey de la depresión urbana posmoderna. La nueva Suspiria, sin embargo, no está exenta de locura. Si bien por momentos se siente demasiado trabajada, la cinta desemboca en un aquelarre que no sólo la sublima estéticamente, sino que la carga de emotividad e inteligencia; 30 minutos intoxicantes que confirman a Guadagnino como uno de los directores más subversivos de años recientes. “Hay una cosa que el arte no puede volver a ser: alegre y hermoso”, expresa Madame Blanc (Swinton) en algún momento de la película. Como lo demuestra el trance del sexto episodio de Suspiria, nada podría estar más lejos de la verdad. Afortunadamente, hay magia negra para rato.

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