Hannia Novell

Las estadísticas oficiales registran a nivel global más de 300 mil muertos víctimas del coronavirus, pero las tasas de sobremortalidad han crecido de forma impresionante en el mundo, sin que los gobiernos puedan explicar las razones de los decesos.

Entre febrero y marzo, en Italia murieron 12 mil 428 personas contagiados por Covid-19 y otras 12 mil 900 perecieron por otro tipo de padecimientos, rebasando así el promedio de muertes de los últimos cinco años.

En el mismo periodo, los muertos oficiales por coronavirus en Estados Unidos fueron mil 890, pero hubo seis mil decesos más por otras razones. En Alemania hubo dos mil 218 fallecimientos atribuidos a la pandemia, más tres mil 706 decesos.

Mientras las autoridades sanitarias de aquellos países ya ajustan protocolos y procedimientos para saber si esas muertes estuvieron relacionadas con el coronavirus y no fueron diagnosticados, en México ya hablamos del regreso a la cotidianidad.

No hemos superado el pico de la pandemia ni la caída en la curva de contagios, pero ya estamos en vías de reabrir las actividades económicas de manera escalonada. De hecho se la han pasado diciéndonos cada 15 días que ya viene el pico más alto de contagios.

Es difícil pensar que en algún momento empezaremos a ver la luz al final del túnel, pero lo que resulta realmente inquietante es pensar en cómo va a ser la nueva normalidad.

Si el coronavirus llegó para quedarse, mientras no exista una vacuna que nos mantenga a salvo, la vida no será la misma y tendremos que transformar la forma en que nos relacionamos con los demás.

El reto es mayúsculo porque incluye resolver problemas estructurales y campañas de sensibilización social, con cambios radicales de comportamiento. 

En un país donde más de 10.5 millones de habitantes no tienen agua potable, ¿cómo decirles que el lavado de manos con agua y jabón salvará sus vidas?

Cifras del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) indican que 500 mil personas perdieron sus empleos en sólo los últimos dos meses, y datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) revelan que más de 31 millones de personas viven en el empleo informal, lo que representa 56% de la población ocupada de todo el país.

La gran mayoría de todos ellos asumió el riesgo de contagiarse para evitar el colapso de su economía familiar; era preciso llevar comida a su mesa y si para conseguirlo era necesario salir de casa y exponerse al virus, lo hicieron y lo seguirán haciendo.

Las relaciones personales también sufrirán un cambio radical. ¿Dónde quedará la magia del beso en la primera cita? ¿Dejaremos de usar los abrazos como demostraciones de afecto? Ya imagino las campañas de planificación familiar con Susana Distancia como tercero en discordia.

Hasta en los desfiles de moda habrán de incorporar nuevos modelos y materiales textiles. Cubrebocas, mascarillas, guantes y capas de protección que serán los protagonistas de los próximos desfiles de moda internacionales.

Las tecnologías de la información, más en boga que nunca, serán las estrellas de la comunicación masiva. Atrás quedarán las campañas electorales a ras de tierra, los candidatos tocando puertas, cargando niños y comiendo tacos en los puestos del mercado.

El problema es que candidatos y gobernantes pueden caer en la falsa ilusión del mundo virtual y ser engañados por una realidad inexistente, porque la pobreza, el desempleo y la violencia persisten, se agravan, crecen.

Los ciudadanos pueden empezar a comportarse como sublevados y los grupos criminales pueden terminar de apoderarse de los espacios físicos, abandonados por los gobiernos.

Entonces sí, el Covid-19 será el menor de los problemas. 

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