Antonio Cuéllar

Con la inclusión del tema de la Revocación de Mandato en la conferencia mañanera del día de ayer lunes, en el contexto del Paro Nacional de Mujeres del 9M, el Presidente abrió oficialmente a la deliberación el tema de su propia sucesión.  El recordatorio de esta novedosa figura constitucional no es un tema menor que deba pasar desapercibido, pues la grave acumulación de problemas nos obliga a reflexionar sobre la evidente disyuntiva que se plantea: ¿existe capacidad e instituciones sólidas que le permitan al país salir del estado en que se encuentra, o será el momento de empezar a pensar en la identidad de ese mexicano que cuente con la experiencia y el liderazgo para asumir esa responsabilidad en el 2022?

El acumulado de daños empieza a ser notable y la marcha del domingo no constituye un hecho único que lo compruebe, a la proyección anticipada de desaceleración del crecimiento de la economía nacional, y aumento relativo de la inflación, hecha el mes pasado por Alejandro Díaz de León, Gobernador de Banco de México, debe añadirse el problema que ha venido a arrojar la abrupta caída del precio del petróleo y la previsible desaceleración de la marcha económica mundial con motivo de la expansión de la pandemia por Coronavirus COVID-19.

Se trata de dos tempestades que se forman en conjunto con esa otra mayor, que este gobierno heredó y que trastorna por completo la vida nacional: la del crecimiento rampante de la impunidad y la violencia, reflejada en la muerte de más de 34 mil 500 personas tan solo en 2019, la cifra mayor jamás registrada, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

En estricto sentido, podríamos estar tranquilos ante cualquier escenario político-electoral de desenlace en torno de la sucesión presidencial, porque el Instituto Nacional Electoral, órgano constitucional autónomo competente para enfrentar ese desafío histórico nacional, goza de la solidez y el prestigio logrado por la organización y administración de procesos exitosos a lo largo de más de una treintena de años.  Lamentable es que dicha institución de salvaguarda de la democracia y paz pública para los mexicanos, pueda estar siendo objeto de ataque mediante el acaparamiento y control de las vacantes de consejeros que están por ser llenadas.

En las circunstancias relatadas podemos afirmar que el país podría estar, desde ya, dando un viraje de cincuenta años de retroceso, a esa época en la que la suerte de nuestro futuro no se hallaba en la elección ciudadana de un candidato entre una pluralidad de aspirantes interesados, como hemos estado hasta recientemente acostumbrados, sino en la sabia decisión del dedazo presidencial.

El fenómeno de descontento nacional presenciado el domingo pasado, y el cúmulo de sucesos ocurridos a lo largo de 2019, que han minado la certidumbre e interés de la inversión productiva, evidencian un elemento en común que, en mi opinión, parece ser terriblemente desafortunado: todos se gestan ante la inexistencia evidente de los partidos de oposición. El Presidente gobierna con su partido, y gobierna enteramente solo.

Si habrá relevo presidencial en el 2022, o aún debiendo este concretarse hasta el final del sexenio, lo previsible es que los mecanismos en que se geste y llegue a concretarse, no serán aquellos democráticos que de acuerdo con nuestra Constitución y la historia reciente debieran ser.

Estamos de regreso en la era en que al sucesor lo designará el Presidente de la República, y en este caso, éste provendrá de algún movimiento interno de acomodo y lucha de poder al interior del único partido que hoy gobierna al país, MORENA.

El escenario es grave y quien tenga la intención de vivir en México o llevar a cabo actividades productivas lo debe valorar con temor, porque al interior de dicho partido cohabitan corrientes de los más distantes polos ideológicos que puedan llegar a existir en el espectro electoral, una fotografía que se descompone aún más, al apreciar que las autoridades electorales del país siguen autorizando la creación de nuevas organizaciones y partidos políticos en México.

De esta forma, contrariamente a lo que puede llegar a suceder en otros países con democracias bien desarrolladas, en los que aún ante la existencia de una pluralidad enorme de partidos, el elector sabe e identifica a qué corriente ideológica pertenece cada uno de ellos y los miembros activos que lo conforman, en el caso de México, el elector sabrá que ningún partido político tendrá capacidad electoral sino el partido oficial, en el que no habrá otro candidato sino el que designe el propio Presidente saliente.

Ante la enorme variedad de orígenes y pertenencias partidarias a las que sus integrantes se acercan, la sucesión presidencial en México, cuando sea que se llegue a dar, se antoja una versión refrescada de una película ya muchas veces vista en el pasado. La suerte de México estará definida, ante la virtual inexistencia de los partidos de oposición, por el dedo presidencial. Polvos de los mismos lodos.

Compartir