Antonio Cuéllar

En el ejercicio que emprendemos cada fin de semana para definir el tema que conforma esta opinión, siempre sobre los acontecimientos relevantes de la semana anterior, y sobre su posible impacto en el ámbito de la política y el derecho, hallamos esta vez, con facilidad, toda una carga importante de aspectos entrelazados en ambas materias, vinculados al terrible y triste episodio de la epidemia que apenas estamos empezando a atravesar, la de Covid-19.

Nos preocupan los aspectos de mortalidad, que arrojará la enfermedad que esparce el virus; de desaceleración económica, que producirá la cuarentena obligada; como también, de estallidos sociales, como los que, de hecho, ya vienen teniendo lugar en la Ciudad de México y el Estado de México, por bandas criminales que se organizan, a través de Facebook, para asaltar grandes almacenes.

El problema de la pandemia que azota al mundo era la última gota que le faltaba al vaso de México para estar totalmente lleno y derramarse.  En estricto sentido, los malos vaticinios para la economía mexicana y su desempeño para lo que restaba del año ya se anunciaban por bancos, organismos y calificadoras internacionales; sin embargo, la plaga le ha dado una puntilla y la curva de recesión se ha apuntado aún más hacia abajo, repentinamente.

Sobre las causas que ya anticipaban los descalabros, observamos que la “Cuarta Transformación” no ha demostrado contar con una plataforma ideológica o un proyecto de gobierno bien plantado, que permita impulsar a México por un sendero de progreso y prosperidad hacia el futuro.  Ha probado ser, más bien, un movimiento ciudadano colmado de gran resentimiento, que impone con su fuerza mayoritaria en el Congreso un retroceso pseudo nacionalista, cuyo objetivo primario real consiste en borrar de la historia los últimos sexenios, como si el mundo no hubiera cambiado entonces.

A pesar de que Morena y su entonces candidato, Andrés Manuel López Obrador, supieron identificar muy bien todo ese cúmulo importante de problemas que afectan a México, en el ámbito de una arraigada desigualdad, racismo y corrupción, en el poder y en ejercicio del cargo de Presidente, no han sabido hasta ahora construir leyes ni políticas asertivas que puedan arrancar de raíz esa enfermedad, que ha mantenido en el letargo y abandono a una buena parte de nuestra sociedad, y mucho menos idear un plan que permita tener un modelo sustituto de gobierno que goce de las virtudes que pregonan: honestidad, inclusividad, mérito y movilidad social.

Esa falta de programa viene destruyendo todo lo que se había empezado a edificar sobre la base sólida de la legalidad y la democracia, un México que se proyectaba hacia el futuro como una potencia económica generadora de empleo y bienestar.  La imposición de este modelo de venganza ha provocado una parálisis grave de la inversión productiva, incertidumbre y, con ello, un impacto negativo en contra de la variables económicas que, con alfileres, venían sosteniendo al país.  Un ejemplo, la desatinada decisión de apostar por el petróleo y por PEMEX, como si el tiempo se hubiera detenido en 1970, que junto con su mecánica de consultas populares para terminar proyectos incómodos, le ha costado al país el grado de inversión.

La trayectoria emprendida no sólo está dirigida a erradicar al pasado, sino que, por sus pésimos resultados, fatalmente acabará por destruir al propio partido en el poder, y al país mismo.

Curiosamente, sin embargo, la crisis del Coronavirus podría ser un bálsamo que le sirva a Morena para aliviar los daños que por su propia inexperiencia ha causado y seguirá causando a México.

Si alguien preguntara sobre la mejor manera de cubrir los errores que se han venido cometiendo y dejar intacta la plataforma de fieles y seguidores que con su voto le han permitido a Morena gobernar estos meses, difícilmente alguien habría podido pensar en tan buena solución para justificar el descarrilamiento del país, como la propia pandemia de Coronavirus.

Probablemente, el sexenio ya se terminó, las encuestas así lo demuestran. Durante los casi cuatro años restantes, el gobierno se ocupará de recoger los escombros de país que la pandemia y sus efectos van a dejar. Jamás se reconocerá la falta de liderazgo, seriedad, profesionalismo y sensibilidad para manejar esta crisis. Tampoco jamás se aceptará que las consultas populares, como las de Texcoco y Mexicali, fueron pésimos instrumentos empleados para justificar actos de autoridad a modo del presidente, o que hubieran sido éstos los que ahuyentaron la inversión. Nunca se concederá que los proyectos de Dos Bocas y Península de Yucatán, fueron ideas concebidas en un mal sueño, que jamás habrían rendido los frutos que se pensaban.

La pandemia será la reina de todas las excusas o el cajón de todos los errores, a través de la cual esta administración intentará construir un escudo de protección, para replantear sus raíces, su dirección y métodos, con la clara finalidad de continuar en el ejercicio del poder.

Justo estas ideas nos ocuparon el fin de semana hasta que llegó el domingo por la noche, cuando con la más absoluta sorpresa y enojo, leímos la nota periodística sobre la gira del Presidente de la República por Sinaloa y su encuentro con la madre de Joaquín Guzmán Loera (el Chapo Guzmán). No podemos dejar de comentarla.

Cuando Enrique Peña Nieto invitó a venir a México al candidato del Partido Republicano Donald Trump, todos los partidos políticos se le fueron al cuello, y el PAN, a través de Ricardo Anaya que entonces lo dirigía, con un tino certero lo acusó: “¿En qué cabeza cabe?”. Y la misma pregunta me formulo ahora.

El Presidente de la República, Jefe del Estado Mexicano, nos representa a todos. La institución presidencial no constituye exclusivamente la máxima figura de autoridad del país, sino también un símbolo de unión e identificación nacional. El Presidente de México es electo por la mayoría del pueblo de México y, ya en funciones, habla en nombre de todos. ¿Qué hace el Presidente de todos los mexicanos, departiendo y saludando a su paso a la madre del peor criminal hoy juzgado en los Estados Unidos de América?

Ante la existencia de programas de financiamiento contra el narcotráfico y acuerdos internacionales firmados y en vigor con los Estados Unidos de América y muchos otros países del mundo, ¿Qué autoridad moral podrá llegar a tener ahora el Presidente de todos los mexicanos para dialogar con sus homólogos en el extranjero? Siendo él Jefe y Comandante de las Fuerzas Armadas, ¿Qué instrucción podrá girar que ponga en peligro la integridad y la vida de quienes defienden a los mexicanos de la delincuencia y la ilegalidad?, ¿Quién gobierna a México y cuáles son los intereses que definen qué se puede y debe, o no se puede hacer en este país?, ¿Podemos creer que hay lucha contra la corrupción?

La rebeldía y el descaro del Presidente, honestamente, nos ha dejado sin palabras. El sexenio se ha terminado; cayó tan rápido como su aprobación popular.

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