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Jorge Villalpando

PUERTO DE VERACRUZ. Para llegar al puerto de esta ciudad a pie uno sortea viejas calles que asemejan algunas zonas de La Habana vieja con sus edificios descuidados, sucios, olvidados, abandonados. Pero una vez que uno llega a la inmensa plancha de concreto -remozada hace poco tiempo- que desemboca al mítico puerto, la mirada se estrella contra el viejo Fuerte de San Juan de Ulúa, vigilante por más de cuatro siglos del puerto comercial más importante de México.

A lo lejos se escucha una marimba que repica dentro de la zona de restaurantes que operan frente al puerto, algunas personas bailan y la bulla se mezcla con estruendosas carcajadas. El intenso olor a café y a mar inunda la zona mientras el Sol comienza a caer, lo que propicia una atmósfera de tranquilidad y paz en esta ciudad (y en este estado) agobiado por la delincuencia, los asesinatos, las desapariciones, la impunidad y harta de enterarse cómo su exgobernador Javier Duarte saqueó las arcas públicas.

Al atardecer, el puerto es un lugar único. El intenso calor disminuye un poco con la ligera brisa que llega del mar y que aplaca esa abrumadora caliente sensación térmica. La gente sale a caminar, a convivir, a vivir su ciudad. Las parejas caminan abrazadas o de la mano, solas o con su familia. Los amigos se reúnen y algún atrevido se refresca tirándose un clavado al mar. La chamacada corre con sus globos inflados y los papás los observan sonriendo; algunos salen con sus cañas de pescar y otros platican con su soledad.

Ahora se olvidan de todo.

Mañana volverán las crueles noticias de miseria, de crímenes, de huelgas de hambre, de políticos corruptos. Quizá mañana aparezca una nueva fosa clandestina. Pero ahora nada los turba. Veracruz es hermoso a pesar de todo.Veracruz es más que Javier Duarte.

Mientras tanto, ellos disfrutan su puerto jarocho.

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