Ana Saldaña

Poco a poco, voy juntando lo necesario para poner mi ofrenda en casa. Unas flores de cempasúchil, las fotografías de mis seres queridos, el papel picado, las veladoras.  Siempre digo que, si por casualidad te topas con un altar en casa de algún conocido, es una oportunidad única para conocer más de la persona. Al mirar el altar con detenimiento, es posible deshilvanar una historia personal familiar del que lo elaboró. Es la ocasión ideal para aprender más sobre sus orígenes, pero sobre todo de tener una deliciosa conversación para compartir memorias y recordar los seres queridos que están cercanos a su corazón, tanto, que ameritaron ser incluidos en su altar.

En casa, el poner la ofrenda es la manera perfecta para honrar a los que se fueron, de recordarlos, pero también para que los pequeños conozcan, tal vez, por primera vez, esas historias familiares. Como en todo, hoy escuchamos de megaofrendas, desfiles, maquillaje de catrinas, que sea dicho cada vez es más complejo y competitivo. Pero en lo personal me pregunto ¿no será más importante regresar a las raíces de este festejo, volver a lo básico, lo fundamental?

No todo es visual. Existe una simbología importante en la celebración de muertos que es producto del sincretismo de las tradiciones prehispánicas y las católicas de nuestro país. Los altares, estructurados en niveles que en su forma más básica representan el cielo y la tierra, a veces se dividen en tres para incluir el limbo o hasta siete, si hablamos de los niveles para llegar al cielo conforme la tradición católica. La forma de estos mismos altares que siempre recurren a incluir un arco para que las almas puedan salir y regresar al paraíso, adornados de flores de cempasúchil para guiar a los muertos.

Todos los elementos tienen un significado: las fotos de los difuntos que los llaman, la sal que sirve para los niños no bautizados, los vasos con agua para que el difunto que viene del purgatorio se refresque y beba para que sus pecados se perdonen, las velas que simbolizan la luz en contra de la obscuridad de la muerte y para iluminar el camino de los muertos para que lleguen con bien. Además, no puede faltar la comida favorita de los difuntos servida en ollas de barro frente a su imagen, las flores de cempasúchil, con el naranja tan característico que representa el luto prehispánico, el terciopelo morado sinónimo de luto de la iglesia católica, el papel picado; las figuras de calaveras en barro o cartón, los copales con incienso para que las almas adultas se guíen por el olor, las calaveras de azúcar con el nombre de los difuntos para representarlos, un petate y los que fueron los objetos personales preferidos de los homenajeados. Montar el altar no es un tema de azar, sino de incluir cada uno de los elementos que cuentan esa historia familiar.

El celebrar el Día de Muertos es una de esas tradiciones que quisiera que nunca desaparezca. He tenido la fortuna de recorrer el país en estas fechas y no deja de sorprenderme lo diversa que puede resultar esta celebración. Cada región tiene sus propias maneras de festejar a los muertos. Pero sin lugar a duda, me queda claro que es una celebración en la cual, antes de ver hacía afuera, hay que ver hacia nuestro interior y festejar a los que se fueron, pero que están en nuestro corazón.

Espero que tengas un buen día, y recuerda; ¡hay que buscar el sabor de la vida!

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