Rebeca Pal

Que tire la piedra quien no se haya enamorado, alguna vez, de forma descontrolada y obsesiva. Creemos que el amor apasionado y descontrolado, que nos muestra Hollywood, es el bueno, pero es todo lo contrario. Enamorarse de forma desenfrenada, sentir que no se puede vivir sin el otro, idealizarlo y magnificarlo no es sano para nadie. De hecho es un síndrome que lleva el nombre de Anna Karenina, personaje de Tolstoi, que padeció las consecuencias de un amor intenso. Obsesionarse por recibir el “amor” del ser querido, nos hace sentirnos dependientes e incompletos, nos hace creer que el vacío que tenemos sólo puede llenarlo la otra persona, como lo que le sucedió a Anna Karenina, quien se enamora de un militar llamado Vronsky y por él dejó a su marido, la posición social, su hijo y hasta su propia vida.

El síndrome de Anna Karenina está relacionado con un patrón afectivo obsesivo caracterizado por una dependencia absoluta de la figura amada. Las personas que se ven afectadas por este síndrome, son capaces de arremeter contra la propia vida. Un ejemplo de esto es el caso de la Sirenita de Disney. Ariel deja de ser sirena, abandona su hogar y su familia y pierde la voz con tal de estar al lado del príncipe Eric, que no conoce, pero ha idealizado. También tenemos el ejemplo de Romeo y Julieta, que para ellos la vida no valía la pena si no podían amarse.

Amar de forma obsesionada es, por mucho, la peor forma de amar. De hecho no es amor, es una enfermedad y muy perjudicial. Quien lo padece vive en agonía y en una angustia constante. No asume el rol que le corresponde y se refugia en el pensamiento “sin ti no puedo”, “sin ti soy nada”, “sin ti no respiro o no puedo vivir”.

Las consecuencias son una pérdida de autocontrol, autoestima, integridad, dignidad y de equilibrio emocional. Por eso es importante tener en claro los siguientes puntos:

  1. No enfocarse en la cantidad de amor, sino en la calidad que se da o se recibe. Aunque no sea la que nos guste, hay que respetar la forma de querer que cada persona tiene.
  2. Hacernos conscientes de que la felicidad es un cúmulo de decisiones personales, y ser felices depende sólo de nosotros, de nadie más. Si a alguien le diste ese poder, recupéralo. Sólo a ti te corresponde tenerlo, es tu responsabilidad.
  3. Un compañero es sólo eso, un compañero de vida. No es nuestro salvador ni la persona encargada de rescatarnos de todos los males, emocionales y físicos, que nos puedan suceder.
  4. No fijarse exclusivamente en la relación de pareja, fomentar y mantener otras relaciones (amistades y familia).
  5. Libertad. Amar, sinceramente, es respetar la libertad y el espacio de la otra persona y el propio. Todos tenemos derecho a que nuestra individualidad sea respetada, al igual que nuestra libertad. Dos se juntan, pero no se mezclan.
  6. Amar de forma consciente y no ciegamente. Nunca ponernos en un segundo plano y siempre tomar medidas cuando el comportamiento de la otra persona nos lastime.

Obsesionarnos por recibir la atención de alguien, sólo nos hace cometer acciones que terminan alejando a esa persona. ¿De qué sirve aferrarse a una pared llena de espinas? No nos condenemos por querer a quien no puede querernos y, sobre todo, nunca amemos desde el vacío.

“El amor es deseo, y el deseo es falta” Sócrates.

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