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Tiempo, forma, contenido, verdad, trascendencia, impacto informativo: eran algunas de las reglas que nos asestaban nuestros ilustres maestros que querían meternos en la maceta el cómo hacer buen periodismo, o por lo menos serio, de certezas y con aroma a ética periodística. Se empeñaban en hacernos periodistas del todo comprobado o del “no publiques nada que no puedas decirle al otro a la cara” afirmaba uno de ellos. 

Eran tiempos en los que las redacciones de los periódicos y medios electrónicos o agencias informativas, comenzaban a poblarse de ‘periodistas universitarios’ a los que  ‘los viejos periodistas’ nos veían entre conmiseración, azoro y desprecio: “ya vienen a enseñarnos a hacer periodismo”, decían con sorna en la sonrisa maliciosa y en el intercambio de miradas entre ellos…

Al principio fue, digamos, un poco difícil. A la manera de mirarse unos a otros como los luchadores de ring que primero miden a su adversario para saber por dónde dar la primera señal de guerra. Pero ante el diluvio de periodistas nuevos, los viejos amigos se convirtieron en eso, en nuestros amigos y, al final, como ya se ha dicho, los gatos viejos son roñosos con los otros gatos viejos, pero son cariñosos con los gatitos. Después todo fue miel sobre hojuelas…

De esta manera se prometía un cambio sustancioso, con reglas y métodos informativos, y en el que los jóvenes tomarían el relevo de un periodismo que se había hecho a golpe de tecla, de block, de lápiz y de mucha enjundia para descubrir la información llegar airoso a la redacción para intentar la primera plana… “¡la de ocho!” que eran las ocho columnas con las que contaban los periódicos de tipo standard o universal.

Llevarse “la de ocho” era un triunfo profesional. Era el reconocimiento a lo mejor que había y la manera cómo se trataba la información”. Claro, intervenía la coyuntura, pero con frecuencia la de “ocho” era el gran descubrimiento periodístico. Hubo el caso de una reportera que durante años había trabajado su ‘fuente’ pero nunca consiguió llegar a la de “ocho” hasta que durante una beligerante interparlamentaria entre EUA y México surgió el gran debate sobre el consumo de drogas en Estados Unidos y su impacto en México y todo eso que defendían con enjundia a favor del país don Antonio Riva Palacio y don Salvador Neme Castillo, senadores de la República…

Al día siguiente del encuentro, los periódicos mexicanos llevaron la información a “ocho”. Nuestra reportera pasó como si nada, acostumbrada a la sombra de páginas interiores. Cuando le dijeron que se había llevado la de “ocho” en su periódico no daba crédito: pensó que era una broma: no podía ser: era un éxito insospechado por ella… Por supuesto brincó de felicidad en medio del aplauso de ‘la fuente’ que por entonces estaba en Denver, Colorado.

Pero todo eso es la anécdota del cómo se quería cambiar al periodismo y hacerlo riguroso, cierto, creativo y con ánimo de que con esta contribución el país estuviera bien informado y que quienes supieran, sacaran sus propias conclusiones, que es atribución de libertad de pensamiento y de expresión. Pero ¿qué pasó?

Después de todo parece que no ha pasado nada: o todo. La vorágine nacional nos arrastra, como el remolino que “vino y nos alevantó” y parte importante del periodismo nacional, estatal o municipal muestra fauces insospechadas. De pronto, sorprendidos, hacen la exaltación del peor mexicano y, en muchos casos, periodistas se convierten en jueces, en ministerio público, en expertos en todo y hablan-dicen-señalan y “ganan la nota”.

Los medios de información han proliferado ya impresos –aunque se suponga que van a la baja a modo de ‘Periodismo Paradiso’–, o electrónicos y esta vez con la novedad de las redes sociales en donde todos juntos comeremos chicharrón…

Muchos lanzan su cuarto a espadas para afirmar, decir, contradecir, condecorar y menospreciar. En estos casos, por ganar una nota se olvida la regla básica del “checar la información” que se nos ha exigido aquí y en todo el mundo del periodismo serio. Y se asestan afirmaciones, se acusa, se señala y se denigra o se ensalza: todo depende del origen y fuente o intereses.

Si. Hay mucha información. Está bien. Los muchachos y la multitud que sale a las calles para recuperar su libertad y exigir cumplimientos de gobierno aun no se han expresado en contra de “la prensa vendida” que se decía en 1968 y 1971 y… No aun.

La información está ahí, por todos lados; y es de tal grado vertiginosa que a unos segundos de ocurrido un hecho ya está colocada en los periódicos digitales, en los portales, en las redes… Pero, a la manera de lo que nos enseñara don Luis González y González: no todo lo que está escrito es cierto y, por lo mismo, el peligro de la confirmación de los hechos que  se transmiten es el reto de todos: pero sobre todo de los lectores.

Si hay periodismo serio. Si hay periodismo riguroso. Las generalizaciones son peligrosas e injustas. Pero también ha surgido un periodismo irreconocible entre la maleza. Un periodismo de estruendo, de imágenes crueles sin sentido informativo y si que inculcan el morbo, de sospechosismos infundados, del ‘todos sabemos la verdad’ aunque a veces sea mentira.

Esto no es privativo de lo impreso. También ocurre en lo electrónico en donde hoy la guerra de la opinión para ganar audiencia lleva a la exaltación del periodismo de especulación.  “Especula y ganarás audiencia” dijo el otro día un feroz analista de televisión. Y todo esto se multiplica en las famosísimas redes sociales nuestras de cada día.

La tragedia nacional del descubrimiento de un México soterrado y cautivo lleva a que todas las partes del cuerpo social se expongan a la vista de todos, dentro y fuera del país.

Una parte del periodismo nacional está en ello. Es parte de la crisis. O se dejó llevar por la crisis. No importa. Lo que sí importa es que retomemos el camino. Nos exijamos seriedad. Rigor y templanza. Es nuestra responsabilidad y es nuestro destino: si no, no.

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