Oscar Moha

Han aparecido recientemente reportajes en varios medios que dan cuenta del “poder político” que han adquirido las Iglesias Evangélicas en América Latina, quienes han llevado al poder a varios mandatarios y derrocado a otros. Periodistas y analistas incluyen a México en este “tsunami protestante”, pero aquí los Ministros de Culto, sus Iglesia e intereses, se cuecen aparte. Y es que la visión y compromiso social de los actores religiosos están en función del bien común en las otras naciones. Realidad muy distinta a la que perciben los líderes denominacionales mexicanos, que apuntan más a su bienestar económico personal, donde no caben ni siquiera los amigos o colaboradores.

En nuestro país hay factores que influyen en la perspectiva pastoral, situación distinta a la que viven naciones como Bolivia, Guatemala, El Salvador, Panamá o Brasil donde no existen restricciones legales para que las Iglesias puedan relacionarse políticamente con los partidos o con los hombres del poder, manejar y poseer medios de comunicación y gozar en ocasiones de un apoyo económico gubernamental destinado a tareas asistenciales. Pero los principales motivos son, y seguirán siendo: la indolencia de los Ministros de Culto ante la corrupción e impunidad; la escasa educación secular y los intereses personales de la denominación y de cada pastor y líder de las Asociaciones Religiosas no católicas.

Lejos están los Ministros de conseguir unificarse para crear una real fuerza política, sus intereses están en función de las ganancias económicas que les ofrezcan, y no en el bienestar de una comunidad. La corrupción ha llegado a todos los niveles, incluyendo el espiritual. En otras palabras, el protestantismo actual ambiciona llegar al nivel fáctico que tuvieron el cardenal Norberto Rivera, o el obispo Onésimo Cepeda, por decir lo menos. Este asunto puede ser peligroso porque esos espacios están vacantes y algunos pastores codician la posibilidad de ser llamados para amafiarse con el gobierno en turno y, en un “trueque santificado”, cambiar votos por curules.

Aunque en nuestro país la agenda de la negatividad pareciera ser la misma para todas las Iglesias Evangélicas: no a la despenalización del aborto, no al uso legal de la mariguana con fines recreativos, no a la eutanasia, no al matrimonio igualitario, no a la sanción de terapias de reconversión, en realidad en el gremio pastoral existe una doble posición, ya que en la práctica hay líderes y laicos homosexuales, también los que consumen drogas, y los que llevan una doble vida. Por ende, de manera institucional se pronuncian en contra de todo lo que no pueden ocultar en sus vidas personales. Son todavía una minoría, comparado con la Iglesia mayoritaria en el país, pero el porcentaje avanza, sobre todo en las grandes ciudades donde es más fácil pasar desapercibido.

En otras naciones, la separación entre el Gobierno y las confesiones religiosas no es tan estricta, lo que ha generado fenómenos como en Guatemala, donde pastores de las llamadas “megaiglesias” están siendo investigados por sus presuntos vínculos con narcotraficantes, ya que la ley les permite manejar estaciones de radio y televisión, como en Estados Unidos, desde donde han hecho grandes fortunas que se acrecientan y confunden con el dinero lavado por la delincuencia organizada, desde donde pueden fácilmente “blanquear” ofrendas y donativos.

En Uruguay, Venezuela, Brasil y otras naciones, los candidatos a ocupar puestos como legisladores e incluso la Presidencia han sido Ministros de Culto evangélicos con el apoyo no sólo de militantes de estas congregaciones, sino de ciudadanos que no precisamente tienen una preferencia espiritual definida. Aquí, algunas corrientes evangélicas han llegado a cultivar un vínculo con el poder terrenal, pero sin más resultado que un beneficio personal, familiar y/o de grupo, como en el caso del dirigente de la Confraternidad Nacional de Iglesias (unas 100) Cristianas Evangélicas, Arturo Farela Gutiérrez.

En el sexenio de Felipe Calderón, el matrimonio formado por Alejandro y Rosa María (Rosi) Orozco fueron los designados para acarrear el voto y la posterior simpatía del pueblo evangélico hacia los residentes en Los Pinos que sólo duró un sexenio. Con Enrique Peña Nieto, el líder del Partido Encuentro Social, Hugo Eric Flores, no logró penetrar la dura coraza católica de la que siempre estuvo rodeado el mexiquense, pero logró formar ese “partido evangélico” que le permitió engañar a una parte de ciudadanos para hacerse pasar como el “enlace” entre Andrés Manuel López Obrador y los evangélicos. Hoy los tres: Farela, Orozco y Hugo están distanciados. Se acusan mutuamente de corrupción y deshonestidad… y con mucha razón. Nadie los puede desmentir. Son el claro ejemplo de lo que otros líderes evangélicos no deben hacer, no al menos para “vender” un voto corporativo (que no existe) y beneficiarse exclusivamente en lo familiar.

A título individual, sólo hay dos Asociaciones Religiosas que han sabido explotar su membresía en el ambiente político en América Latina: la Iglesia Universal del Reino de Dios (en Brasil) y La Luz del Mundo (en México). Ambas han pagado también el costo de incursionar en la cancha partidista: sus dirigentes están acusados de varios delitos, aunque han ganado espacios de poder terrenal importantes en sus naciones. De ahí, los conglomerados pastorales y las consideradas “Iglesias Representativas” en México, aunque numerosas, no llegan todavía al interés de algún conglomerado político para ofrecerles seriamente cargos de representatividad a nivel nacional.

PALABRA DE HONOR: La fe también es rentable. Dice la Cámara de Comercio de la Ciudad de México que la visita de más de 7 millones de peregrinos que visitan esta capital durante los festejos guadalupanos dejan una derrama económica de al menos mil 500 millones de pesos. Lo que nunca se ha sabido con certeza es cuánto se recauda un 12 de diciembre por concepto de limosnas en el santuario del Tepeyac. Ellos tienen otros datos.

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