Mauricio Gonzalez Lara

En 2002, Daniela Rossell, fotógrafa mexicana, publicó Ricas y famosas, coffee table book donde retrataba a varias socialités en su hábitat natural; es decir, en mansiones y edificios caracterizados por la extravagancia, el despilfarro y la ostentación. En una reseña publicada ese mismo año en Letras Libres, Carlos Monsiváis se mostraba sorprendido frente al espectáculo de lo grotesco: “A los ojos de una fotógrafa obsesiva, los ricos no sólo tienen más dinero, disponen también de la posibilidad, por lo común muy bien aprovechada, de cometer delitos visuales, y de convertir sus figuras y residencias en argumentos irrefutables a favor de las virtudes estéticas de la austeridad de la que tanto rehúyen”.

Lo único peor que ser pobre, queda claro, es lucir pobre. Los escenarios kitsch que habitan los ricos y famosos constituyen un paraíso para el fotógrafo curioso, sobre todo para aquel que quiere reflexionar sobre excesos y vacíos postmodernos mediante el retrato de la ambición descarnada. El flashback viene a colación debido a que el libro de Rossell estaba fuertemente influenciado por el trabajo de Lauren Greenfield, fotógrafa que por varias décadas se ha enfocado a retratar el absurdo del exceso consumista en libros como Thin y Fast Forward: Growing Up in the Shadow of Hollywood. Hace unos años, Greenfield realizó una recopilación de tres décadas de trabajo bajo el título de Generation Wealth (Generación Riqueza), libro con centenares de fotografías que retrataban los aspectos demenciales de la riqueza. El libro dio paso a la realización de un documental estrenado el año pasado bajo el mismo nombre y ahora disponible en la plataforma Amazon Prime.   

Las preguntas que formula la cinta son contundentes: ¿Por qué estamos obsesionados con la riqueza?, ¿qué entendemos hoy por el sueño americano?, ¿cómo ha cambiado?, ¿cómo lo ha adoptado la globalización?, ¿qué implica todo esto en un nivel íntimo y personal? Para responder a estas interrogantes, Greenfield reconecta con varios personajes a los que ha retratado a lo largo de su carrera: Florian Homm, un millonario administrador de fondos que cae en desgracia tras la crisis de 2008; Eden Wood, una niña que gana un concurso de belleza disfrazándose de manera sexualizada como una showgirl de Las Vegas; Kacey Jordan, una estrella porno devenida en examante de Charlie Sheen; un drogadicto cuarentón aún traumado por ser hijo de uno de los miembros de la banda de rock REO Speedwagon; una madre de familia que se somete a múltiples cirugías plásticas para recobrar la autoestima;  múltiples exestrellas del rap y una CEO obsesionada con tener un hijo. El personaje más importante, sin embargo, es ella misma, Lauren Greenfield, quien termina cuestionando la sanidad de sacrificar su vida personal a cambio de nutrir la obsesión por retratar tanta frivolidad.

Si bien puede ser que el sueño americano haya consistido alguna vez en la búsqueda de un hogar ganado a través del trabajo duro y honesto, Generation Wealth establece que ese ideal ha quedado reducido al deseo desbocado de la acumulación sin fin. La degradación también cuenta con una expresión estética: el viaje de mendigo a millonario ha sido desplazado por la transformación del cuerpo a través de un sinfín de cirugías quirúrgicas y procedimientos cosméticos. El capitalismo, nos dice Don DeLillo en Cosmópolis, posee un brillo especial; crea una estética de vehículos, luces y pantallas que es imposible odiar. El dinero es tiempo, ocio, irresponsabilidad. Es fantástico. Todo, claro, hasta que el hámster descubre que corre sobre una rueda hecha de oro y diamantes. El éxtasis del brillo y la velocidad es avasallante, pero el ratón intuye que jamás se moverá. Nada más decadente que la certeza de saber que nunca se va a llegar a ningún lado.

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