Antonio Cuéllar

A ciento once años de haber iniciado el movimiento revolucionario que derrocó la dictadura del general Porfirio Díaz, renacen voces que quieren reescribir la historia y reconocer su nombre como el del constructor del México moderno, el de la infraestructura, el de los miles de kilómetros de vías ferroviarias y el de quien consolidó el movimiento de reforma. Indudablemente, la ambivalencia del largo período en que permaneció en el poder arrojará siempre ese debate.

Un problema indudable que aún los más porfiristas jamás podrán eludir, tiene que ver con el fenómeno de pobreza, de discriminación e injusticia social que alumbró al movimiento de Madero, quien desconoció la reelección del general e incitó a la revolución.

Curioso resulta estudiar los libros de historia y observar cómo, la dictadura del general Díaz, justificación del movimiento, realmente no fue la causa del más de un millón de muertos que cobró la revolución; sino la lucha por el poder que le sucedió. Justamente con motivo de la incapacidad de los incitadores para definir el rumbo que debía seguir el México de la alternancia democrática.

Un siglo después de la revolución podríamos plantearos dos preguntas en torno de ese episodio de nuestra historia ¿se resolvieron los problemas que provocaron la revolución?, ¿qué pasos se deben seguir para resolverlos?

Los lemas de la revolución que justificaron el movimiento sirvieron como ideario para la fundación del Partido Nacional Revolucionario en 1929, y constituyen los dogmas que han servido para gobernar a este país en santa paz a lo largo del último siglo. Sin embargo, el problema de la falta de justicia social sobrevive. Fue justamente ésta la que condujo al presidente López Obrador a Palacio Nacional con más de un cincuenta por ciento de los votos de los ciudadanos que participaron en la elección.

México ha dejado de sufrir los problemas del reparto agrario; aunque los campesinos sigan siendo pobres.  México también ha superado el problema de la alternancia democrática y cuenta con instituciones encargadas de velar por el respeto del voto ciudadano en las elecciones; aunque el organismo encargado de cumplir ese mandato sufre el abierto embate emprendido por los poderes constituidos. México goza de un marco jurídico en el que se garantiza el derecho a la salud; aunque el desmantelamiento de las cadenas de suministro en pos de erradicar la corrupción tiene a los enfermos sin asistencia ni medicina. México se jacta de tener un sistema educativo básico completo, pero sufre los efectos de una disminución presupuestal sin precedentes que afecta la investigación, y hoy carece de los organismos autónomos indispensables para evaluar el resultado de los programas educativos.

Es así como podemos constatar, un siglo después, que los dogmas sobreviven intactos, que la narrativa del discurso del 20 de noviembre sigue arrancando aplausos y que los postulados de la revolución seguirán aportando adeptos, pues no habrá persona alguna que no desee un mejor México para todos, un país igualitario y competitivo, con trabajo para todos y respeto por nuestro patriotismo. En el fondo, ese día seguiremos festejando ese episodio de nuestra historia del que sentimos orgullo por sus frutos, por constituir el día en que nuestro país dio un salto hacia la modernidad.

No obstante lo anterior, la pobreza, la marginalidad y falta de movilidad social que alumbró el movimiento, se mantiene tan vigente como en esa misma época.

A pesar del esfuerzo que el gobierno realiza para conducir el presupuesto a la erradicación de la pobreza, la desigualdad social permanece, y la discriminación que va asociada a ella también. Aunque resulte difícil aceptarlo, México atraviesa un período de su historia tan sangriento como el de la misma guerra que emprendió Madero para acabar con la dictadura. No le ofrece a su juventud condiciones de estabilidad que garanticen su futuro, en un plano de igualdad frente a sus pares.

Porque en nuestro país persiste el problema de la corrupción y los privilegios, el fenómeno mudo de la discriminación que es racial, como también económica, social, y cultural. En México nos criticamos los unos a los otros, y no nos aceptamos en la forma que somos, porque algunos valen más que otros.

Ahí la importancia de entender qué camino se puede emprender para provocar y consolidar el cambio. Qué condición produce la verdadera transformación que sitúa a cualquier mexicano frente a otro, sin importar su riqueza, en un plano de igualdad.

México arrastra una gran deuda desde su origen, un pendiente que podía haberse empezado a enfrentar, pero que el deseo transformador truncó innecesaria e irracionalmente: el de la educación. Se tenía ya un marco constitucional renovado que devolvía al Estado la soberanía en materia educativa, y se abandonó.

México festeja su revolución, sumido en la misma crisis social que la detonó. Nuestro país revolucionario mantiene una gran deuda para con su gente, y el único método para lograr saldarla, fecha que marcará la auténtica culminación de la guerra que buscó erradicar la desigualdad, más allá de la persona del dictador, será el día en que logremos construir y echar a andar un sistema educativo que garantice conocimientos, preparación y oportunidades para todos sus hijos.

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