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RÍO DE JANEIRO, Brasil. Los bares y restaurantes de Rio de Janeiro reabrieron el jueves sus puertas al público tras más de tres meses de paralización por la pandemia de coronavirus, en una paulatina «vuelta a la normalidad» considerada «prematura» por expertos. 

En esta nueva fase de reapertura económica, los bares, restaurantes y cafés de la «cidade maravilhosa» -que durante este tiempo operaron solo con entregas a domicilio- están autorizados a recibir clientes hasta un 50% de su capacidad, con una distancia de dos metros entre las mesas y prioridad para los espacios abiertos. 

También podrán funcionar gimnasios, salones de belleza y casas de tatuajes, con turno marcado para evitar aglomeraciones. 

El movimiento de empleados era intenso en casi todos los restaurantes cercanos a la playa de Copacabana, donde han regresado el olor a fritura y los anuncios de cerveza helada, caipirinha y agua de coco. 

Junto a la playa, las personas hacen ejercicio (una actividad autorizada desde la fase 1 de la reapertura, iniciada hace un mes), andan en bicicleta o pasean a sus perros.

«Estamos cumpliendo con todo lo que las autoridades y la ciencia determinan: distancia entre las mesas, alcohol en gel, lavado. Ahora estamos esperando que lleguen los clientes», explica a la AFP Carlos José Dos Santos, que administra tres chiringuitos en la célebre rambla.

Dos Santos logró mantenerse a flote porque pudo suspender el pago del alquiler. Pero teme que un rebrote de casos obligue a cerrar nuevamente los establecimientos.

«Los próximos meses son un signo de interrogación. Espero que no tengamos que volver atrás, como otros estados», señala.

El empresario Luis Felipe, de 37 años, también se muestra cauteloso: «No sabemos cómo será el movimiento [de clientes]. Con el regreso de los empleados volvemos a tener costos de salarios y manutención del local», afirma.

Tasa de contagio en aumento

Además de la reapertura de los comercios, las autoridades de Rio permitieron en las fases anteriores el regreso del campeonato local de fútbol. 

«No hay nada que celebrar, pero estamos en esta lucha desde marzo», dijo el miércoles el alcalde Marcelo Crivella. 

«La baja demanda de camas de cuidados intensivos y de enfermería y el número de muertos, que está estabilizado, nos muestran que tuvimos un pico tenebroso en mayo y que después caímos a los niveles actuales», añadió. 

Aunque la enfermedad está migrando hacia el interior -un fenómeno que se observa en todo Brasil- y la capital del estado de Rio tiene camas de hospital disponibles, especialistas advierten que la tasa de contagio todavía es alta y que flexibilizar las medidas de aislamiento social puede colocar el sistema de salud bajo presión nuevamente.  

Cuando se inició la reapertura, cada contagiado transmitía la enfermedad a una persona y hoy ya la transmite a 1.51, explica Roberto Medronho, director de la División de Investigación del Hospital Universitario Clementino Fraga Filho, de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ).

«Con la ampliación de la apertura [ese número] aumentará aún más, acarreando problemas de salud a nuestra población. La gente está yendo a trabajar amontonada en el transporte público», advierte Medronho, que considera la reapertura «precoz e inoportuna». 

Raide Machado, una habitante de Copacabana de 65 años, disfruta del paisaje tomando agua de coco.

«Hay que tener cautela, porque a partir del momento en que se generan aglomeraciones deja de ser divertido. Todos corren riesgo», admite Raide, con el rostro cubierto por una colorida máscara estampada con magdalenas.

La capital del estado de Rio, de 6.7 millones de habitantes, registró 68 nuevas muertes por coronavirus en las últimas 24 horas hasta el miércoles por la noche, un número que ha oscilado en las últimas semanas tras marcar un máximo el 3 de junio (227 muertes en un mismo día).

El estado de Rio de Janeiro, el segundo más golpeado por la pandemia después de Sao Paulo, superó los 10,000 muertos (6.618 de ellos en el municipio de Rio) y acumula más de 115,000 contagios. 

En todo Brasil ya se registraron más de 60,600 muertes y 1,44 millones de casos de Covid-19, aunque los especialistas estiman que el número real de contagios puede ser hasta diez veces mayor debido a la escasez de test diagnósticos. 

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