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Martes 21 de febrero, 2017 | 1:04 pm

Las virtudes de la oficina

Mauricio Gonzalez Lara | Domingo 8 de enero, 2017

PERDIDO EN EL SIGLO | La columna de Mauricio González Lara

El escenario es un reflejo del solipsismo que caracteriza a este siglo, donde cada individuo se enorgullece de vivir como si fuera una isla aislada del resto del planeta. Imagine que está en una fiesta y decide platicar con personas relativamente desconocidas, “amigos de amigos”. Para romper el hielo, habla de lo difícil que le resulta atravesar el tráfico para llegar a su trabajo, o sobre lo demandante que es dejar a los hijos en la escuela cuando hay que estar a las 9 de la mañana en una junta, o del extenuante tiempo que pasa en la oficina día tras día.

 

-¿Y tú cómo le haces?, pregunta usted con dudosa curiosidad.

 

–Yo trabajo desde mi casa- responde el interlocutor, no sin un dejo de ironía malintencionada orientada a hacerlo sentir como un triste burócrata.

 

Peor aún, el “amigo de su amigo” le empieza a contar que la naturaleza “creativa” y “freelance” de su trabajo lo salva de codearse con oficinistas grises que no le ayudan a generar ideas. “Sólo los “Godínez” trabajan en una oficina”, concluye.

 

“Trabajar desde casa” suena a sueño hecho realidad: horarios flexibles, tiempo para la vida personal y, sobre todo, la carencia del estrés inherente al trabajo de oficina (jefes exigentes, compañeros de trabajo antipáticos, espacios físicos reducidos, etcétera). Sin embargo, a menos de que usted sea un artista que necesite de reclusión total para materializar su obra, trabajar en casa todo el tiempo puede resultar una idea pésima si se desea crecer profesionalmente. La causa no radica en que promueva la indisciplina o esquemas laxos de supervisión –si bien algo podría argumentarse al respecto-, sino por una razón más sencilla: los “llaneros solitarios” no son personas que promuevan la creatividad; por el contrario, la innovación es un fenómeno que explota a través de la interactividad y de formas de convivencia social sólidas y constantes.

 

En el célebre ensayo Group Think: What does “Saturday Night Live” have in common with German philosophy, Malcolm Gladwell, autor de Blink: Inteligencia Intuitiva, reflexiona al respecto. Gladwell apunta que sólo tres grandes pensadores a lo largo de la historia han sido “llaneros solitarios”: Wang Chung, teórico del taoísmo metafísico que ayudó a definir el tenor religioso del primer siglo después de Cristo; Bassui Tokusho, importante místico zen del siglo XIV, e Ibn Khaldun, intelectual que marco la filosofía árabe de los siglos XIV y XV. Todos los demás han sido productos de la convivencia. Freud delineo los fundamentos del psicoanálisis, pero el génesis de esos fundamentos se da 1902, cuando Alfred Adler, Wilhem Shekel, Max Kahane y Rudolf Reitlwer se reunían a tomar café en la casa de Sigmund. Pisarro, Degas, Monet y Renoir asistían a las tertulias del Café Guerbois de la Rue des Batignolles. Jean Luc Godard no sería director de cine si no hubiera conocido a Francois Truffaut y Claude Chabrol –a la postre también directores- cuando escribía en la redacción de la revista Cahiers du cinema, en la década de los 50. Y la lista sigue: del existencialismo alemán a los comediantes del programa “Saturday Night Live”, la constante es evidente: para innovar se requiere de una retroalimentación inteligente y propositiva.

 

La validación, la intimidad y el brillo en los ojos de la otra parte cuando detecta algo original, son los elementos que le dicen a una persona si su idea es algo que valga la pena explorar. Una empresa es innovadora cuando construye “sociedades de admiración mutua” entre sus ejecutivos más inteligentes; cuando logra que sus elementos más valiosos interactúen con el mismo “timing creativo” que despliega un buen grupo de comediantes. Las ideas interesantes nacen de esa clase de interacción, y no de una persona que presume su aislamiento.