Hannia Novell

El coronavirus ha provocado una crisis global. Más allá del problema sanitario que implica, sus efectos en las economías locales y en los mercados financieros internacionales son de alto impacto.

Hace unos días, Yuval Noah Harari, el historiador y escritor israelí, compartió un interesante artículo donde expuso que la tormenta del Covid-19 pasará y la humanidad sobrevivirá, pero habitaremos un mundo diferente.

Uno de los elementos más interesantes que expuso Harari tiene que ver con el uso de las nuevas tecnologías. Señala que actualmente los dispositivos móviles son instrumentos perfectos para la vigilancia biométrica de los ciudadanos que funcionarían como un Big Brother de la salud.

Medios internacionales destacaron en sus publicaciones el uso de diversas tecnologías emergentes aplicadas contra la enfermedad que inició en Wuhan, China, y se extendió por el mundo.

Desde robots desinfectantes y drones equipados con cámaras térmicas, hasta un avanzado software de reconocimiento facial. Las herramientas de vigilancia fueron impulsadas por el presidente chino Xi Jinping y desarrolladas por empresas especializadas en inteligencia artificial.

A principios de marzo, la BBC de Londres reveló la utilización de un software para controlar la temperatura de las personas en estaciones subterráneas, escuelas y centros comunitarios en Bijing, Shangai y Shenzen.

Estos recursos tecnológicos permitieron al gobierno de China identificar a los portadores sospechosos de coronavirus, rastrear sus movimientos y hasta identificar a las personas con quienes tuvieron contacto.

Siguiendo el camino de China, cualquier gobierno del mundo podría recurrir a los teléfonos inteligentes para usarlos contra el contagio del Covid-10. Los dispositivos móviles, tan populares en todo el mundo, cuentan con diversas aplicaciones para monitorear la temperatura corporal, la presión arterial y la frecuencia cardiaca de sus usuarios, así como su localización geográfica y las personas con quienes tienen contacto en tiempo real.

¿Maravilloso? A la luz de la emergencia sanitaria, la respuesta es afirmativa. Sin embargo, resulta preciso recordar que el uso de sofisticadas tecnologías ha permitido rastrear, monitorear y manipular a las personas desde hace algunos años. 

Ahí está el caso de la consultora Cambridge Analytics y el uso de datos de millones de usuarios en Estados Unidos y en Inglaterra, para afinar con perfiles psicológicos las estrategias de atracción del voto de la campaña de Donald Trump y el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea (Brexit), en 2016.

El propio Harari advierte que el despliegue de herramientas de vigilancia evasiva —hasta ahora rechazadas por la población debido a que implican una violación a los derechos humanos, a la privacidad de las personas— podría normalizarse con el pretexto de contrarrestar los riesgos de contagio del coronavirus.

Aterrorizados por la amenaza del Covid-19, los ciudadanos de todo el mundo admitiríamos el uso de todos los recursos posibles para evitar más contagios y decesos. El problema, refiere Yuval Noah Harari, es cuándo terminará el estado de emergencia.

Si gobiernos y corporaciones pueden detectar sentimientos, humores, preferencias y condiciones de salud, contarán también con todas las facilidades tecnológicas para la manipulación de las personas en el mercado de las ventas y en la arena política.

Frente al dilema entre la salud o la seguridad, la gente optará por la salud. ¿Y luego, cómo recuperamos la privacidad?  

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