Antonio Cuéllar

De los aproximadamente 88 millones de electores que componen el padrón, alrededor de 34 millones tienen una edad que fluctúa entre los 18 y 34 años.  El número contrasta rápidamente con los aproximadamente 9 millones que tienen más de 65 años.  Si se parte de la obvia premisa de que, quien ganará la elección será el candidato que reúna más votos, ¿qué agenda deberían atender los aspirantes para ganar esta contienda y atraer el voto de esta importante mayoría de jóvenes electores?

Bernie Sanders fue el único aspirante a la candidatura demócrata en los EEUU que, realmente, constituyó una oposición seria y viable en contra de la Secretaria Hillary Clinton.  A pesar de que se trata de un veterano senador independiente por el Estado de Vermont, de 77 años de edad, cuando contendía ganó una enorme popularidad entre una gran cantidad de jóvenes en todos los extremos de ese país.

Visto como un político de izquierdas, el legislador, uno de los más activos en la proposición de iniciativas en el Congreso norteamericano, supo entender las necesidades y anhelos de una clase preparada de ciudadanos que, en el modelo económico imperante, han quedado rezagados.  Sus propuestas se encaminaron al diseño de políticas que facilitarían el acceso a la educación gratuita o asistida para todos los jóvenes; a un esquema sustentable de servicios de salud universal; y a la proliferación de créditos para la vivienda, siempre en el contexto de una absoluta responsabilidad en el ejercicio del presupuesto a cargo de la administración federal.

Desde una perspectiva general, el candidato encaminó sus esfuerzos a proponer ideas que fortalecerían a una clase media que viene empequeñeciéndose ante el oprobioso poder de las grandes transnacionales que dominan los mercados en el modelo liberal.

Si analizamos su discurso en unión al del contendiente nominado por el partido republicano, nos daremos cuenta de que éste, hoy Presidente de los EEUU, sostuvo un modelo de campaña igualmente crítico, dirigido a conquistar el oído de las clases racialmente dominantes del sur y centro, pero basado en temores que encuentran su fundamento y origen en el mismo fenómeno de abandono económico regional al que han estado expuestos los obreros y trabajadores del campo estadounidense.

Las encuestas publicadas la semana pasada sitúan en una posición de virtual empate a los candidatos del PRI y del PAN, pero demuestran un aumento en la ventaja que posiciona al candidato de Morena en el primer lugar de la contienda.

Los problemas en los que se ha venido enfocando la discusión política general siempre giran en torno de la corrupción, en primer lugar, y de la inseguridad, en el segundo. Sin embargo, si se aprecia con atención el origen del disgusto que demuestran las encuestas, nos daremos cuenta de que éstos, corrupción e inseguridad, no son tanto un problema del que quieran escucharse estrategias de erradicación, sino más bien, la faceta con la que la ciudadanía identifica a la clase política mexicana.

Sabedores de que la corrupción se tiene que acabar, y que la inseguridad deberá enfrentarse por la vía armada, los jóvenes votantes quieren tener ante sí la posibilidad de dar un viraje a la historia, y transformar al sistema que aniquila cualquier potencial de movilidad social. En el pensamiento subyacente, los mexicanos desean un gobierno que construya caminos para acceder a un trabajo con una remuneración digna, que permita a la sociedad alcanzar una vida honrosa similar a la que tuvieron generaciones anteriores.

En el modelo neoliberal, nuestra sociedad ha avanzado rápidamente hacia un consumismo impuesto que segrega a unos por debajo de otros, y que provoca un fenómeno de discriminación que resulta ofensivo para todos. Sin que el concepto pueda formalizarse de manera viable y visible, avanzamos hacia una sociedad de castas que predestinan a unos con relación a otros por su origen, su condición y color, un hecho que resulta evidentemente repudiable.

El éxito de la retórica partidista que favorecen las encuestas, obedece a ese entendimiento de las necesidades, no escritas, no matemáticas, de aquellos que van a votar y que han quedado a la zaga del crecimiento.  Habiéndose AMLO logrado conservar al margen de los evidentes actos de corrupción que le son atribuibles a esta administración, y pudiendo ser crítico en contra de los problemas de inseguridad que han incrementado a lo largo de dos sexenios en los que él no gobernó, quedando cerca de lograrlo, su posicionamiento resulta el más creíble y atendible para ciudadanos que, o votaron ya en dos ocasiones sin encontrar en ese ejercicio ningún eco a sus aspiraciones, o irán a votar por primera vez.

Así las cosas, la movilidad social y la necesidad de que quienes contiendan ofrezcan métodos efectivos para lograr la construcción de un piso parejo, desde el que puedan despegar todos, o la consolidación de una clase media más grande y menos estirada, que dignifique la vida humana, deben advertirse como el reclamo esencial al que deben voltear los candidatos.

Por importantes que puedan ser las reformas estructurales, por significativas que lleguen a ser éstas en la construcción de ese México de inversión en el que la riqueza productiva ofrezca esas oportunidades, el discurso del gobierno pareciera estar construido para privilegiar a quienes, hasta hoy, han sido los más consentidos o los más beneficiados por el modelo.

Al más puro estilo Keynesiano, hoy más que nunca es menester tener cuidado sobre la manera en la que, el ejercicio adecuado de una política fiscal progresiva e incluyente, permitirá no sólo el sostenimiento de la planta productiva, sino también la satisfacción de necesidades de empleo y vivienda que enfrentan los jóvenes.

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