Hannia Novell

Olga Sánchez Cordero dejó la Secretaría de Gobernación y retornó al Senado para operar personalmente las reformas que le interesan al gobierno de la Cuarta Transformación.

Mucho se ha hablado acerca del interés que existe en Palacio Nacional para llevar a buen puerto sus iniciativas en el Congreso, del papel protagónico que Sánchez Cordero desempeñará en la negociación con los legisladores opositores a Morena y de las maromas políticas que ha realizado Ricardo Monreal para mantener vivas sus aspiraciones presidenciales.

Hasta Adán Augusto López —en un tono provinciano, pero con torpeza política— reveló que él vino a la Ciudad de México a renovar su tarjeta de circulación y terminó como titular de la Segob.

Lo que ha escapado del análisis de los comentaristas y, aparentemente, quedó fuera del radar de la clase política, es la derrota de Alejandro Encinas Rodríguez, quien fue el gran perdedor del movimiento número 30 en el gabinete de López Obrador.

En Palacio Nacional quieren hacer funcionar un grupo compacto, cuyas afinidades con el primer mandatario son históricas y memorables. Y en ese círculo de confianza dejaron colgado de la brocha al subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migración de la Secretaría de Gobernación.

En el 2000, Alejandro Encinas llegó de forma accidentada al gobierno de López Obrador en la Ciudad de México. Había perdido la elección donde compitió por la delegación Álvaro Obregón y terminó ocupando la Secretaría de Desarrollo Económico, para luego saltar a la Secretaría de Gobierno.

Años más tarde, cuando Vicente Fox se empeñó en el desafuero del entonces Jefe de Gobierno por el caso El Encino, Marcelo Ebrard, Martí Batres y el propio Encinas, fueron los principales operadores políticos de la izquierda contra la intentona de llevar tras las rejas a AMLO.

Una vez que el primer gobierno de Acción Nacional en la Presidencia dio marcha atrás a la persecución política, Andrés Manuel López Obrador dejó el Gobierno de la CDMX para iniciar una nueva campaña presidencial y el heredero de la silla principal del Antiguo Palacio del Ayuntamiento fue Alejandro Encinas.

A partir de ese momento, Encinas Rodríguez se colocó en el primer lugar de la línea de sucesión para competir en 2006 por la Jefatura del Gobierno de la Ciudad de México. Pero, en atención a la instrucción de su líder, Encinas permaneció como jefe del “gobierno de la resistencia”, por lo que dejó el paso libre a la candidatura de Marcelo Ebrard, quien contendió con las banderas del PRD, PT y Convergencia.

En 2018, la victoria de Morena fue abrumadora y Andrés Manuel López Obrador inició su mandato con Sánchez Cordero al frente de Gobernación. Si Alejandro Encinas soñó que podría ocupar la silla principal de Bucareli, para después buscar la Presidencia de la República, se quedó con las ganas.

Durante tres años, Encinas dejó ver que tenía derecho de picaporte en el despacho presidencial. Nada pasaba en el viejo Palacio de Cobián sin que él lo reportara directamente al Presidente.

Ahora, cuando López Obrador realizó nuevos ajustes a su gabinete para continuar la segunda parte de su mandato, prefirió que su amigo, el tabasqueño Adán Augusto López, ocupara el lugar que tuvo Olga Sánchez Cordero.

Por segunda ocasión, Alejandro Encinas se queda al filo del escalón. Ha estado tan cerca del sol, que su brillo ha quedado eclipsado. Un trato injusto e inmerecido, pero es así como paga las lealtades la 4T.

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