Antonio Cuéllar

En una transmisión televisiva rara y excepcional de la Reina Isabel de Inglaterra, el domingo pasado se dirigió a sus súbditos con la finalidad de hacerles llegar palabras de resiliencia relacionadas con la pandemia que azota al mundo y que, de hecho, tiene en la sala de terapia intensiva a su Primer Ministro, Boris Johnson, que se debate por la vida.

Dos aspectos del discurso pronunciado por la monarca nos llaman la atención, por su contenido y forma, que encarnan esa visión elevada y superior desde la que la función de Jefe de Estado debe de ser apreciada, y por sus implicaciones hacia el futuro. No podemos dejar pasar la oportunidad de efectuar una necesaria comparación de sus palabras y las del Presidente López Obrador, por la evidente coincidencia en época y circunstancias.

Las palabras solemnes de la reina comenzaron con un gesto de agradecimiento a los doctores y enfermeros que se han encargado de socorrer a los pacientes afectados, personal médico responsable de la atención de esta situación de emergencia.  En un segundo segmento de su discurso, reconoció a todos aquellos otros individuos que, no siendo personal médico, dedican su tiempo y esfuerzo a prestar servicios secundarios de los cuales depende la supervivencia de toda su comunidad. Magnánimamente, su agradecimiento abarcó, inclusive, a todos aquellos ciudadanos que asumieron con responsabilidad la carga de permanecer en sus casas para evitar la propagación del virus y el contagio de sus vecinos.

Parece un gesto intrascendente de un Jefe de Estado que debiera pasar desapercibido, pero no puede serlo en este caso, dada la capacidad de la reina para identificar con acierto un episodio histórico singular –habiendo atravesado tantos-, y por todo el simbolismo que el mensaje abarca de manera implícita.

El agradecimiento del monarca se refleja como una virtud de la persona y de su Nación, al hacerse explícito, no sólo un reconocimiento honorífico para quien dicho deber se adeuda, sino también, por constituir el mejor instrumento de aliento y compañía para quienes enfrentan la ardua,  peligrosa e inagotable tarea de enfrentar el dolor que acompaña a un virus desconocido.  Por otro lado, además, cumple el papel primordial de transmitir ese mismo sentimiento de bondad y de unión a favor de toda una Nación, que encuentra en la templanza de las palabras de su monarca un ejemplo con apoyo en el cual vivir, con estoicismo, el dolor de la pérdida humana y la impotencia frente a la calamidad.

En la segunda parte de su discurso, la reina apeló a su historia victoriosa, pero siempre en el sendero de las cualidades del pueblo bretón alrededor de la disciplina y el orgullo, cualidades que, al apelarse nuevamente, refresca en la memoria de la colectividad la importancia de vivir ordenadamente y con solidaridad, condiciones impostergables de las que depende, en este momento, la capacidad para superar la tragedia.

En la última parte de su discurso al pueblo de la Gran Bretaña, la reina aludió al futuro y el recuerdo que perdurará en su memoria, al saber que el éxito de las acciones que se realizan en el presente, se compartirá entre todos en los capítulos de la historia.

Una monarca, con la experiencia de la reina Isabel de Inglaterra, logró en un poco más de cuatro minutos identificar valores y cualidades nacionales a través de las cuales contagiar a su pueblo del orgullo de permanecer unidos, ordenados y con determinación para enfrentar los problemas del presente, para florecer hacia el futuro.  Un conjunto de principios de Teoría del Estado que definen y dan consistencia a un concepto, sin el cual, un país no puede entenderse: su nacionalidad.

Lamentablemente, el mismo día esperábamos con impaciencia un mensaje a la Nación del Presidente de México, a través del cual se dieran a conocer decisiones importantísimas que sirvan para enfrentar la crisis que el mundo entero atraviesa, no sólo desde un punto de vista sanitario, sino, más bien, ante lo que económicamente se avizora.

De manera asertiva, el Presidente de México aludió al inicio de su discurso a la cultura nacional de optimismo frente a la adversidad, específicamente referida a las catástrofes provocadas por los temblores recientes, huracanes y tormentas, y a la corrupción, la peor de las pestes. Aludió a la solidaridad del pueblo y a la fraternidad en las familias. Sin embargo, en el informe no se hizo mención especial de agradecimiento y unión en la que se reconociera el esfuerzo de quienes se dedican a la atención de la pandemia en los hospitales públicos y privados del país como habría sido prudente, con el propósito de alentar el esfuerzo de quienes vienen atendiendo el problema.

El Jefe del Ejecutivo se refirió empeñosamente a sus programas sociales, de tandas y becas, y de apoyo para el campo, a través de los cuales ayuda de manera ordinaria a sectores de la población de quienes busca su respaldo, pero fue totalmente omiso en señalar y desplegar programas de apoyo a un sector empresarial que sufre por la crisis, y de quien depende la generación de empleo, por una parte, como también la generación de riqueza, objeto de la recaudación, a la que están ligados los programas anteriores, por la otra. Virtualmente, en su informe trimestral, el sector privado, ante la tempestad, permaneció ausente.

El informe de Andrés Manuel López Obrador no dejó de ser, como todos sus discursos, un pronunciamiento sectario y dolosamente olvidadizo, que produjo incertidumbre, incomodidad y desesperanza en el sector privado, que afectará, desde luego, los avances en el proceso de recuperación. El discurso del Presidente de la República, en lugar de buscar la unión, incidió mayormente en una funesta división, que daña al país y a nuestra sociedad.

Como en cada ciclo económico, después de una pronunciada recesión, similar a la que el mundo ha venido padeciendo, debe seguir un proceso de recuperación y crecimiento importante.  Para aprovechar ese impulso, se debiera adoptar políticas cíclicas que sirvan para sacar ventaja, a través de las cuales se impulse el gasto y la subvención a favor de los centros de producción.

El gobierno de México se encuentra en un período en el que debe de redefinir prioridades y, consiguientemente, afinar el gasto público. El posicionamiento partidario a través del cual se da prioridad al gasto programático para sostener a la gente más pobre, desatendiendo a la subsistencia de la actividad económica generadora de riqueza y recaudación, desconoce la importancia que tiene el sector privado en la conformación de los fondos de la hacienda pública y la insostenibilidad de la subvención al gasto familiar, por vulneración de las fuentes generadoras de progreso y crecimiento del país.

Otro sí digo

Un aspecto preocupante de la visión presidencial con relación al ejercicio democrático del poder, pudo verse en el portal de Youtube desde el que se transmitió el informe.  Una pléyade de bots se dedicó a saturar el espacio de participación con mensajes de apoyo al Presidente.  Lamentablemente, sin cesar, se estuvo reproduciendo una idea que pareciera quererse imprimir en el subconsciente de los ciudadanos: “Reelección”.

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