J. S Zolliker
Dedicado a la patria, médico militar de profesión, le ha tocado servir en todos los frentes

Huérfano de padre al poquito de nacer y de madre al entrar a la primaria. A su progenitor lo emboscaron. Estaba patrullando en el monte con algunos compañeros. Todos muertos. No se sabe ni por qué estaban ahí, ni qué estaban buscando o resguardando. Muerte inútil, pues. Y a su mamacita la atropelló un camión de ruta cuando bajó al pueblo para comprar cosas del mercado. Nunca vio el cuerpo de ninguno de ellos.

Después de pasar y escapar de varios orfanatos, que más parecen cárceles que centros de apoyo y educación, una prima lejana, del lado materno, lo acogió en casa. Estaba casada con un hombre de la sierra, muy inteligente y muy bravo que pasó de no tener ni huaraches a convertirse en militar. Fue primero soldado raso, luego de primera, después cabo y se retiró siendo sargento segundo.

Aquel hombre al que todos respetaban, le brindó educación, comida y techo de forma siempre desinteresada hasta que una tarde le dijo que ya era tiempo y que tendría que convertirse en algo que le diera de comer en adelante, quizá carpintero, plomero, maestro de obra… algo. 

Con respeto, le dijo, quería superarse. El otro, con esa simplicidad clara que siempre tuvo, le replicó: si quieres llegar a ser otra cosa está el ejército, donde tu padre y yo servimos. Tendrás educación, tendrás disciplina y el orgullo de pertenecer a la única institución de México –además de los bomberos– que la gente aún respeta, porque siempre cumplimos con hechos, nuestras palabras. No será un camino fácil. Habrás de padecerlo. Pero nada similar a servir a la patria.   

Así, se despidió con agradecimiento y se enlistó. Estudios junto con patrullas, junto con lluvia, lodo, moscos, dengue, esfuerzo, golpes, balazos; más estudios y sacrificios, más, más, más y ahora con orgullo pasó a su tío y se convirtió en sargento primero, subteniente, teniente, capitán segundo, capitán primero, mayor, teniente coronel y ayer, en el coronel Martínez. “Vas a llegar a general de División”, le dijo el viejo. 

Dedicado a la patria, médico militar de profesión, le ha tocado servir en todos los frentes: desde desastres naturales como inundaciones en Guerrero, hasta en campañas contra el crimen organizado en Michoacán. Pero ahora algo ha cambiado. Cuando antes los recibían con vítores y les daban de comer y les aplaudían, ahora no los respetan en ningún lado. De ser la institución más admirada, hoy, en los pueblos, los atacan a pedradas y no pueden ni defenderse. Le instrucción de su máximo jefe de no defenderse y no hacer nada es igual o peor que dejarse orinar por perros. Y está harto. Todos lo están.

¿Inteligencia militar? Se acabó. Orgullo militar, ¿aún existe? Su propia consulta está destrozada. No tiene ni medicamentos para la tropa. Eso nunca había sucedido. Pero hoy está suspendido por reportar falta de suministros para atender a sus compañeros, a sus hermanos de armas. Esto es intolerable. Sólo tienen paracetamol y antibiótico. No hay para tratar a nadie de los demás, incluidos padecimientos crónicos como diabetes e hipertensión. No lo soporta. No más. Muchos han regado su sangre para que ahora los quieran dividir en algo que no sirva más que a una estrategia de cambio social, que no funcionará. Instituciones destrozadas es lo que necesitan. Y el coronel no piensa jugar ese juego y se declarará en resistencia. No importa cuando leas esto.  

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