Simón Vargas

No hay jóvenes malos, sino jóvenes mal orientados. San Juan Bosco

Diversos teóricos han coincidido en que la juventud es la época con mayor intensidad, por ejemplo, el psicoanálisis plantea este periodo como una fase de cambio denominada “el segundo nacimiento”, la sociología y la antropología lo entienden más como un concepto correlacional, pero en diversos ámbitos es, y sin duda, continuará siendo motivo de estudio, porque si bien es cierto que la etapa en sí es complicada, definirla implica analizar factores como la edad, la forma de pensar, el desarrollo físico, la capacidad económica o los contextos sociales e históricos, incluso el renombrado sociólogo francés Pierre Bourdieu afirma que ésta no es más que una construcción social y que los jóvenes serían mejor definidos como aquellos que se revelan y luchan por el poder con los mayores, es decir, es solo una analogía de dominio entre generaciones.

Lo que es cierto es que en un mundo disruptivo, donde los cambios no sólo son constantes, si no quizá, lo único permanente; es cada vez más necesario centrar la vista en ese segmento poblacional, porque hoy los jóvenes son quienes más presencia tienen en diversas de las áreas de la vida cotidiana, quienes han revolucionado la manera de pensar y la forma en cómo concebimos al mundo, pero también quienes más retos enfrentan.

Los desafíos son grandes, y desafortunadamente a raíz de la pandemia que continuamos enfrentando, probablemente se intensifiquen; éstos van desde circunstancias económicas, políticas, tecnológicas, de acceso a la salud y laborales, hasta sociales, psicológicas y de derechos reproductivos o sexuales; tan sólo de acuerdo al estudio “Perspectivas económicas de América Latina 2017: Juventud, Competencias y Emprendimiento” publicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) al menos el 40% de los jóvenes de 15 a 29 años no se encuentra trabajando o laborando en el sector formal, lo que a su vez da pie a un tema aún más complicado y digno de un estudio profundo en muchos países incluido México: el retiro o la jubilación.

Y es que en datos de la encuesta “Ahorro y Futuro: ¿Cómo viven los jóvenes el retiro?” presentada por la Asociación Mexicana de Administradoras de Fondos para el Retiro (AMAFORE) 6 de cada 10 hombres y 7 de cada 10 mujeres menores de 40 años piensan que sus hijos o familiares los mantendrán en la vejez, el asunto no es sencillo ya que en términos generales quienes comenzaron a laborar después del 1° de julio de 1997, es decir hasta el momento todos aquellos menores de 30 años, no tienen derecho a jubilación, por lo que es necesario que hagan aportaciones voluntarias para aumentar el saldo en el Fondo para el Retiro, sin embargo, la pregunta regresa con fuerza como un bumerán: ¿Cómo hacerlo si no existen las oportunidades para conseguir un empleo formal o incluso un contrato legal? Al parecer nos encontramos frente a un impasse.

Por otro lado, los jóvenes deben enfrentarse a un cambio acelerado en la percepción y los modelos de educación lo que repercute directamente en el campo profesional y el acceso a la salud; ya que, si bien cada vez existen mayores índices de jóvenes con licenciatura o posgrado, a la par la automatización de procesos y la falta de una definición exacta de puestos en muchas empresas hace difícil el reclutamiento y la ubicación exacta de espacios.

A los factores antes mencionados hay que aunar el tema de la exclusión, como se mencionó al principio la juventud suele ser identificada como una etapa de transición, lo que hace compleja su aceptación y en muchos casos incluso llegar a la discriminación por diversas situaciones, como su condición social, su apariencia física o bien su lugar de procedencia o condición económica, lo que hace que algunas instituciones los perciban como amenazas al ambiente organizacional limitando así su ingreso o excluyéndolos de puestos y oportunidades.

Finalmente, habría que abordar el escenario político, es cierto que los jóvenes se encuentran cada vez más interesados por temas sociales y ecológicos, pero su principal reto radica en la transformación de la política tradicional y el fomento a la participación. Hasta el momento la mayor parte de los líderes mundiales cuentan con más de 60 años, y han diseñado las políticas públicas con base en su particular punto de vista que dista mucho de la percepción juvenil.

Los números nos dicen mucho, de acuerdo a proyecciones sobre la juventud de la Organización de las Naciones Unidas para este año habría en el mundo cerca de 1,800 millones de jóvenes de entre 10 y 24 años de edad, siendo la población juvenil más alta de la historia, es por ello que no debemos perder de vista que los retos son numerosos, además de complejos y sensibles; hay que centrarnos en un punto primordial: son justamente ellos quienes heredarán el futuro y hasta el momento poco se les ha permitido participar en él.

Esta conmemoración mundial debe motivarnos a replantear paradigmas, a dejar de lado la disputa generacional y a trabajar en coordinación, a establecer nuevas estrategias integrales, pero sobre todo, a evitar la exclusión porque esto es lo que más lacera y hiere a nuestra juventud.

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