Antonio Cuéllar

A pesar de los graves resultados que arroja la ignorancia y los errores a los que conduce la impericia en el manejo de las muchas crisis que enfrenta el país, y de la descomposición que deriva de la comprobación fehaciente de los grados de corrupción e inmoralidad que siguen corroyendo a la clase política mexicana, hoy, el resultado de las elecciones que tendrán lugar en el 2021 es incierto; podría tener mucho más que ver con las vísceras y el sentimiento, que con la razón.

Aparentemente, ningún video mina con suficiente fuerza la popularidad del Ejecutivo. Aludiendo a los atrevimientos de otro político contemporáneo en campaña, podríamos afirmar que nuestro Presidente aún goza de la fortuna de poder salir a la Avenida Paseo de la Reforma y disparar una pistola contra sus seguidores, y no perdería uno solo de sus votos.

Obedece a que un número importante de votantes todavía lo sigue por devoción, más que por convencimiento. El grave fraccionamiento que sufre nuestra sociedad es más parecido al que se vive un domingo en el Azteca, en un enfrentamiento entre el América y el Cruz Azul, que la división que sufrieron los británicos una vez que debieron asumir las consecuencias de haberse abstenido de votar en el referéndum que decidió su salida de la Unión Europea.  Ante la aprobación inminente de un número importante de nuevos partidos políticos, la predicción de una elección segmentada que democratice de mejor forma la vida política nacional, se aleja en el horizonte.

Los análisis y preparaciones que se realicen sobre el contenido de las campañas, o sobre los programas que deberán impulsarse para cambiar el estado actual de cosas, deben de tomar en cuenta este raro fenómeno y las causas muy arraigadas que lo provocan. La debilidad de Morena no radica en la incapacidad del Presidente para cumplir sus promesas de crecimiento y empleo, sino en la astucia que se tenga para demostrar que son más de lo mismo.  Morena pierde por la altanería, la banalidad y la inmoralidad de una pluralidad importante de sus miembros, tan “corruptos” y pretenciosos como los peores a los que ellos mismos critican.

Somos parte de un mosaico terriblemente complejo, en el que están realmente representados muchos y muy diversos países. México son tantas Naciones como razas, lenguas, tradiciones, cultura y posibilidades existen en su territorio. Pertenecemos a ese país en el que todos nos sentimos muy orgullosos de ser hermanos solidarios, ante la adversidad y cuando los fenómenos de la naturaleza provocan una emergencia, y en el que al mismo tiempo nos discriminamos unos a otros llamándonos indios. El color de la piel y los rasgos físicos generan un entramado social plagado de castas, en el que se privilegian unos cuantos y se desguarece de oportunidades a la gran mayoría

Andrés Manuel ha sabido entender la fortaleza de ese sentimiento que acongoja a millones de mexicanos.  Comprende el dolor que enfrenta un enorme segmento de nuestra población que, sin importar la dimensión de su esfuerzo y sacrificio, están condenados a ser boleros, cocineros o barrenderos desde su nacimiento. Habla sobre la frustración que experimentan esos mismos obreros al observar que, aún orgullosos de haber logrado la educación media para sus hijos, su futuro se limitará a las angustias que les ofrezca un salario inestable como cargadores, taqueros o ambulantes. El cambio es virtualmente imposible. Hay un México que ha permanecido ahogado en el abandono, el México al que los tratados internacionales de comercio, las estadísticas de crecimiento y los discursos de desarrollo le dan exactamente lo mismo. Es el vasto país que, hoy, decide las elecciones; el vasto país que, al ver disminuir la riqueza de los que siempre han sido más beneficiados, entiende que su Presidente ha cumplido su palabra.

No existe proyecto alternativo que pueda planearse para vencer a Morena, si tiene como propósito enrielarse en el mismo discurso y trayecto que ha sido construido a lo largo de los últimos lustros.  México va a cambiar cuando esa herida, la más profunda, llegue a sanar. La división que provoca nuestro sistema de estratificación social constituye el principal alimento electoral del partido en el poder.

El problema que enfrentamos todos, los de arriba y los de abajo, los de derecha o los de izquierda, es que el camino elegido por el Presidente para transformar a México, para erradicar dicho vicio, no conduce a ningún sitio. La extinción del régimen liberal no conlleva a la supresión de nuestra desigualdad; al revés, la agrava.  La terminación del estado de estratificación social y la falta de movilidad, no se interrumpe con la llegada de nuevos grupos de privilegio, como lo está llevando a cabo.

Andrés Manuel López Obrador ha traicionado sus propios ideales.  Los videos publicados la semana pasada no son solamente una prueba de la existencia de corrupción en su gobierno, sino la demostración más pura de que el contenido de su retórica solidaria y empática con los más pobres, es falso.  La clase política que hoy gobierna a México conoce e identifica bien el dolor que más profundo cala en el orgullo y dignidad de nuestro pueblo, pero no tiene ninguna intención de alivianar la carga.  Morena ha empleado un discurso populista con el único propósito de hacerse del poder, para sustituirse en los privilegios de aquellos que a lo largo de muchas décadas ha envidiado.

No existe partido de oposición alguno con calidad moral, con liderazgo, con organización y capacidad suficiente para derrotar individualmente al fenómeno que se llama AMLO.  La reconstrucción de nuestro país tiene que nacer en la sociedad civil, con motivo de un pacto social de solidaridad, en el que se reconozca la indudable necesidad de cambiar nuestro estilo de vida en sociedad.  Mientras los mexicanos no seamos incluyentes y la discriminación se logre erradicar, para permitir un grado mínimo de movilidad que dignifique la vida de los más abandonados, el resultado de las votaciones se aprovechará por quien inmoralmente saque ventaja del gran número de mexicanos que padezcan más hambre.

La política más sabia que en esta época podría emprenderse, debe de empezar por rescatar a los que tenemos más cerca y en quienes se ve mejor reflejada la cara más desagradable de nuestra aristocracia; nuestros empleados y colaboradores. El descubrimiento de ese nuevo camino que vea lograda la prosperidad que tantos años ha sido ofrecida por nuestra clase política, está supeditado a la eliminación de ese fenómeno que llaman corrupción, que no sólo está asociado al aprovechamiento del dinero público, sino a la utilización de una posición social para obtener una preferencia que resulta injusta e indebida. En suma, educación para privilegiar el ascenso social con base en el esfuerzo y el mérito, y no en los amigos.

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