Juan Antonio Le Clercq

La estrategia de comunicación social ha generado muchos beneficios a López Obrador, tanto en la campaña presidencial como en su primer año de gobierno. Las encuestas señalan que la popularidad presidencial se mantiene por encima de lo alcanzado por otros mandatarios en el pasado. Podemos decir que existe un “efecto halo” o que la simpatía social que genera su figura o la valoración positiva que reciben sus intenciones, impactan directamente en la forma en que los ciudadanos juzgan sus decisiones políticas.

Las mismas encuestas advierten que, si bien la aprobación del Presidente es positiva y que temas como el manejo de la migración centroamericana ha sido bien percibido, los ciudadanos comienzan a tener una opinión negativa, en algunos casos creciente, sobre los resultados de gobierno en rubros como seguridad, salud, política social o combate a la corrupción. De mantenerse esta tendencia estaríamos ante un caso en donde la popularidad del Presidente se separa de la evaluación de los resultados de gobierno. El “efecto halo“ funcionando.

Esto tendría que ser motivo de alarma para quienes definen la comunicación del gobierno. Si bien es posible que la popularidad presidencial apuntale la percepción de los logros del gobierno, lo más probable es que ocurra lo contrario: que la falta de resultados claros termine por derrumbar la credibilidad del Presidente. El “efecto halo” no puede ocultar indefinidamente los problemas de desempeño en la toma de decisiones.

La forma en que se comunica la toma de decisiones puede ser determinante para mantener la aprobación y credibilidad de los ciudadanos. Aunque si los resultados no dan, la comunicación social tampoco otorga. La comunicación social del gobierno parece orientarse sobre tres ejes: 1) sobrexposición de la figura presidencial; 2) narrativa centrada en la lógica de aliados-enemigos e identificar las críticas como reflejo de intenciones perversas de los adversarios, 3) recurrencia continua a temas laterales para distraer la discusión de pública de problemas graves o decisiones polémicas. ¿Puede una estrategia de comunicación anclada en estos criterios sostener la aprobación presidencial, al mismo tiempo que la percepción de los problemas públicos comienza a adquirir tonos negativos? Creo que no.

La sobreexposición ha permitido aprovechar el “efecto halo” y ha determinado la agenda mediática a través de las mañaneras, pero al mismo tiempo centra toda la responsabilidad de los problemas en el Presidente. Si las cosas comienzan a verse mal a ojos de los ciudadanos, no habrá nada que contenga o evite que las críticas se disparen directamente hacia López Obrador.

La dinámica de aliados-enemigos responsabiliza de la gravedad de los problemas a decisiones del pasado, algo que en muchos sentidos es cierto. Sin embargo, conforme pasen los meses, se agraven los problemas y las decisiones no entreguen resultados de acuerdo con las expectativas creadas, señalar con el dedo a rivales y a los tiempos pasados difícilmente seguirá surtiendo efecto. No sólo de esperanza vive el hombre y, a final de cuentas, el gobierno es responsable de sus decisiones a partir de diciembre de 2018.

Finalmente, si bien jugar a la “caja china” puede desviar la atención de los problemas por un tiempo, estos siguen y seguirán ahí. El “efecto halo” ha protegido la popularidad presidencial de errores, ocurrencias o declaraciones polémicas, pero con el paso del tiempo y ante la agudización de problemas que afectan la vida cotidiana del ciudadano, al final puede generarse una percepción de incompetencia y frivolidad de la cual no sea posible recuperarse, tal como le ocurrió a Peña Nieto.

La pregunta central es si los estrategas presidenciales están dispuestos a superar el “efecto halo” y asumir la crítica para proteger la figura presidencial en el mediano plazo.

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