Hannia Novell

La fortaleza de los mexicanos es a prueba de desastres. Hemos vivido terremotos, huracanes y muchas crisis económicas, pero como en el resto del mundo ha sucedido, nunca habíamos visto de frente a la fragilidad humana. 

Vivir para morir era una frase publicitaria o el tema de una tesis doctoral de filosofía. Hoy, ya en la fase tres de la emergencia sanitaria provocada por el coronavirus, en todos los hogares del país cunde el miedo a la muerte.

Las historias de dolor y pérdida se repiten cada día. Al momento de escribir estas líneas, el Gobierno de México había confirmado el deceso de 800 personas y nueve mil 500 hombres, mujeres y niños contagiados por Covid-19.

Y lo peor aún está por venir. La propagación del virus es letal y la tasa de crecimiento exponencial, sólo un individuo enfermo puede contagiar a tres personas. Los reportes informativos sobre la situación en China, Italia, España y Estados Unidos son cada vez más cercanos. 

En las redes sociales se exponen todos los días historias conmovedoras, en las cuales, los adultos mayores son las principales víctimas de un jinete del apocalipsis que no vimos llegar. Al miedo y la ansiedad se suma el luto y la aflicción y la pérdida de empleos.

›Resulta inimaginable el pesar de una familia que pierde a su madre y apenas una semana después, el padre también pierde la vida, sumiendo a los hijos y nietos en un calvario, en un abismo de dolor interminable.

El miedo y la ansiedad también deambulan por las clínicas y hospitales. Mujeres y hombres, especialistas de la salud, todos los días se juegan la vida en la atención de los enfermos. Se ha registrado la pérdida de trabajadores de la salud. 

Durante semanas, los medios de comunicación han dado cuenta de cientos de denuncias expuestas por el personal médico de diferentes instituciones federales y locales, quienes reclaman la falta de materiales básicos para su protección, además de la ausencia de protocolos generales para la atención de la pandemia.

Hoy son tiempos de compasión y solidaridad con el prójimo. Estar a la altura del desafío significa atender juntos la emergencia. 

Hoy toca estar juntos en una cadena humana de amor y generosidad. Nos podemos reencontrar y reconstruir, para que al final de esta pandemia seamos mejores seres humanos. 

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