Antonio Cuéllar

Las marchas de este fin de semana y el repudio al presidente, cada vez más constante y más sonoro, reflejan que la pérdida de confianza en su gobierno es irreversible y que, en ese contexto, el sexenio podría ya haberse perdido. Andrés Manuel López Obrador fue muy exitoso en propalar un discurso que provoca desconfianza, y con ello dilapidó el esfuerzo emprendido a lo largo de una veintena de años para llegar al Palacio Nacional.

Su conducción de la política y de la economía ha sido especialmente errática, entre otros, en dos aspectos: a pesar de que pregona repetitivamente el lema de la transformación, el concepto mismo de “4T” es obscuro e impreciso, porque, por un lado, no hay un programa ideológico tangible de gobierno que nos permita saber hacia dónde avanzamos; y, además, por el otro, su conducción del gobierno es totalmente obscura y cerrada.

La Constitución ha sido reformada una infinidad de veces; entre algunas de las reformas más trascendentes se encuentra una que impulsó Vicente Fox, a través de la cual se consagró en su artículo 6º un nuevo paradigma en materia de transparencia y publicidad gubernamental.  La apertura que debe de existir por parte del poder público hacia la sociedad, para ser evaluado con motivo de su desempeño –un requisito esencial de cualquier sociedad informada y, por consiguiente, democrática–, impone la obligación consecuente de hacer pública y accesible toda la papelería necesaria para demostrar el manejo financiero y administrativo de la administración pública.

Tal prerrogativa del ciudadano debe de entenderse, además, en concierto con el artículo 26 constitucional que, también con la calidad de una garantía, establece que “el Estado organizará un sistema de planeación democrática del desarrollo nacional que imprima solidez, dinamismo, competitividad, permanencia y equidad al crecimiento de la economía para la independencia y la democratización política, social y cultural de la nación”.  Porque es evidente que el desarrollo no puede concretarse de manera espontánea, ni tampoco sin orden, conciencia y certidumbre del rumbo en el que debe de andar el país, con la lógica continuidad que debe concederse a toda política pública. La conducción debe de efectuarse de conformidad con un sistema de planes que establezcan rutas de corto, mediano y largo plazo.

La eficacia del equipo de comunicación pública de la Presidencia de la República para crear la marca “4T”, es proporcional a la ineficacia de la oficina encargada de la planeación política, económica y social del desarrollo nacional, para concebir un plan que pueda asociarse a tal distinción. México viene caminando sin rumbo, y nuestra economía lo ha venido resintiendo a lo largo de dos años.

Los pasos que el Presidente ha dado en el ámbito de lo político y de la economía dan aviso de un retroceso imperdonable, porque se ha dedicado a destruir todo un andamiaje político legislativo que perseguía un objetivo concreto, en el ámbito de la integración de nuestra economía con el mundo sobre la base de un sistema democático basado en la legalidad, pero no ha habido una institución que sirva para reemplazarlo.

Ejemplos hay muchos. En la materia educativa, se dio marcha atrás a la reforma constitucional que permitía la recuperación de la soberanía estatal en dicho campo y consolidaba un sistema de evaluación de la educación pública, para hacerla más competitiva, pero no se insertó un sistema sustitutivo que permitiera cumplir con la finalidad primaria de garantizar educación de calidad para los niños.  En materia de salud se terminó con un sistema que empezaba a funcionar y garantizaba seguridad universal para un número significativo de mexicanos, a cambio de lo cual se introdujo una idea que está lejos de funcionar, lo que ha provocado una crisis en el sector, en el peor momento.

Se avecina una elección que puede ser crucial para el futuro de nuestro país, y todos debemos de estar muy atentos a la gran responsabilidad generacional que deberemos enfrentar.

El Presidente lo avisó desde el comienzo del sexenio: durante los tres primeros años habría continuidad, no se incrementaría el precio de la gasolina, no habría imposición de nuevos impuestos, no habría un cambio sustancial en el modelo de gobierno. La consolidación de la “4T” ocurrirá en la segunda mitad de su administración.

De ser ese el caso y de materializarse los planes que cada vez hacen más evidente el parecido del modelo que el Presidente tiene en mente a los gobiernos comunistas latinoamericanos, esto quiere decir que estamos a un año de que empiecen las expropiaciones y un crecimiento de la intolerancia a la libertad de expresión. Es así como se han consolidado las dictaduras cuyo molde, aparentemente, se viene empleando.

La opacidad que le es atribuible al modelo “4T”, que impide ver con transparencia y claridad el plan que tienen trasado y el rumbo hacia donde se conduce al país, está desgarrándonos por dentro y generando una tensión que es muy peligrosa para la estabilidad de la paz y la tranquilidad nacional.

Es falso que sea urgente que el Presidente se vaya, como lo sugieren sus detractores. Necesitamos conservar y cuidar la estabilidad que a lo largo de los años nos ha permitido gozar de la entrega pacífica de la estafeta. Es urgente, en cambio, que se encienda la luz y se le permita saber al pueblo de México, cuál es el verdadero plan que se ha diseñado. De su eficacia para resolver los problemas económicos y de seguridad que nos azotan, o de su franca inexistencia, puede depender el sentido del voto que marque la continuidad y permanencia del partido en el poder, o el abrupto final de su existencia.

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